15 de febrero de 2015

PostSecret: Extraordinary Confessions from Ordinary Lives

Desde hace años, lo primero que hago los domingos por la mañana es consultar Postsecret. ¿Os suena? Se trata de una web en la que su fundador, Frank Warren, cuelga cada domingo los «secretos» que gente anónima de todo el mundo le envía a su casa en una postal hecha a mano. La condición es que ese «secreto» sea completamente verídico y nunca antes se haya revelado a nadie. La idea es que tenga un efecto catártico, liberador, quizá humorístico. En ocasiones, se ha usado para transmitirle un mensaje a alguien que ya no está en tu vida.









Los secretos se van recopilando y cada tanto se publica un libro, que, por cierto, incluye secretos que nunca llegaron a publicarse en la web. Ya hay seis libros en el mercado y, como me gusta empezar cronológicamente este tipo de series, acabo de comprar (y de devorar) el primero, el libro del 2005:



¿Conocíais esta página? ¿Qué os parece? Yo admiro la creatividad que tiene la gente a la hora de plasmar sus secretos, si bien no hay que tener un arte especial para reflejar sobre el papel eso que siempre has llevado dentro y nunca confesaste a nadie. Admito que me gusta mucho lo de asomarme por un momento a lo más íntimo de las vidas de los demás. De vez en cuando, descubro que alguno de esos secretos que aparecen podría quizá ser el mío…

23 de enero de 2015

There's a word for that

As an avid reader, I've often thought our language is missing some useful words associated with books. 
Why, for example, is there not a word to describe the relief of knowing a book will be good after reading the first few pages? Or that terrible feeling when you've finished a brilliant book and fear the next one you pick could never be as good? Or the rush of excitement when you spot a much-wanted title in a charity shop? Or the nosy thrill of finding a handwritten dedication or forgotten bookmark in a secondhand book…?

Extraído de las cartas de los lectores del Reader's Digest de octubre del 2014. Quizá no encontremos la palabra adecuada para describir cada uno de esos momentos, pero seguro que todos hemos tenido este tipo de sensaciones alguna vez, ¿verdad?


18 de enero de 2015

Danziger's Travels

He aquí el relato de un auténtico aventurero: Nick Danziger, un londinense que en 1984 emprendió un viaje «a través de fronteras prohibidas» por Asia durante 18 meses. Su objetivo fue hacer por tierra todo el recorrido, desde Londres hasta Hong Kong, utilizando medios de transporte tradicionales, viajando con el mínimo equipaje y tratando de integrarse al máximo allá donde iba.

Ojo, repito el dato por si ha pasado desapercibido: hablamos de 1984, cuando no te encontrabas un Starbucks en cada pueblucho que atravesabas, ni podías colgar en Instagram la foto del último atardecer con el texto de que hace tiempo que no te sentías tan en paz contigo mismo, ni podías subir cinco fotos al día a Facebook informando fielmente a tu ristra de amigos de las cosas tan curiosas que estás comiendo allende las fronteras (a veces pienso que el mundo se ha vuelto loco con ese afán exhibicionista que les entra a muchos, ¿no?).

En fin, por suerte eran otros tiempos, y como mucho podías aspirar a llevar contigo cuaderno y boli para anotar tus impresiones y darles forma de libro meses después para poder compartir tus andanzas con quienes así lo quisieran. Y Danziger emprendió el viaje: tras cruzar Europa, se adentró en los pueblos remotos del sur de Turquía, atravesó Irán y entró de manera ilegal en Afganistán, donde pasó dos meses con las guerrillas del país en pleno conflicto con los rusos. De ahí cruzó a Pakistán y se convirtió en el primer occidental en adentrarse en la provincia occidental de China por el paso paquistaní desde la revolución de 1949. Por último se adentró en Tíbet antes de volver a entrar en China y tomar un barco en Hong-Kong que lo llevaría de vuelta a Londres.

Lo que más destaca de este relato es la capacidad de Danziger de mezclarse con la gente del lugar, su espíritu positivo y su audacia, que le llevó a sortear las dificultades legales y las autoridades policiales allá donde iba (pues en más de un territorio su presencia era ilegal). Un libro perfecto si uno busca ponerse en la piel de un auténtico aventurero, capaz de cruzar desiertos con un grupo de afganos y dormir con el frío calado en los huesos, pero sin querer utilizar su saco de dormir porque eso no habría sido justo para con sus compañeros de viaje. Un viaje en el que pasó hambre, frío y calor, sufrió dolores, sintió miedo y en ocasiones desánimo ante determinadas circunstancias, pero en el que siempre encontró en el prójimo una mano tendida para proseguir su periplo.

Otra cosa que me gustó mucho de este libro es que, pese a que el autor intentó integrarse al máximo y no alterar los sitios que visitaba, siempre mantuvo la capacidad crítica y se cuestionaba constantemente su postura. Un ejemplo, que también servirá para conocer el estilo del autor:

Despite these pressures, I was sad that the journey would soon be over. Only six of the pilgrims would continue on from Ganze. Ganze itself was a compact, bustling market town crowned by a temple that looked down onto ugly concrete buildings surrounded by wooden Tibetan ones. We pulled into the central truck and bus depot where the majority of the pilgrims left us, taking their huge sacks of belongings with them. We were comfortable at last, and could stretch out, but the lorry felt empty and desolate. My feelings were mixed. I felt rewarded to have shared their journey with them, and to have experienced the highs and lows of their religious intoxication, but I still felt that I had been an uninvited guest. And I was parting with something forever that no photo could ever catch or retain: their warmth, their gregariousness, freshness and exuberance. Things our civilisation had lost. And for what could I use photographs? To whet other foreigners' appetites for travel? To encourage them to intrude on these people's lives, as I had done? My greatest moral and ethical dilemma is that, in communicating my own sensations and experiences, am I not encouraging tourism – thereby precipitating the downfall of peoples I love?

Un libro muy recomendado para amantes de los libros de viajes, aunque aviso a navegantes de que Danziger habla mucho de política, así que animaos si no os asusta leer acerca de la situación política de Asia a mediados de los ochenta.

Este libro llegó a mí de esas maneras que tanto me gustan: lo descubrí en la caja de cartón de los saldos de una tienda de baratillo aquí en Inglaterra: ¿un libro de viajes con una cubierta evocadora y por 25 peniques? ¡Claro que se vino conmigo! Unos días después, descubrí en la primera página esta anotación. Los planetas se habían alineado. :-)


31 de diciembre de 2014

Las mejores lecturas del 2014

El año empezó con mucha fuerza en lo que a lecturas se refiere y poco a poco se ha ido desinflando, pero conservo algunas novelas grabadas a fuego en mi memoria, de esas a las que volveré más pronto que tarde. Mis mejores lecturas del 2014 han sido estas dos:






















Dos libros en los que pienso a menudo, bien escritos y que te capturan desde la primera página, repletos de reflexiones que rumiaba durante días. Recomendadísimos, aunque We Need To Talk About Kevin no gusta a todo el mundo por su prosa elaborada y por su punto de vista poco convencional de la maternidad.

Otros dos que quiero destacar son Intemperie y Juego de Tronos. El primero por su originalidad, por ser algo diferente a lo que he leído hasta ahora, por su dominio del lenguaje y por tenerme enganchada y sufriendo durante días. Juego de Tronos, qué decir de él: no tengo palabras para expresar la capacidad de Martin para crear un mundo imaginario y hacer que cada uno de sus personajes cobre vida página tras página. Deseando estoy continuar con la saga.




Por último (añadiría un par más, pero no quiero alargarme demasiado), escojo también esta novelita amable y con un punto de humor en torno al amor por la lectura en tiempos de guerra:


¡Felices lecturas en este año 2015 que empieza!

23 de noviembre de 2014

Don de lenguas

–Demasiado rocambolesco, demasiadas casualidades. No es una buena historia, no funcionaría en un libro.
–¡Exacto! Porque esto es la vida real, Beatriz. Y en la vida real pasan cosas más extrañas que en los libros.

Argh. ¿Se pueden imaginar unas frases más clichés para una novela? El catálogo completo de lo que me he ido encontrando en Don de lenguas me ha alterado tanto que he decidido crear una nueva categoría para los libros que voy leyendo: la de vengahombreporfavor. No sé si os pasa a vosotros, pero a mí me ha ocurrido más de una vez que, al ir leyendo un libro que no me convence por el motivo que sea, empiezo a decir para mis adentros durante la lectura: «Venga, hombre, ¡por favor!». Cabrían tantos libros en esa categoría: La verdad sobre el caso Harry Quebert, Panteón, El mapa del tiempoEn este libro, las primeras señales de alarma las marcaron algunos fallos en el texto (faltas y errores gramaticales, vamos; sorprendente en una edición de bolsillo, que se supone que lleva alguna corrección más por publicarse tiempo después de la edición principal). Luego, me llamó la atención lo poco que empaticé con el personaje principal, Aneta Martí: me ha parecido una periodista ambiciosa, metomentodo y no demasiado amable. Además, el primer intento de describirla que se hace en el libro solo alude a su magnífico físico. «Si esto es todo lo bueno que van a decir de ella las autoras, apaga y vámonos», pensé. Luego, los avances de la trama. Solo diré que nuestra aguerrida protagonista se encuentra en un momento dado con un fichero cerrado con llave. ¿Y qué hace? ¡Sí, se saca una horquilla del pelo y lo abre! Vengahombreporfavor… En el libro hay muchos detalles traídos por los pelos (ojo, spoiler: la muerte de Mario, llegar a la conclusión de que Mariona hacía chantaje...) y los personajes no acaban de quedar muy definidos: Ana, para ser la protagonista, no me parece un personaje que inspire demasiada simpatía; Castro prometía, pero queda muy diluido conforme avanza la novela. Beatriz me pareció el personaje más interesante, pero poco a poco se va convirtiendo en una caricatura al ir soltando cada vez más frecuentemente versos y citas literarias como un loro hasta el punto de perder todo atisbo de naturalidad.

Lo único que le concedo es que puede resultar interesante a mi madre o a personas como ella, que vivió en Barcelona en la década de los cincuenta (bueno, mi madre un poco más tarde). Es una historia policíaca amable y no demasiado negra, y algunos tramos evocan incluso escenitas de novela rosa. Se lee fácil si uno no se para en los detalles que chirrían (si habían hecho desaparecer el libro del catálogo de la biblioteca, ¿cómo lo encuentra la bibliotecaria?). Otro punto positivo que le gustará a mi madre es que la novela está plagada de detalles de los años cincuenta (la gente que caminaba por la calle con paquetitos atados con una cuerda, la portera que cobra los alquileres y es tremendamente cotilla, y muchos más que no fui anotando). Sin embargo, hacia el final da la sensación de que las autoras tenían una lista de todos los detallitos que querían nombrar en la novela a toda costa, pues muchos de ellos parecen un poco metidos con calzador en la narración.

En fin, una novela que sí recomendaré a mi madre, pero que para mí encaja en esa otra categoría que he comentado en otras ocasiones: la de los libros que, una vez cierras la última página, ya no vuelves a acordarte de los personajes…


22 de noviembre de 2014

Dioses menores

Supongo que Terry Pratchett es de esos autores tan peculiares que, sencillamente, lo adoras o te vas al otro extremo y no le pillas la gracia. Yo confieso que me gustan mucho las idas de olla de este autor, porque es eso, una ida de olla detrás de otra, si bien este libro destaca porque es también una gran crítica a las religiones.

Como punto de partida encontramos al dios Om, otrora dios todopoderoso que se ve reencarnado, para su desgracia, en una humilde tortuga sin fieles a quien nadie escucha. Y claro, no es una posición fácil en la que encontrarse en el Mundodisco, donde hay dioses para todos los gustos y la competencia es feroz, así que hay que actuar rápido. Om encuentra por fin a alguien que sí puede oírle: Brutha, un novicio sencillo y  analfabeto. Alguien que no piense demasiado, pues eso no es precisamente lo que los dioses quieren…

No puedo decir que sea mi libro preferido de Pratchett; de hecho, en ciertos tramos me costó avanzar mucho, pero este libro no quise dejarlo a medias. No es el más divertido de Pratchett y no tiene muchos elementos en común con otros libros del Mundodisco, pero sí que es un buen libro, que cuestiona las religiones desde la primera página y plantea la pregunta de si los hombres necesitan dioses y si los dioses son solo tan poderosos como sus creyentes quieren.

Ruido de cañerías


Atila, el detective marginal del Raval de Barcelona, está pasando una mala racha… Tiene problemas con la bebida y con Valentina, «lo más parecido a la mujer de su vida que hay en su vida». Una asociación de ayuda al inmigrante tiene grandes proyectos. El presidente del Futbol Club Barcelona aspira a la Honorabilidad más absoluta por caminos azarosos. Un crimen machista tan claro que desconcierta al mismo Atila. Un par de jóvenes «señoras bien» decididas a portarse tan mal como les sea posible. Lectura poco recomendable para políticos en pleno ejercicio de sus funciones, independientemente de su afiliación y del grado de crisis reinante en el país. Afirma Josep Forment, editor de Alrevés, que Maluenda es heredero de las novelas clásicas norteamericanas y, como tal, denuncia las injusticias sociales. Desde el racismo, la exclusión social, la lucha de clases, la soledad, las oportunidades en la vida, el amor... Además, lo hace con una escritura llena de ironía, de elegancia, muy suspicaz, honesta, certera, valiente y arriesgada.



Ya dije en su día que siento debilidad por Maluenda desde que descubrí Mala hostia, el primer libro del detective protagonista, Atila. Este es ya el cuarto libro de este autor que me leo y, si bien me sigue gustando, quizá ha sido el que menos he disfrutado de él. Me ha parecido que le faltaba garra, que le faltaba acción, «alma» quizá. No está mal, que conste, pero me ha parecido una lectura un poco facilona. Y, pese a ello, ya tengo la mirada en el siguiente libro suyo que leeré: Música para los muertos, donde sale Humphrey, un detective que creo que promete tanto como Atila. 

Siento haber hecho una reseña tan cortita, pero es lo que tiene hacer las reseñas dos meses después de haber leído el libro, que una ya no tiene las sensaciones tan frescas. Prometo enmendarme y ponerme al día pronto en lo que a reseñas se refiere.

18 de noviembre de 2014

Lady Chatterley's Lover (cita)

Both sisters had had their love experience by the time the war came, and they were hurried home. Neither was ever in love with a young man unless he and she were verbally very near: that is unless they were profoundly interested, TALKING to one another. The amazing, the profound, the unbelievable thrill there was in passionately talking to some really clever young man by the hour, resuming day after day for months . . . this they had never realized till it happened! The paradisal promise: Thou shalt have men to talk to!—had never been uttered. It was fulfilled before they knew what a promise it was.

Lady Chatterley's Lover, D. H. Lawrence

7 de noviembre de 2014

Solsticio de invierno

De vez en cuando busco una lectura tranquila, sin sobresaltos; no siempre apetecen las historias densas o trepidantes, y yo hace días que dejé atrás los libros que me hacían sentir como el sufridor en casa (tipo Ken Follett; me leí de jovencilla Los pilares de la Tierra y lo disfruté, pero con Un mundo sin fin, años después, no duré ni diez páginas, porque ya veía que «los buenos» iban a estar pasándolo mal durante setecientas páginas, y yo con ellos). El caso, que mi regalo de Sant Jordi desde el blog de Kayena fue este (¡gracias a Anduriña!), me pareció que era el momento y no quería que pasara más tiempo sin leerlo.

La palabra que me venía continuamente a la cabeza es «lectura plácida» y creo que eso mismo se desprende de la reseña del libro (que he sacado de Internet, y ojo a quienes no quieran saber casi nada de la trama, porque hay spoilers):

Elfrida Phipps, actriz retirada, decide a sus sesenta años abandonar Londres, sin más compañía que su inseparable perro Horace, e instalarse en un pueblo del sur de Inglaterra. Allí, el destino la une a Oscar Blundell, un hombre sumido en la mayor desolación tras perder a su esposa y su hija. Juntos, Elfrida y Oscar se trasladan a Escocia, donde el paisaje, la gente, el clima y el whisky se aúnan para crear un ambiente mágico donde el amor es posible a todas las edades y ante las circunstancias más adversas.

Creo que no me decantaría por leer siempre libros de este tipo, pero sí que volveré a Rosamunde Pilcher porque me ha gustado mucho el concepto, como digo, de lectura plácida que propone (sin asesinatos impactantes que abren la trama, sin giros inesperados que lo trastocan todo, sin sufrimiento a raudales que solo se acaba a cinco páginas del final); además, me encanta el retrato de Inglaterra que hace. Sí, confieso que en algún momento me he visto a mí misma dentro de veinte años reflejada en Elfrida, con gato en lugar de perro, convertida en una señora apacible y algo estrafalaria que recorre las tiendas de baratillo de un pueblecito inglés en busca de la taza perfecta, jajaja…



Para terminar, copio un fragmento que no tiene nada de particular pero quizá refleje bien el saborcillo que transmite este libro:

En realidad, aquello distaba mucho de la perfección, naturalmente. Amontonados en el exiguo espacio del viejo bungalow se hallaban los muebles y enseres personales con los que Elfrida se había mudado de Londres. El sofá hundido, el pequeño sillón victoriano, el guardafuegos de latón, el escritorio desportillado. Lámparas, cuadros sin ningún valor y demasiados libros.
—Como el día está tan gris, tenía intención de encender el fuego, pero aún no me he puesto a la tarea. ¿Quieres una taza de té, o café o algo?
—No, gracias. Acabo de tomar una coca-cola. ¿Adónde da esa puerta?
—A la cocina. Te la enseñaré.
Guiando a la niña, Elfrida descorrió el pasador y abrió la puerta. Su cocina no era mayor que la de un velero. Allí un pequeño fogón con caldera incorporada mantenía caliente toda la casa; en una alacena se hallaba apilada la vajilla; el fregadero de cerámica estaba bajo la ventana, y una mesa de madera y dos sillas ocupaban el resto del espacio. Junto a la ventana había una puerta, y a través de los paneles de cristal de la mitad superior se veía el patio empedrado de la parte trasera y el estrecho arriate que hasta el momento constituía el único esfuerzo de Elfrida en materia de jardinería. Entre las losas crecían helechos y una madreselva trepaba por la pared del vecino.
—En un día como éste no resulta muy atractivo, pero hay espacio suficiente para extender una hamaca en las tardes de verano.
—Ah, pero a mí me encanta. —Francesca examinó la cocina con ojos de ama de casa—. No tiene nevera. Y no tiene lavadora. Y no tiene congelador.
—No, no tengo congelador. Pero sí tenga nevera y lavadora, en el cobertizo que está al fondo del patio. Y lavo los platos en el fregadero, porque no hay espacio para un lavavajillas.
—Mi madre se moriría si tuviera que lavar los platos.
—No es mucho trabajo cuando una vive sola —respondió Elfrida.
—Me encanta su porcelana. Azul y blanca, mi preferida.
—A mí también es la que más me gusta. No hay dos piezas del mismo juego, pero he ido comprándola poco a poco en tiendas de baratillo. He acumulado tanta que apenas tengo donde ponerla.

El hombre del traje gris

Este libro se publicó en la década de 1950 e inmediatamente definió a toda una generación y acuñó una expresión que se sigue usando hoy: la de los hombres del traje gris, con su trabajo medio, su esposa e hijos, su vida en una casita en las afueras, y sus preocupaciones cotidianas por ascender en el escalafón y llegar a fin de mes.

El de Tom y Betsy es un matrimonio muy normal y que en apariencia lo tiene todo: una gran casa en un buen barrio, tres hijos sanos y alegres y un buen trabajo que da para mantenerlo todo (sin alharacas). Más de uno se sentirá identificado, ¿verdad? Pues el problema de este matrimonio era tan común en 1950 como lo es hoy: la insatisfacción. Ambos desean una vida mejor, exactamente eso que nos vende continuamente la publicidad, sin estar del todo seguros siquiera de en qué consiste esa vida mejor que anhelan y si eso es lo que les dará la ansiada felicidad.

En el ínterin, unos determinados hechos del pasado vuelven a llamar a la puerta de Tom y acaban poniéndolo entre la espada y la pared. Así, junto con Tom viviremos las angustias, los anhelos, las insatisfacciones y los miedos de una persona de clase media que podría ser cualquiera de nosotros. Y ahí radica la fuerza de este libro.

Me atraía este libro porque había oído muy buenas críticas, pero, no sé por qué, me esperaba un libro gris como su título, tirando a aburrido; por eso me sorprendieron los giros de la trama, muy logrados, que me mantuvieron enganchada hasta el final. Además conseguí la edición de la foto; la traducción tenía ya unos años y me encantó el sabor añejo que destilaba. Una muy buena lectura, en definitiva.



Mientras guiaba el viejo coche, de regreso a Westport, Tom se decía que él había vivido en cuatro mundos completamente separados. Uno era el mundo loco, poblado de fantasmas, de su abuela y de sus difuntos padres. Otro, el mundo aislado, del cual era mejor no acordarse, en el que había actuado de paracaidista. Otro, el mundo materialista con edificios de tabiques de cristal opaco como la United Broadcasting Corporation y la Schanenhanser Foundation. Y por fin el mundo completamente distinto de Betsy y Haney y Bárbara y Pete, el único de los cuatro que valía un ardite. Tom se dijo que había de existir alguna conexión entre aquellos cuatro mundos; pero era mucho más cómodo pensar en ellos como si estuvieran enteramente divorciados uno de otro.

16 de agosto de 2014

El contrato

¿Apetece una lectura de verano? ¿De esas que no dan muchos quebraderos de cabeza, que te mantienen enganchado, que no puedes dejar de leer? Cuando se dan esas circunstancias, siempre habrá un autor nórdico que acuda al rescate.

Una mujer aparece misteriosamente muerta en una embarcación de ocio en el archipiélago de Estocolmo. Su cuerpo está seco, pero la autopsia demuestra que sus pulmones están llenos de agua. Al día siguiente, Carl Palmcrona, presidente de la ISP, la Inspección de Productos Estratégicos, aparece ahorcado en su casa sin que a primera vista se pueda afi rmar si se trata de un suicidio o un asesinato. El detective Joona Linna será el encargado de intentar establece un vínculo entre estos dos sucesos, que, a primera vista, parecen no tener nada que ver...

[Este es el resumen de la página de la editorial, Planeta.]


A muchos les sonará este autor (pseudónimo que esconde en realidad a un matrimonio sueco que pergeña sus novelas a cuatro manos), pues su libro El hipnotista fue muy comentado hará un par de años. No es el tipo de libros que suelo leer, pero me lo regalaron y, tras tenerlo en la mesilla nada menos que un año, me decidí a emprenderlo.

En la línea de este tipo de best-sellers, llegó un momento en que no podía parar de leer, pues la trama era endiablada. Sin embargo, al terminar me dejó una sensación rara: por un lado, hacia el final hay unas páginas más bien desagradables; por otro, al terminar deja un par de temas en el aire como para incitar a leer el siguiente libro (y eso me da una rabia...). Y, por último, no sé, es un libro de sufrir, porque «los buenos» empiezan a pasarlas canutas desde la página 1 y no se les da ni un momento de respiro hasta el final. Es muy de acción, pero me dio la sensación de que no hay más. Fue como ver una peli de James Bond, que después de pasar dos horas sufriendo con los tiros y las persecuciones… no queda nada. Por supuesto, el trasfondo del libro, que toca el tráfico de armas, da que pensar mucho, pero aun así me ha quedado la sensación de que no querría leer la saga entera y pasarlo mal un libro tras otro.

En su descargo debo decir que el libro está bien escrito y se devora, así que si os gustan este tipo de libros, puede ser una buena elección. Yo insisto en que a mí me ha dejado algo fría: es la típica novela que, cuando la terminas y cierras la tapa, ya no vuelves a acordarte de los personajes…

More Than This

A Patrick Ness lo conocía porque ayudó a terminar una magnífica novela, A Monster Calls, cuando la autora original enfermó y murió al cabo de un tiempoEn la reseña que publiqué en su día dejaba patente mi total entusiasmo por ese librito que, más que leer, se devora y te tiene sentado al borde de la silla desde la primera página. Pese a no ser una obra original suya, A Monster Calls lleva muy patente el sello de Patrick Ness en la forma de narrar y de desarrollar la trama, así que cuando lo terminé tenía claro que buscaría más novelas suyas.

La oportunidad llegó un día en Waterstones, echando un vistazo a la mesa de novedades de literatura juvenil. Ahí estaba More Than This, que me cautivó con su curiosa portada y con solo echar un rápido vistazo a la contra y al primer capítulo.

El libro comienza con la muerte del protagonista, un adolescente llamado Seth (no destripo nada porque ocurre prácticamente en la primera página). Tras ahogarse en el océano, despierta en un pueblo inglés en el que vivió hace muchos años, y el contexto en el que se encuentra le hace pensar que se halla en su infierno particular en un mundo postapocalíptico.

Y así empieza esta novela en la que Seth vive entre dos mundos, el de los recuerdos de la que había sido su vida hasta entonces —típico adolescente atormentado, convencido de que en la vida tiene que haber «algo más», como alude el título, y que arrastra las consecuencias de un acontecimiento que traumatizó a su hermano pequeño años atrás— y el desolador presente de un mundo donde no entiende nada y que no tiene apenas que ofrecerle.

Patrick Ness es muy buen escritor: lo demuestra la caracterización de los personajes (siempre tan imperfectos, tan humanos), los diálogos afilados, los estupendos inicios y la forma en que mantiene el suspense a lo largo de toda la trama. El inicio es impactante, pero el desarrollo es aún mejor, pues no deja de dar giros a la trama, cerrar unos temas para plantear otros nuevos que uno no se esperaba. Y lo mejor es que no se hace cansino (no como las continuas vueltas de tuerca de La verdad sobre el caso Harry Quebert, por ejemplo, que como lectora me dejaron exhausta).

Por los temas que trata el libro y por cómo se desarrolla lo recomendaría más bien para un público adolescente, si bien lo puede disfrutar todo aquel interesado en una aventura muy contemporánea, muy bien escrita y tremendamente original, que explora esa idea que todos hemos tenido, en especial durante la adolescencia, de que en la vida tiene que haber «algo más».

27 de julio de 2014

We Need to Talk About Kevin

Leer durante seis horas seguidas hasta que cierras el libro por la última página. Quedarte mirando al techo de la habitación y murmurar un prosaico: «Guau». Y necesitar varios días antes de emprender la siguiente lectura porque tienes que reponerte de la historia que acabas de vivir.

La trama, a priori, parece de película de sobremesa de Antena 3: pocos días antes de cumplir 16 años, Kevin Khatchadourian mata a nueve personas en su instituto. Narra los hechos Eva Khatchadourian, su madre, a través de una serie de cartas que envía a su marido ausente, Franklin, en las que repasa la vida de Kevin para intentar entender cómo ambos llegaron a criar a un asesino en casa.

Sin embargo, el libro no se queda ahí. La trama gira en realidad en torno al concepto de la maternidad, pero desde un punto de vista totalmente diferente al que estamos acostumbrados: el de una empresaria de éxito —acostumbrada a recorrer el mundo durante cinco meses al año— que decide quedarse embarazada un poco a regañadientes, más por deseo de su marido que de ella; el del embarazo que se vive más como invasión que como estado de buena esperanza; el de la depresión posparto; el de no empatizar en absoluto con un hijo que, a todas luces, es de los llamados difíciles. Eva no llega nunca a sentir amor por Kevin y piensa que está criando a un extraño en casa. Por su parte, Franklin ve colmadas con Kevin todas sus expectativas de ser padre y se coloca totalmente de su parte, lo que empieza a distanciar al matrimonio; con el paso de los años, la brecha entre la pareja se abre cada vez más. Sin embargo, ¿explica eso que un día Kevin se plante en el instituto dispuesto a cometer una masacre?

No digo más porque creo que es bueno mantener ciertos elementos de sorpresa en esta historia. Es una novela epistolar y la lectura no me ha resultado fácil, pero creo que ha tenido que ver que me la he leído en inglés (tela marinera con las expresiones que suelta la autora); es un libro que no se puede soltar, pero la lectura requiere tiempo y concentración, porque está plagado de reflexiones y viajes al pasado para detallar recuerdos; así, episodios prácticamente triviales como el que puse en la entrada anterior acerca del décimo cumpleaños de Eva pueden llegar a ocupar dos páginas. Sin embargo, es una novela tremenda por la cantidad de reflexiones e interrogantes que plantea, pues es el típico libro que te sigues cuestionando días después de haberlo terminado.

Eso sí, por fortuna yo me lo he leído ahora que ya soy madre y tengo una niña normal. Me lo llego a leer hace unos años y me replanteo todo el tema de la maternidad. Avisados estáis: este libro os quitará las ganas de traer un retoño al mundo, no vaya a ser que os salga un Kevin. :-)

We Need to Talk About Kevin ocupará sin dudarlo un puesto entre las mejores lecturas de este año.


1 de julio de 2014

We Need to Talk About Kevin (cita)

Early afternoon of my birthday, I was ordered to the backyard.

"Surprise!" When I was invited back in, I discovered that five of my friends had been sneaked in the front while I'd been trying to peek through the drawn kitchen curtains. In our bunted living room, they surrounded a card table spread with a paper lace cloth and set with colorful paper plates, beside which my mother had placed matching seating cards inscribed with the fluid calligraphy of her professional work. There were also store-bought party favors: miniature bamboo umbrellas, noisemakers that tongued and honked. The cake, too, was from a bakery, and she had dyed the lemonade a vivid pink to make it seem more festive.

Doubtless my mother saw my face fall. Children are so lousy at covering up. At the party, I was desultory, laconic. I opened and closed my umbrella and rapidly tired of it, which was odd; I had powerfully envied other girls who had gone to parties to which I hadn't been invited and returned to school with precisely these pink-and-blue parasols. Yet somehow it was revealed to me that they came in packets of ten in a plastic bag and could be purchased even by the likes of us, and that devalued the favors more than I could say. Two of the guests I did not much like; parents never get it right about your friends. The cake was sealed in fondant icing like a plastic puck, and flavorlessly sweet; my mother's baking was better. There were more presents than usual, but all I remember of them is that each was unaccountably disappointing. And I was visited by a prescient taste of adulthood, an unbracketed "No Exit" sensation, which rarely plagues children: that we were sitting in a room and there was nothing to say or do. The minute it was over, the floor messy with crumbs and wrapping, I cried.

I must sound spoiled, but I wasn't spoiled. Little had been made of my birthdays in the past. Looking back, I feel simply despicable, too. My mother had gone to so much trouble. Her business didn't make much money for the longest time; she would labor over one card for over an hour and then sell it for a quarter, a price at which her customers would still squawk. In terms of our family's midget economy, the outlay had been considerable. She must have been bewildered; if she were a different sort of parent, she'd have spanked my ungrateful behind. Whatever had I contemplated that in comparison made my surprise party such a letdown?

Nothing. Or nothing in particular, nothing that I could form concretely in my head. That was the problem. I had been awaiting something large and amorphous, a vast big thing so marvelous that I could not even imagine it. The party she threw was all too imaginable. For that matter, had she brought in a brass band and magicians I'd have still been crestfallen. There was no extravagance that would not have fallen short, because it would be finite and fixed, one thing and not another. It would be only what it was.

The point is, I don't know what exactly I'd foreseen would happen to me when Kevin was first hoisted to my breast. I hadn't foreseen anything exactly. I wanted what I could not imagine. I wanted to be transformed; I wanted to be transported. I wanted a door to open and a whole new vista to expand before me that I had never known was out there. I wanted nothing short of revelation, and revelation by its nature cannot be anticipated; it promises that to which we are not yet privy. But if I extracted one lesson from my tenth birthday party, it was that expectations are dangerous when they are both high and unformed.

30 de junio de 2014

Me hallará la muerte

Madrid, 1942. Antonio y Carmen, dos jóvenes maleantes, se compinchan para desplumar a ricachones en los alrededores del parque del Retiro. Pero la adversidad y el infortunio obligarán a Antonio a huir de la justicia. Se alista en la División Azul, para poner tierra de por medio; y en Rusia conocerá penalidades sin cuento, en compañía del idealista Gabriel, otro divisionario con el que guarda un asombroso parecido físico, aunque en todo lo demás sea más bien su antípoda. 

Muchos años después, en 1954, tras sobrevivir a todo tipo de vicisitudes, Antonio regresa a España, transformado ya en otra persona, a bordo del buque Semíramis. Empieza entonces, en un Madrid peligroso y abracadabrante, una aventura de signo bien distinto, en la que Antonio vivirá una vida de potentado, muy diferente de la que dejó atrás doce años antes. Pero esta vida nueva lo obligará a la improvisación, el fingimiento y la vigilancia permanente, para mantener a buen recaudo las sombras del pasado; y en su empeño por mantenerlas, tendrá que adentrarse, siempre acechado por la muerte, en una madeja de intrigas cada vez más embrolladas y peregrinas. ¿Podrá Antonio alcanzar, entre la tupida maraña de males que ha desencadenado, el bien que anhela?


¿Hasta qué punto dejáis que la antipatía que os despierta un autor influya a la hora de leer sus libros? Porque ese creo que es el gran problema de Juan Manuel de Prada: que caen fatal tanto él mismo con sus costuras desbordantes como su engolamiento y su tufillo rancio. Yo la verdad es que llevo años intentando que eso no me afecte, pues si bien no comulgo con su ideología, como escritor de novelas me gusta mucho. Hay personas que no soportan tener que leer diccionario en mano, y eso fue precisamente lo primero que me atrajo de él ya con La tempestad: leer su prosa supone un auténtico ejercicio y un constante aprendizaje del español. ¿Qué otro autor de hoy en día es capaz de poner palabras nuevas prácticamente en cada página? Pero no palabras que me sonaran levemente, sino que algunas de ellas no las había oído en mi vida, y eso que trabajo con el lenguaje: tabuco («aposento pequeño»), patulea («muchedumbre»), polisón («armazón que, atada a la cintura, se ponían las mujeres para que abultasen los vestidos por detrás») o chubesqui («estufa para calefacción, de dobles paredes y forma cilíndrica que, por lo general, funciona con carbón». Toda la vida viéndolas en casa de tíos y abuelos y me entero ahora de que tiene un nombre tan particular y reconocido por el DRAE...).

Sin embargo, tal vez De Prada ya no es lo que era, porque si en otros libros suyos me recreaba con determinados paisajes, en este muchos de ellos me han sonado demasiado alambicados, como si se hubiera dedicado a redactar pasajes de nuevo con el Corripio en la mano. Por ejemplo, en lugar de «las voces de los musulmanes» pone «los lililíes de los almuédanos». Un ejemplo bastante gráfico de lenguaje forzado, ¿no?

En cuanto a la historia, es muy entretenida, aunque me ha hecho sufrir y las últimas 200 páginas me las he leído de una sentada porque tenía que saber cómo terminaba. Me gusta cómo hila las historias De Prada, cómo construye la trama y cómo evolucionan los personajes, aunque algún punto de esta novela no me haya parecido del todo creíble. Lo que hay que reconocerle al autor, desde luego, es que tiene mucho oficio y eso se nota en cada página.

De todas formas, este libro me deja un pequeño poso de insatisfacción, no sé si por lo rebuscado de algunas parrafadas, por los pasajes un poco truculentos o morbosos, por la visión que se da de las mujeres, pues a todas parece que las describe el autor según le provoquen o no instintos lúbricos… La verdad es que me lo pensaré antes de comprar su siguiente novela. Lo que quizá sí haga es descubrir al De Prada de los inicios, con novelas como Coños, Las máscaras del héroe o El silencio del patinador. Para un primer contacto con el autor recomendaría la novela por la que le dieron el premio Planeta, La tempestad, aunque también esta hace gala de un lenguaje barroco. No digáis que no os lo advertí. :)

En fin, veo que me ha quedado más un post con nostalgia del pasado que con esperanzas de futuro (del de De Prada, digo), pero quizá sí es ese el poso que me ha quedado tras la lectura, sí...