Es increíble la capacidad que tiene Maeve Binchy de perfilar los caracteres y detallar las emociones por las que pasan cada uno de los personajes de este libro, de manera que el lector acaba entendiendo los motivos que hay detrás de las acciones de todos ellos, buenos y malos. Además, es un libro que hace valorar muchísimo a esos amigos con los que somos como uña y carne desde hace años. Lo que más me gusta del libro es el desenlace, pues las innumerables tramas que abre la autora por fin confluyen y se resuelven y, además, la autora opta por no ofrecernos un final edulcorado, sino uno tremendamente realista que nos deja, de todos modos, una sonrisa en la boca…
16 de agosto de 2015
Circle of Friends
El libro ideal para una tarde de invierno, té en mano, con lluvia ahí fuera, mientras lees página tras página sobre las aventuras de las que podrían haber sido tus mejores amigas en la universidad. Eso es lo que significa Círculo de amigos para mí. Hallé el libro desvencijado en una tienda de baratillo de Irlanda en 1997 (tiene la fecha impresa en una de las páginas). Era mi eterna relectura pendiente, pues recuerdo que me gustó cuando lo leí y comulgué mucho con la película también, y sin embargo no recordaba casi nada de la trama. Así pues, por fin este verano le hice el hueco. Como suele pasar con mis relecturas, no me decepcionó en absoluto; es más, compré un par de ejemplares para regalar porque deseaba que otras personas disfrutaran con esta historia como lo había hecho yo.
La trama gira en torno a Benny Hogan y su mejor amiga, Eve Malone, que salen por primera vez de su pueblecito irlandés para acudir a la universidad y conseguir la ansiada independencia y libertad. Allí conocen al carismático Jack Foley, un guapísimo y encantador estudiante de derecho, y a Nan Mahon, cuya intención es escapar de sus orígenes humildes a través de un buen matrimonio. Las historias de todos ellos se entrelazarán a medida que luchan por conciliar sus orígenes católicos con las sensaciones adolescentes que están empezando a despertarse en sus cuerpos.
9 de agosto de 2015
Un saco de huesos
Perder al amor de tu vida de la noche a la mañana: eso es lo que le ocurre al aclamado escritor Mike Noonan. Su mujer, Jo, se despide de él un día para ir un momento a la farmacia y a la pescadería, y la siguiente vez que sabe de ella es al recibir la llamada de la policía para que acuda a identificar su cadáver. Muerte natural; un ataque en plena calle. Atónito e inmerso en su dolor, Mike hace ese día otro descubrimiento: su mujer acababa de adquirir en la farmacia un test de embarazo. Otros indicios le hacen pensar que Jo, con quien parecía tener la relación perfecta, le escondía secretos y podría haber llevado una vida paralela.
Atormentado y de repente sumido en el bloqueo del escritor, Mike trata de hacer frente a la pérdida trasladándose a la segunda residencia que tenía la pareja, Sara Risa, para tratar de ahuyentar a los fantasmas. Paradójicamente, lo que hace es literalmente atraerlos todos hacia sí. Mike se da cuenta entonces de que no podrá salir de la casa hasta que no descubra la verdad de Sara Risa y el extraño vínculo que parece haber entre ella y la muerte de su esposa.
Otro magnífico libro de Stephen King, tan bien narrado de forma como de fondo que en todo momento mantiene al lector sumergido en el ensueño de la ficción. Me encantan los autores que son capaces de hacer eso, de escribir sin que se les vean los andamios. Este libro es King al más puro estilo, con una trama que engancha entremezclada con recuerdos del pasado y pesadillas que atormentan al protagonista. Una lectura perfecta para el verano que me entretuvo durante las tardes de agosto más calurosas. Uno de los aspectos que más me ha gustado del libro es la descripción que hace de los pequeños detalles que conformaban el matrimonio de Mike y Jo. Como ya me pasó con La mujer del viajero en el tiempo, al final la trama fantástica casi pasa a un segundo plano porque lo único que apetece es seguir leyendo el día a día de los dos protagonistas. Hay quien dice que Un saco de huesos tiene un toque más sentimental a lo largo de toda la narración de lo que acostumbran las novelas de King. A mí, en todo caso, no me ha parecido fuera de lugar.
Atormentado y de repente sumido en el bloqueo del escritor, Mike trata de hacer frente a la pérdida trasladándose a la segunda residencia que tenía la pareja, Sara Risa, para tratar de ahuyentar a los fantasmas. Paradójicamente, lo que hace es literalmente atraerlos todos hacia sí. Mike se da cuenta entonces de que no podrá salir de la casa hasta que no descubra la verdad de Sara Risa y el extraño vínculo que parece haber entre ella y la muerte de su esposa.
Llevaba mucho tiempo sin leer a King y este libro ha hecho que se despierten en mí unas tremendas ganas de volver a sus mundos. Veremos...
21 de julio de 2015
Dolly
¿No es preciosa esta colección de libritos de fantasmas? Son pequeños y finos, apenas 150 páginas, ideales para terminarlos de una sentada en una velada de invierno. La cubierta es preciosa, con una evocadora ilustración gótica y tipografía y detalles en relieve. El nombre de Susan Hill es también garantía de una buena historia de fantasmas, pues Hill es muy buena a la hora de recrear el ambiente que piden este tipo de novelas: una casa aislada en medio de una ciénaga, un paisaje envuelto en brumas, una noche de verano azotada por una tormenta y un sonido extraño en el cercano cementerio… Estos libros me tientan por la promesa que encierran sus páginas, pero debo decir que en esta ocasión la historia no ha estado a la altura.
Dos primos de unos 8 años que apenas habían tenido relación antes, Edward y Leonora, llegan en tren a la casa de su tía Krestel, Iyot House, para pasar el verano. Él es un niño callado y conciliador; ella, una niñita insoportable y malcriada. Aunque tienen varios desencuentros, ambos llegan a forjar una especie de entendimiento que sin embargo no puede llegar a calificarse de amistad.
Una noche, la tía Krestel regala a Leonora una muñeca de porcelana, pues sabe lo mucho que la niña anhela tener una. Sin embargo, al abrir la caja y descubrir que la muñeca en cuestión no se parece en nada a la que ella tenía en mente, Leonora la tira contra la pared y rompe la porcelana sin remedio. A partir de ahí, los hechos se desencadenan.
Si bien la novela consigue crear un clima de misterio, la lectura no la logrado engancharme del todo y el final me ha dejado más bien fría. Me ha parecido que la novela no estaba del todo bien hilada: ¿es Leonora realmente diabólica, como da a entender el episodio del reflejo en el agua, o no es más que una niña mimada e insoportable? ¿Por qué la venganza afecta al afable Edward y por qué, sobre todo, son los niños de las últimas páginas de la novela —que no tienen culpa de nada— los que acaban siendo las auténticas víctimas?
En definitiva, me ha parecido un libro que tenía todos los ingredientes para construir una buena historia (la indudable pluma ágil de la autora, un escenario inglés —que tan evocador resulta siempre—, una inquietante muñeca de porcelana como protagonista, unos lloros infantiles en mitad de la noche…). Sin embargo, a medida que avanza la lectura el misterio se va diluyendo y el final decepciona y parece muy traído por los pelos. Quería completar la colección de estos preciosos libritos, pero después de Dolly creo que me lo pensaré la próxima vez que me tope con uno en los estantes de una charity…
The Small Hand, otro libro de esta misma colección y autora, lo tengo reseñado aquí.
Dos primos de unos 8 años que apenas habían tenido relación antes, Edward y Leonora, llegan en tren a la casa de su tía Krestel, Iyot House, para pasar el verano. Él es un niño callado y conciliador; ella, una niñita insoportable y malcriada. Aunque tienen varios desencuentros, ambos llegan a forjar una especie de entendimiento que sin embargo no puede llegar a calificarse de amistad.
Una noche, la tía Krestel regala a Leonora una muñeca de porcelana, pues sabe lo mucho que la niña anhela tener una. Sin embargo, al abrir la caja y descubrir que la muñeca en cuestión no se parece en nada a la que ella tenía en mente, Leonora la tira contra la pared y rompe la porcelana sin remedio. A partir de ahí, los hechos se desencadenan.
Si bien la novela consigue crear un clima de misterio, la lectura no la logrado engancharme del todo y el final me ha dejado más bien fría. Me ha parecido que la novela no estaba del todo bien hilada: ¿es Leonora realmente diabólica, como da a entender el episodio del reflejo en el agua, o no es más que una niña mimada e insoportable? ¿Por qué la venganza afecta al afable Edward y por qué, sobre todo, son los niños de las últimas páginas de la novela —que no tienen culpa de nada— los que acaban siendo las auténticas víctimas?
En definitiva, me ha parecido un libro que tenía todos los ingredientes para construir una buena historia (la indudable pluma ágil de la autora, un escenario inglés —que tan evocador resulta siempre—, una inquietante muñeca de porcelana como protagonista, unos lloros infantiles en mitad de la noche…). Sin embargo, a medida que avanza la lectura el misterio se va diluyendo y el final decepciona y parece muy traído por los pelos. Quería completar la colección de estos preciosos libritos, pero después de Dolly creo que me lo pensaré la próxima vez que me tope con uno en los estantes de una charity…
The Small Hand, otro libro de esta misma colección y autora, lo tengo reseñado aquí.
19 de julio de 2015
The Twits
Hoy en día parece que los barbudos disfrutan de un renovado protagonismo: se han erigido en símbolos hípster (abundan en barrios londinenses típicamente a la última como es Dalston), las barbas parecen dotar a su portador de un atractivo innegable e incluso hay instituciones de la ciudad que les dedican exposiciones fotográficas, como esta de Somerset House, de la que he tomado la fotografía.
De hecho, algo tan prosaico como las barbas fue lo que inspiró a Roald Dahl a escribir este libro, ¡pues las odiaba!:
The idea of The Twits was triggered by Dahl's desire to "do something against beards", because he had an acute hatred of them. The first sentence of the story is, "What a lot of hairy-faced men there are around nowadays!"
Así pues, una vez pasada esta primera página introductoria empieza la historia en sí, que gira en torno a un barbudo y su mujer, el señor y la señora Cretino, unas personas sucias, malhumoradas e irascibles. Al señor y la señora Cretino les encanta hacerse faenas el uno al otro y sus bromas son cada vez más pesadas, como el capítulo en que el señor Cretino pretende convencer a su mujer de que está encogiendo y la única solución es volver a «estirarla», o cuando la señora Cretino le prepara a su marido un plato de espaguetis mezclados con gusanos de verdad. Sin embargo, un día deciden hacer frente común contra los pájaros que acuden a su jardín: todos los miércoles preparan un guiso con algunos de ellos, pero ¡ah!, un día se encuentran con que los pajarillos ya no se dejan cazar. ¿Qué se les ocurrirá a los horribles Cretinos para seguir disfrutando de un suculento pastel de pájaros todos los miércoles…?
Esta delicia de libro está dirigido a un público infantil; los niños de 6 o 7 años ya podrán empezar a disfrutarlo, pero seguro que a los de 12 años les gusta igual. Sin embargo, yo a mis 37 lo he disfrutado como una enana, me lo he leído de una sentada y me he reído a carcajada limpia con más de un pasaje. Este tipo de libros siempre me dan una especie de nostalgia, pues me hacen pensar en mí misma con 8, 9 o 10 años, y me evocan también la cantidad de libros que me perdí y que me habrían hecho disfrutar tanto... Recuerdo que leía los mismos libros una y otra vez, en gran parte porque nunca sabía a qué nuevo libro acudir o dónde buscar lecturas estimulantes. Incluso hoy en día, cada vez que entro en la sección infantil del Waterstones de mi barrio me entra una especie de síndrome de Stendhal: me conmueve la cantidad de libros que se publican hoy, la cantidad de clásicos que en su día me perdí, el infinito universo que es una librería así para un niño y que yo, por el motivo que fuera, no pude disfrutar del todo de pequeña. Así que aquí estoy, saboreando a mi edad estas pequeñas joyas de la literatura infantil que no mueren nunca.
Así pues, en plena época del culto a la barba cae en mis manos este libro de 1980, que diríase que fue escrito especialmente para combatir a la plétora de hípsters barbudos que pueblan nuestras calles hoy. Esta es la descacharrante primera página:
De hecho, algo tan prosaico como las barbas fue lo que inspiró a Roald Dahl a escribir este libro, ¡pues las odiaba!:
The idea of The Twits was triggered by Dahl's desire to "do something against beards", because he had an acute hatred of them. The first sentence of the story is, "What a lot of hairy-faced men there are around nowadays!"
Así pues, una vez pasada esta primera página introductoria empieza la historia en sí, que gira en torno a un barbudo y su mujer, el señor y la señora Cretino, unas personas sucias, malhumoradas e irascibles. Al señor y la señora Cretino les encanta hacerse faenas el uno al otro y sus bromas son cada vez más pesadas, como el capítulo en que el señor Cretino pretende convencer a su mujer de que está encogiendo y la única solución es volver a «estirarla», o cuando la señora Cretino le prepara a su marido un plato de espaguetis mezclados con gusanos de verdad. Sin embargo, un día deciden hacer frente común contra los pájaros que acuden a su jardín: todos los miércoles preparan un guiso con algunos de ellos, pero ¡ah!, un día se encuentran con que los pajarillos ya no se dejan cazar. ¿Qué se les ocurrirá a los horribles Cretinos para seguir disfrutando de un suculento pastel de pájaros todos los miércoles…?
Esta delicia de libro está dirigido a un público infantil; los niños de 6 o 7 años ya podrán empezar a disfrutarlo, pero seguro que a los de 12 años les gusta igual. Sin embargo, yo a mis 37 lo he disfrutado como una enana, me lo he leído de una sentada y me he reído a carcajada limpia con más de un pasaje. Este tipo de libros siempre me dan una especie de nostalgia, pues me hacen pensar en mí misma con 8, 9 o 10 años, y me evocan también la cantidad de libros que me perdí y que me habrían hecho disfrutar tanto... Recuerdo que leía los mismos libros una y otra vez, en gran parte porque nunca sabía a qué nuevo libro acudir o dónde buscar lecturas estimulantes. Incluso hoy en día, cada vez que entro en la sección infantil del Waterstones de mi barrio me entra una especie de síndrome de Stendhal: me conmueve la cantidad de libros que se publican hoy, la cantidad de clásicos que en su día me perdí, el infinito universo que es una librería así para un niño y que yo, por el motivo que fuera, no pude disfrutar del todo de pequeña. Así que aquí estoy, saboreando a mi edad estas pequeñas joyas de la literatura infantil que no mueren nunca.
12 de julio de 2015
Choque de Reyes (Canción de Hielo y Fuego / 2)
¡He vuelto tras cinco meses de ausencia! Desde luego, estos libros de Juego de Tronos están destrozando mis estadísticas de lectura anuales, pero qué más da cuando una puede estar sumergida durante meses en una historia tan compleja y apasionante…
Y es que la saga de Canción de Hielo y Fuego se disfruta a tantos niveles... George R. R. Martin es todo un maestro a la hora de adentrar al lector en su mundo: libros de mil páginas que no decaen en ningún momento, un amplísimo espectro de personajes llenos de matices y tremendamente humanos, historias nada previsibles (pues a Martin no le tiembla el pulso a la hora de acabar con buenos y malos por igual), la complejidad de la trama que en ningún momento hace aguas pese a la inmensa cantidad de personajes que intervienen (no hay más que ver las treinta páginas de árbol genealógico que hay al final del libro)... No sé, me faltan las palabras a la hora de describir los libros de Martin: me encanta lo que escribe y cómo lo escribe.
Y luego —ya lo dije en la reseña del primer libro de la saga (aquí)—, está la edición en español, que con tanto acierto han sabido verter del original Cristina Macía y el equipo de Gigamesh. Siendo del gremio, me he ido fijando en la edición a medida que avanzaba la lectura y no puedo por menos que aplaudir el trabajo a todos los niveles: la calidad de la redacción en español, el cuidado que han puesto en el vocabulario, tan específico (piezas de armaduras, armas, partes de un castillo… Sé que en la editorial trabajan con ingentes glosarios para no perderse en un trabajo tan titánico), la uniformidad de los criterios, el acierto a la hora de traducir los nombres propios (cosa nada fácil cuando muchos de ellos conjugan sonoridad en inglés con un significado...). En fin, aplaudo a Cristina y al resto del equipo por haber emprendido tarea tan titánica y haber estado más que a la altura. Intento leer los libros en su idioma original siempre que puedo, pero me alegro de haber emprendido esta lectura en español, por una parte para apoyar a la editorial, y por otra para disfrutar con cada línea de la traducción como lo estoy haciendo.
El título resume muy bien a grandes rasgos este segundo volumen: Choque de Reyes. Varios son los monarcas, reales o impuestos mediante las armas, que se disputan el Trono de Hierro, por lo que asistimos a batallas despiadadas, luchas fraticidas y traiciones palaciegas. Y ahí radica el único punto que puedo reprocharle a esta saga: la crudeza de algunas escenas resulta casi demasiado para espíritus sensibles como el mío, si bien es un precio que estoy dispuesta a pagar para seguir adentrándome en este mundo.
He terminado la lectura con ganas de emprender el tercero, porque me han dicho además que la lectura es trepidante (es cierto que este segundo dicen que es el más lento de la serie y sí es verdad que puede dar la impresión de que la acción no avanza en demasía para un libro de mil páginas). Sin embargo, dejaré pasar unos meses para no saturarme y ahora me voy al otro extremo con una lectura ligera, cortita y agradable: un librito infantil de Roald Dahl. ¡Espero volver en muy pocos días con la reseña!
Y es que la saga de Canción de Hielo y Fuego se disfruta a tantos niveles... George R. R. Martin es todo un maestro a la hora de adentrar al lector en su mundo: libros de mil páginas que no decaen en ningún momento, un amplísimo espectro de personajes llenos de matices y tremendamente humanos, historias nada previsibles (pues a Martin no le tiembla el pulso a la hora de acabar con buenos y malos por igual), la complejidad de la trama que en ningún momento hace aguas pese a la inmensa cantidad de personajes que intervienen (no hay más que ver las treinta páginas de árbol genealógico que hay al final del libro)... No sé, me faltan las palabras a la hora de describir los libros de Martin: me encanta lo que escribe y cómo lo escribe.
Y luego —ya lo dije en la reseña del primer libro de la saga (aquí)—, está la edición en español, que con tanto acierto han sabido verter del original Cristina Macía y el equipo de Gigamesh. Siendo del gremio, me he ido fijando en la edición a medida que avanzaba la lectura y no puedo por menos que aplaudir el trabajo a todos los niveles: la calidad de la redacción en español, el cuidado que han puesto en el vocabulario, tan específico (piezas de armaduras, armas, partes de un castillo… Sé que en la editorial trabajan con ingentes glosarios para no perderse en un trabajo tan titánico), la uniformidad de los criterios, el acierto a la hora de traducir los nombres propios (cosa nada fácil cuando muchos de ellos conjugan sonoridad en inglés con un significado...). En fin, aplaudo a Cristina y al resto del equipo por haber emprendido tarea tan titánica y haber estado más que a la altura. Intento leer los libros en su idioma original siempre que puedo, pero me alegro de haber emprendido esta lectura en español, por una parte para apoyar a la editorial, y por otra para disfrutar con cada línea de la traducción como lo estoy haciendo.
El título resume muy bien a grandes rasgos este segundo volumen: Choque de Reyes. Varios son los monarcas, reales o impuestos mediante las armas, que se disputan el Trono de Hierro, por lo que asistimos a batallas despiadadas, luchas fraticidas y traiciones palaciegas. Y ahí radica el único punto que puedo reprocharle a esta saga: la crudeza de algunas escenas resulta casi demasiado para espíritus sensibles como el mío, si bien es un precio que estoy dispuesta a pagar para seguir adentrándome en este mundo.
He terminado la lectura con ganas de emprender el tercero, porque me han dicho además que la lectura es trepidante (es cierto que este segundo dicen que es el más lento de la serie y sí es verdad que puede dar la impresión de que la acción no avanza en demasía para un libro de mil páginas). Sin embargo, dejaré pasar unos meses para no saturarme y ahora me voy al otro extremo con una lectura ligera, cortita y agradable: un librito infantil de Roald Dahl. ¡Espero volver en muy pocos días con la reseña!
15 de febrero de 2015
PostSecret: Extraordinary Confessions from Ordinary Lives
Desde hace años, lo primero que hago los domingos por la mañana es consultar Postsecret. ¿Os suena? Se trata de una web en la que su fundador, Frank Warren, cuelga cada domingo los «secretos» que gente anónima de todo el mundo le envía a su casa en una postal hecha a mano. La condición es que ese «secreto» sea completamente verídico y nunca antes se haya revelado a nadie. La idea es que tenga un efecto catártico, liberador, quizá humorístico. En ocasiones, se ha usado para transmitirle un mensaje a alguien que ya no está en tu vida.
Los secretos se van recopilando y cada tanto se publica un libro, que, por cierto, incluye secretos que nunca llegaron a publicarse en la web. Ya hay seis libros en el mercado y, como me gusta empezar cronológicamente este tipo de series, acabo de comprar (y de devorar) el primero, el libro del 2005:
¿Conocíais esta página? ¿Qué os parece? Yo admiro la creatividad que tiene la gente a la hora de plasmar sus secretos, si bien no hay que tener un arte especial para reflejar sobre el papel eso que siempre has llevado dentro y nunca confesaste a nadie. Admito que me gusta mucho lo de asomarme por un momento a lo más íntimo de las vidas de los demás. De vez en cuando, descubro que alguno de esos secretos que aparecen podría quizá ser el mío…
Los secretos se van recopilando y cada tanto se publica un libro, que, por cierto, incluye secretos que nunca llegaron a publicarse en la web. Ya hay seis libros en el mercado y, como me gusta empezar cronológicamente este tipo de series, acabo de comprar (y de devorar) el primero, el libro del 2005:
¿Conocíais esta página? ¿Qué os parece? Yo admiro la creatividad que tiene la gente a la hora de plasmar sus secretos, si bien no hay que tener un arte especial para reflejar sobre el papel eso que siempre has llevado dentro y nunca confesaste a nadie. Admito que me gusta mucho lo de asomarme por un momento a lo más íntimo de las vidas de los demás. De vez en cuando, descubro que alguno de esos secretos que aparecen podría quizá ser el mío…
23 de enero de 2015
There's a word for that
As an avid reader, I've often thought our language is missing some useful words associated with books.
Why, for example, is there not a word to describe the relief of knowing a book will be good after reading the first few pages? Or that terrible feeling when you've finished a brilliant book and fear the next one you pick could never be as good? Or the rush of excitement when you spot a much-wanted title in a charity shop? Or the nosy thrill of finding a handwritten dedication or forgotten bookmark in a secondhand book…?
Extraído de las cartas de los lectores del Reader's Digest de octubre del 2014. Quizá no encontremos la palabra adecuada para describir cada uno de esos momentos, pero seguro que todos hemos tenido este tipo de sensaciones alguna vez, ¿verdad?
18 de enero de 2015
Danziger's Travels
He aquí el relato de un auténtico aventurero: Nick Danziger, un londinense que en 1984 emprendió un viaje «a través de fronteras prohibidas» por Asia durante 18 meses. Su objetivo fue hacer por tierra todo el recorrido, desde Londres hasta Hong Kong, utilizando medios de transporte tradicionales, viajando con el mínimo equipaje y tratando de integrarse al máximo allá donde iba.
Ojo, repito el dato por si ha pasado desapercibido: hablamos de 1984, cuando no te encontrabas un Starbucks en cada pueblucho que atravesabas, ni podías colgar en Instagram la foto del último atardecer con el texto de que hace tiempo que no te sentías tan en paz contigo mismo, ni podías subir cinco fotos al día a Facebook informando fielmente a tu ristra de amigos de las cosas tan curiosas que estás comiendo allende las fronteras (a veces pienso que el mundo se ha vuelto loco con ese afán exhibicionista que les entra a muchos, ¿no?).
En fin, por suerte eran otros tiempos, y como mucho podías aspirar a llevar contigo cuaderno y boli para anotar tus impresiones y darles forma de libro meses después para poder compartir tus andanzas con quienes así lo quisieran. Y Danziger emprendió el viaje: tras cruzar Europa, se adentró en los pueblos remotos del sur de Turquía, atravesó Irán y entró de manera ilegal en Afganistán, donde pasó dos meses con las guerrillas del país en pleno conflicto con los rusos. De ahí cruzó a Pakistán y se convirtió en el primer occidental en adentrarse en la provincia occidental de China por el paso paquistaní desde la revolución de 1949. Por último se adentró en Tíbet antes de volver a entrar en China y tomar un barco en Hong-Kong que lo llevaría de vuelta a Londres.
Lo que más destaca de este relato es la capacidad de Danziger de mezclarse con la gente del lugar, su espíritu positivo y su audacia, que le llevó a sortear las dificultades legales y las autoridades policiales allá donde iba (pues en más de un territorio su presencia era ilegal). Un libro perfecto si uno busca ponerse en la piel de un auténtico aventurero, capaz de cruzar desiertos con un grupo de afganos y dormir con el frío calado en los huesos, pero sin querer utilizar su saco de dormir porque eso no habría sido justo para con sus compañeros de viaje. Un viaje en el que pasó hambre, frío y calor, sufrió dolores, sintió miedo y en ocasiones desánimo ante determinadas circunstancias, pero en el que siempre encontró en el prójimo una mano tendida para proseguir su periplo.
Otra cosa que me gustó mucho de este libro es que, pese a que el autor intentó integrarse al máximo y no alterar los sitios que visitaba, siempre mantuvo la capacidad crítica y se cuestionaba constantemente su postura. Un ejemplo, que también servirá para conocer el estilo del autor:
Despite these pressures, I was sad that the journey would soon be over. Only six of the pilgrims would continue on from Ganze. Ganze itself was a compact, bustling market town crowned by a temple that looked down onto ugly concrete buildings surrounded by wooden Tibetan ones. We pulled into the central truck and bus depot where the majority of the pilgrims left us, taking their huge sacks of belongings with them. We were comfortable at last, and could stretch out, but the lorry felt empty and desolate. My feelings were mixed. I felt rewarded to have shared their journey with them, and to have experienced the highs and lows of their religious intoxication, but I still felt that I had been an uninvited guest. And I was parting with something forever that no photo could ever catch or retain: their warmth, their gregariousness, freshness and exuberance. Things our civilisation had lost. And for what could I use photographs? To whet other foreigners' appetites for travel? To encourage them to intrude on these people's lives, as I had done? My greatest moral and ethical dilemma is that, in communicating my own sensations and experiences, am I not encouraging tourism – thereby precipitating the downfall of peoples I love?
Un libro muy recomendado para amantes de los libros de viajes, aunque aviso a navegantes de que Danziger habla mucho de política, así que animaos si no os asusta leer acerca de la situación política de Asia a mediados de los ochenta.
Este libro llegó a mí de esas maneras que tanto me gustan: lo descubrí en la caja de cartón de los saldos de una tienda de baratillo aquí en Inglaterra: ¿un libro de viajes con una cubierta evocadora y por 25 peniques? ¡Claro que se vino conmigo! Unos días después, descubrí en la primera página esta anotación. Los planetas se habían alineado. :-)
Ojo, repito el dato por si ha pasado desapercibido: hablamos de 1984, cuando no te encontrabas un Starbucks en cada pueblucho que atravesabas, ni podías colgar en Instagram la foto del último atardecer con el texto de que hace tiempo que no te sentías tan en paz contigo mismo, ni podías subir cinco fotos al día a Facebook informando fielmente a tu ristra de amigos de las cosas tan curiosas que estás comiendo allende las fronteras (a veces pienso que el mundo se ha vuelto loco con ese afán exhibicionista que les entra a muchos, ¿no?).
En fin, por suerte eran otros tiempos, y como mucho podías aspirar a llevar contigo cuaderno y boli para anotar tus impresiones y darles forma de libro meses después para poder compartir tus andanzas con quienes así lo quisieran. Y Danziger emprendió el viaje: tras cruzar Europa, se adentró en los pueblos remotos del sur de Turquía, atravesó Irán y entró de manera ilegal en Afganistán, donde pasó dos meses con las guerrillas del país en pleno conflicto con los rusos. De ahí cruzó a Pakistán y se convirtió en el primer occidental en adentrarse en la provincia occidental de China por el paso paquistaní desde la revolución de 1949. Por último se adentró en Tíbet antes de volver a entrar en China y tomar un barco en Hong-Kong que lo llevaría de vuelta a Londres.
Lo que más destaca de este relato es la capacidad de Danziger de mezclarse con la gente del lugar, su espíritu positivo y su audacia, que le llevó a sortear las dificultades legales y las autoridades policiales allá donde iba (pues en más de un territorio su presencia era ilegal). Un libro perfecto si uno busca ponerse en la piel de un auténtico aventurero, capaz de cruzar desiertos con un grupo de afganos y dormir con el frío calado en los huesos, pero sin querer utilizar su saco de dormir porque eso no habría sido justo para con sus compañeros de viaje. Un viaje en el que pasó hambre, frío y calor, sufrió dolores, sintió miedo y en ocasiones desánimo ante determinadas circunstancias, pero en el que siempre encontró en el prójimo una mano tendida para proseguir su periplo.
Otra cosa que me gustó mucho de este libro es que, pese a que el autor intentó integrarse al máximo y no alterar los sitios que visitaba, siempre mantuvo la capacidad crítica y se cuestionaba constantemente su postura. Un ejemplo, que también servirá para conocer el estilo del autor:
Despite these pressures, I was sad that the journey would soon be over. Only six of the pilgrims would continue on from Ganze. Ganze itself was a compact, bustling market town crowned by a temple that looked down onto ugly concrete buildings surrounded by wooden Tibetan ones. We pulled into the central truck and bus depot where the majority of the pilgrims left us, taking their huge sacks of belongings with them. We were comfortable at last, and could stretch out, but the lorry felt empty and desolate. My feelings were mixed. I felt rewarded to have shared their journey with them, and to have experienced the highs and lows of their religious intoxication, but I still felt that I had been an uninvited guest. And I was parting with something forever that no photo could ever catch or retain: their warmth, their gregariousness, freshness and exuberance. Things our civilisation had lost. And for what could I use photographs? To whet other foreigners' appetites for travel? To encourage them to intrude on these people's lives, as I had done? My greatest moral and ethical dilemma is that, in communicating my own sensations and experiences, am I not encouraging tourism – thereby precipitating the downfall of peoples I love?
Un libro muy recomendado para amantes de los libros de viajes, aunque aviso a navegantes de que Danziger habla mucho de política, así que animaos si no os asusta leer acerca de la situación política de Asia a mediados de los ochenta.
Este libro llegó a mí de esas maneras que tanto me gustan: lo descubrí en la caja de cartón de los saldos de una tienda de baratillo aquí en Inglaterra: ¿un libro de viajes con una cubierta evocadora y por 25 peniques? ¡Claro que se vino conmigo! Unos días después, descubrí en la primera página esta anotación. Los planetas se habían alineado. :-)
31 de diciembre de 2014
Las mejores lecturas del 2014
El año empezó con mucha fuerza en lo que a lecturas se refiere y poco a poco se ha ido desinflando, pero conservo algunas novelas grabadas a fuego en mi memoria, de esas a las que volveré más pronto que tarde. Mis mejores lecturas del 2014 han sido estas dos:


Dos libros en los que pienso a menudo, bien escritos y que te capturan desde la primera página, repletos de reflexiones que rumiaba durante días. Recomendadísimos, aunque We Need To Talk About Kevin no gusta a todo el mundo por su prosa elaborada y por su punto de vista poco convencional de la maternidad.
Otros dos que quiero destacar son Intemperie y Juego de Tronos. El primero por su originalidad, por ser algo diferente a lo que he leído hasta ahora, por su dominio del lenguaje y por tenerme enganchada y sufriendo durante días. Juego de Tronos, qué decir de él: no tengo palabras para expresar la capacidad de Martin para crear un mundo imaginario y hacer que cada uno de sus personajes cobre vida página tras página. Deseando estoy continuar con la saga.

Por último (añadiría un par más, pero no quiero alargarme demasiado), escojo también esta novelita amable y con un punto de humor en torno al amor por la lectura en tiempos de guerra:
¡Felices lecturas en este año 2015 que empieza!

Dos libros en los que pienso a menudo, bien escritos y que te capturan desde la primera página, repletos de reflexiones que rumiaba durante días. Recomendadísimos, aunque We Need To Talk About Kevin no gusta a todo el mundo por su prosa elaborada y por su punto de vista poco convencional de la maternidad.
Otros dos que quiero destacar son Intemperie y Juego de Tronos. El primero por su originalidad, por ser algo diferente a lo que he leído hasta ahora, por su dominio del lenguaje y por tenerme enganchada y sufriendo durante días. Juego de Tronos, qué decir de él: no tengo palabras para expresar la capacidad de Martin para crear un mundo imaginario y hacer que cada uno de sus personajes cobre vida página tras página. Deseando estoy continuar con la saga.

Por último (añadiría un par más, pero no quiero alargarme demasiado), escojo también esta novelita amable y con un punto de humor en torno al amor por la lectura en tiempos de guerra:
¡Felices lecturas en este año 2015 que empieza!
23 de noviembre de 2014
Don de lenguas
–Demasiado rocambolesco, demasiadas casualidades. No es una buena historia, no funcionaría en un libro.
–¡Exacto! Porque esto es la vida real, Beatriz. Y en la vida real pasan cosas más extrañas que en los libros.
Argh. ¿Se pueden imaginar unas frases más clichés para una novela? El catálogo completo de lo que me he ido encontrando en Don de lenguas me ha alterado tanto que he decidido crear una nueva categoría para los libros que voy leyendo: la de vengahombreporfavor. No sé si os pasa a vosotros, pero a mí me ha ocurrido más de una vez que, al ir leyendo un libro que no me convence por el motivo que sea, empiezo a decir para mis adentros durante la lectura: «Venga, hombre, ¡por favor!». Cabrían tantos libros en esa categoría: La verdad sobre el caso Harry Quebert, Panteón, El mapa del tiempo… En este libro, las primeras señales de alarma las marcaron algunos fallos en el texto (faltas y errores gramaticales, vamos; sorprendente en una edición de bolsillo, que se supone que lleva alguna corrección más por publicarse tiempo después de la edición principal). Luego, me llamó la atención lo poco que empaticé con el personaje principal, Aneta Martí: me ha parecido una periodista ambiciosa, metomentodo y no demasiado amable. Además, el primer intento de describirla que se hace en el libro solo alude a su magnífico físico. «Si esto es todo lo bueno que van a decir de ella las autoras, apaga y vámonos», pensé. Luego, los avances de la trama. Solo diré que nuestra aguerrida protagonista se encuentra en un momento dado con un fichero cerrado con llave. ¿Y qué hace? ¡Sí, se saca una horquilla del pelo y lo abre! Vengahombreporfavor… En el libro hay muchos detalles traídos por los pelos (ojo, spoiler: la muerte de Mario, llegar a la conclusión de que Mariona hacía chantaje...) y los personajes no acaban de quedar muy definidos: Ana, para ser la protagonista, no me parece un personaje que inspire demasiada simpatía; Castro prometía, pero queda muy diluido conforme avanza la novela. Beatriz me pareció el personaje más interesante, pero poco a poco se va convirtiendo en una caricatura al ir soltando cada vez más frecuentemente versos y citas literarias como un loro hasta el punto de perder todo atisbo de naturalidad.
Lo único que le concedo es que puede resultar interesante a mi madre o a personas como ella, que vivió en Barcelona en la década de los cincuenta (bueno, mi madre un poco más tarde). Es una historia policíaca amable y no demasiado negra, y algunos tramos evocan incluso escenitas de novela rosa. Se lee fácil si uno no se para en los detalles que chirrían (si habían hecho desaparecer el libro del catálogo de la biblioteca, ¿cómo lo encuentra la bibliotecaria?). Otro punto positivo que le gustará a mi madre es que la novela está plagada de detalles de los años cincuenta (la gente que caminaba por la calle con paquetitos atados con una cuerda, la portera que cobra los alquileres y es tremendamente cotilla, y muchos más que no fui anotando). Sin embargo, hacia el final da la sensación de que las autoras tenían una lista de todos los detallitos que querían nombrar en la novela a toda costa, pues muchos de ellos parecen un poco metidos con calzador en la narración.
En fin, una novela que sí recomendaré a mi madre, pero que para mí encaja en esa otra categoría que he comentado en otras ocasiones: la de los libros que, una vez cierras la última página, ya no vuelves a acordarte de los personajes…
–¡Exacto! Porque esto es la vida real, Beatriz. Y en la vida real pasan cosas más extrañas que en los libros.
Argh. ¿Se pueden imaginar unas frases más clichés para una novela? El catálogo completo de lo que me he ido encontrando en Don de lenguas me ha alterado tanto que he decidido crear una nueva categoría para los libros que voy leyendo: la de vengahombreporfavor. No sé si os pasa a vosotros, pero a mí me ha ocurrido más de una vez que, al ir leyendo un libro que no me convence por el motivo que sea, empiezo a decir para mis adentros durante la lectura: «Venga, hombre, ¡por favor!». Cabrían tantos libros en esa categoría: La verdad sobre el caso Harry Quebert, Panteón, El mapa del tiempo… En este libro, las primeras señales de alarma las marcaron algunos fallos en el texto (faltas y errores gramaticales, vamos; sorprendente en una edición de bolsillo, que se supone que lleva alguna corrección más por publicarse tiempo después de la edición principal). Luego, me llamó la atención lo poco que empaticé con el personaje principal, Aneta Martí: me ha parecido una periodista ambiciosa, metomentodo y no demasiado amable. Además, el primer intento de describirla que se hace en el libro solo alude a su magnífico físico. «Si esto es todo lo bueno que van a decir de ella las autoras, apaga y vámonos», pensé. Luego, los avances de la trama. Solo diré que nuestra aguerrida protagonista se encuentra en un momento dado con un fichero cerrado con llave. ¿Y qué hace? ¡Sí, se saca una horquilla del pelo y lo abre! Vengahombreporfavor… En el libro hay muchos detalles traídos por los pelos (ojo, spoiler: la muerte de Mario, llegar a la conclusión de que Mariona hacía chantaje...) y los personajes no acaban de quedar muy definidos: Ana, para ser la protagonista, no me parece un personaje que inspire demasiada simpatía; Castro prometía, pero queda muy diluido conforme avanza la novela. Beatriz me pareció el personaje más interesante, pero poco a poco se va convirtiendo en una caricatura al ir soltando cada vez más frecuentemente versos y citas literarias como un loro hasta el punto de perder todo atisbo de naturalidad.
Lo único que le concedo es que puede resultar interesante a mi madre o a personas como ella, que vivió en Barcelona en la década de los cincuenta (bueno, mi madre un poco más tarde). Es una historia policíaca amable y no demasiado negra, y algunos tramos evocan incluso escenitas de novela rosa. Se lee fácil si uno no se para en los detalles que chirrían (si habían hecho desaparecer el libro del catálogo de la biblioteca, ¿cómo lo encuentra la bibliotecaria?). Otro punto positivo que le gustará a mi madre es que la novela está plagada de detalles de los años cincuenta (la gente que caminaba por la calle con paquetitos atados con una cuerda, la portera que cobra los alquileres y es tremendamente cotilla, y muchos más que no fui anotando). Sin embargo, hacia el final da la sensación de que las autoras tenían una lista de todos los detallitos que querían nombrar en la novela a toda costa, pues muchos de ellos parecen un poco metidos con calzador en la narración.
En fin, una novela que sí recomendaré a mi madre, pero que para mí encaja en esa otra categoría que he comentado en otras ocasiones: la de los libros que, una vez cierras la última página, ya no vuelves a acordarte de los personajes…
22 de noviembre de 2014
Dioses menores
Supongo que Terry Pratchett es de esos autores tan peculiares que, sencillamente, lo adoras o te vas al otro extremo y no le pillas la gracia. Yo confieso que me gustan mucho las idas de olla de este autor, porque es eso, una ida de olla detrás de otra, si bien este libro destaca porque es también una gran crítica a las religiones.
Como punto de partida encontramos al dios Om, otrora dios todopoderoso que se ve reencarnado, para su desgracia, en una humilde tortuga sin fieles a quien nadie escucha. Y claro, no es una posición fácil en la que encontrarse en el Mundodisco, donde hay dioses para todos los gustos y la competencia es feroz, así que hay que actuar rápido. Om encuentra por fin a alguien que sí puede oírle: Brutha, un novicio sencillo y analfabeto. Alguien que no piense demasiado, pues eso no es precisamente lo que los dioses quieren…
No puedo decir que sea mi libro preferido de Pratchett; de hecho, en ciertos tramos me costó avanzar mucho, pero este libro no quise dejarlo a medias. No es el más divertido de Pratchett y no tiene muchos elementos en común con otros libros del Mundodisco, pero sí que es un buen libro, que cuestiona las religiones desde la primera página y plantea la pregunta de si los hombres necesitan dioses y si los dioses son solo tan poderosos como sus creyentes quieren.
Como punto de partida encontramos al dios Om, otrora dios todopoderoso que se ve reencarnado, para su desgracia, en una humilde tortuga sin fieles a quien nadie escucha. Y claro, no es una posición fácil en la que encontrarse en el Mundodisco, donde hay dioses para todos los gustos y la competencia es feroz, así que hay que actuar rápido. Om encuentra por fin a alguien que sí puede oírle: Brutha, un novicio sencillo y analfabeto. Alguien que no piense demasiado, pues eso no es precisamente lo que los dioses quieren…
No puedo decir que sea mi libro preferido de Pratchett; de hecho, en ciertos tramos me costó avanzar mucho, pero este libro no quise dejarlo a medias. No es el más divertido de Pratchett y no tiene muchos elementos en común con otros libros del Mundodisco, pero sí que es un buen libro, que cuestiona las religiones desde la primera página y plantea la pregunta de si los hombres necesitan dioses y si los dioses son solo tan poderosos como sus creyentes quieren.
Ruido de cañerías
Atila, el detective marginal del Raval de Barcelona, está pasando una mala racha… Tiene problemas con la bebida y con Valentina, «lo más parecido a la mujer de su vida que hay en su vida». Una asociación de ayuda al inmigrante tiene grandes proyectos. El presidente del Futbol Club Barcelona aspira a la Honorabilidad más absoluta por caminos azarosos. Un crimen machista tan claro que desconcierta al mismo Atila. Un par de jóvenes «señoras bien» decididas a portarse tan mal como les sea posible. Lectura poco recomendable para políticos en pleno ejercicio de sus funciones, independientemente de su afiliación y del grado de crisis reinante en el país. Afirma Josep Forment, editor de Alrevés, que Maluenda es heredero de las novelas clásicas norteamericanas y, como tal, denuncia las injusticias sociales. Desde el racismo, la exclusión social, la lucha de clases, la soledad, las oportunidades en la vida, el amor... Además, lo hace con una escritura llena de ironía, de elegancia, muy suspicaz, honesta, certera, valiente y arriesgada.
Ya dije en su día que siento debilidad por Maluenda desde que descubrí Mala hostia, el primer libro del detective protagonista, Atila. Este es ya el cuarto libro de este autor que me leo y, si bien me sigue gustando, quizá ha sido el que menos he disfrutado de él. Me ha parecido que le faltaba garra, que le faltaba acción, «alma» quizá. No está mal, que conste, pero me ha parecido una lectura un poco facilona. Y, pese a ello, ya tengo la mirada en el siguiente libro suyo que leeré: Música para los muertos, donde sale Humphrey, un detective que creo que promete tanto como Atila.
Siento haber hecho una reseña tan cortita, pero es lo que tiene hacer las reseñas dos meses después de haber leído el libro, que una ya no tiene las sensaciones tan frescas. Prometo enmendarme y ponerme al día pronto en lo que a reseñas se refiere.
18 de noviembre de 2014
Lady Chatterley's Lover (cita)
Both sisters had had their love experience by the time the war came, and they were hurried home. Neither was ever in love with a young man unless he and she were verbally very near: that is unless they were profoundly interested, TALKING to one another. The amazing, the profound, the unbelievable thrill there was in passionately talking to some really clever young man by the hour, resuming day after day for months . . . this they had never realized till it happened! The paradisal promise: Thou shalt have men to talk to!—had never been uttered. It was fulfilled before they knew what a promise it was.
Lady Chatterley's Lover, D. H. Lawrence
Lady Chatterley's Lover, D. H. Lawrence
7 de noviembre de 2014
Solsticio de invierno
De vez en cuando busco una lectura tranquila, sin sobresaltos; no siempre apetecen las historias densas o trepidantes, y yo hace días que dejé atrás los libros que me hacían sentir como el sufridor en casa (tipo Ken Follett; me leí de jovencilla Los pilares de la Tierra y lo disfruté, pero con Un mundo sin fin, años después, no duré ni diez páginas, porque ya veía que «los buenos» iban a estar pasándolo mal durante setecientas páginas, y yo con ellos). El caso, que mi regalo de Sant Jordi desde el blog de Kayena fue este (¡gracias a Anduriña!), me pareció que era el momento y no quería que pasara más tiempo sin leerlo.
La palabra que me venía continuamente a la cabeza es «lectura plácida» y creo que eso mismo se desprende de la reseña del libro (que he sacado de Internet, y ojo a quienes no quieran saber casi nada de la trama, porque hay spoilers):
Elfrida Phipps, actriz retirada, decide a sus sesenta años abandonar Londres, sin más compañía que su inseparable perro Horace, e instalarse en un pueblo del sur de Inglaterra. Allí, el destino la une a Oscar Blundell, un hombre sumido en la mayor desolación tras perder a su esposa y su hija. Juntos, Elfrida y Oscar se trasladan a Escocia, donde el paisaje, la gente, el clima y el whisky se aúnan para crear un ambiente mágico donde el amor es posible a todas las edades y ante las circunstancias más adversas.
Creo que no me decantaría por leer siempre libros de este tipo, pero sí que volveré a Rosamunde Pilcher porque me ha gustado mucho el concepto, como digo, de lectura plácida que propone (sin asesinatos impactantes que abren la trama, sin giros inesperados que lo trastocan todo, sin sufrimiento a raudales que solo se acaba a cinco páginas del final); además, me encanta el retrato de Inglaterra que hace. Sí, confieso que en algún momento me he visto a mí misma dentro de veinte años reflejada en Elfrida, con gato en lugar de perro, convertida en una señora apacible y algo estrafalaria que recorre las tiendas de baratillo de un pueblecito inglés en busca de la taza perfecta, jajaja…
Para terminar, copio un fragmento que no tiene nada de particular pero quizá refleje bien el saborcillo que transmite este libro:
En realidad, aquello distaba mucho de la perfección, naturalmente. Amontonados en el exiguo espacio del viejo bungalow se hallaban los muebles y enseres personales con los que Elfrida se había mudado de Londres. El sofá hundido, el pequeño sillón victoriano, el guardafuegos de latón, el escritorio desportillado. Lámparas, cuadros sin ningún valor y demasiados libros.
—Como el día está tan gris, tenía intención de encender el fuego, pero aún no me he puesto a la tarea. ¿Quieres una taza de té, o café o algo?
—No, gracias. Acabo de tomar una coca-cola. ¿Adónde da esa puerta?
—A la cocina. Te la enseñaré.
Guiando a la niña, Elfrida descorrió el pasador y abrió la puerta. Su cocina no era mayor que la de un velero. Allí un pequeño fogón con caldera incorporada mantenía caliente toda la casa; en una alacena se hallaba apilada la vajilla; el fregadero de cerámica estaba bajo la ventana, y una mesa de madera y dos sillas ocupaban el resto del espacio. Junto a la ventana había una puerta, y a través de los paneles de cristal de la mitad superior se veía el patio empedrado de la parte trasera y el estrecho arriate que hasta el momento constituía el único esfuerzo de Elfrida en materia de jardinería. Entre las losas crecían helechos y una madreselva trepaba por la pared del vecino.
—En un día como éste no resulta muy atractivo, pero hay espacio suficiente para extender una hamaca en las tardes de verano.
—Ah, pero a mí me encanta. —Francesca examinó la cocina con ojos de ama de casa—. No tiene nevera. Y no tiene lavadora. Y no tiene congelador.
—No, no tengo congelador. Pero sí tenga nevera y lavadora, en el cobertizo que está al fondo del patio. Y lavo los platos en el fregadero, porque no hay espacio para un lavavajillas.
—Mi madre se moriría si tuviera que lavar los platos.
—No es mucho trabajo cuando una vive sola —respondió Elfrida.
—Me encanta su porcelana. Azul y blanca, mi preferida.
—A mí también es la que más me gusta. No hay dos piezas del mismo juego, pero he ido comprándola poco a poco en tiendas de baratillo. He acumulado tanta que apenas tengo donde ponerla.
La palabra que me venía continuamente a la cabeza es «lectura plácida» y creo que eso mismo se desprende de la reseña del libro (que he sacado de Internet, y ojo a quienes no quieran saber casi nada de la trama, porque hay spoilers):
Elfrida Phipps, actriz retirada, decide a sus sesenta años abandonar Londres, sin más compañía que su inseparable perro Horace, e instalarse en un pueblo del sur de Inglaterra. Allí, el destino la une a Oscar Blundell, un hombre sumido en la mayor desolación tras perder a su esposa y su hija. Juntos, Elfrida y Oscar se trasladan a Escocia, donde el paisaje, la gente, el clima y el whisky se aúnan para crear un ambiente mágico donde el amor es posible a todas las edades y ante las circunstancias más adversas.
Creo que no me decantaría por leer siempre libros de este tipo, pero sí que volveré a Rosamunde Pilcher porque me ha gustado mucho el concepto, como digo, de lectura plácida que propone (sin asesinatos impactantes que abren la trama, sin giros inesperados que lo trastocan todo, sin sufrimiento a raudales que solo se acaba a cinco páginas del final); además, me encanta el retrato de Inglaterra que hace. Sí, confieso que en algún momento me he visto a mí misma dentro de veinte años reflejada en Elfrida, con gato en lugar de perro, convertida en una señora apacible y algo estrafalaria que recorre las tiendas de baratillo de un pueblecito inglés en busca de la taza perfecta, jajaja…
Para terminar, copio un fragmento que no tiene nada de particular pero quizá refleje bien el saborcillo que transmite este libro:
En realidad, aquello distaba mucho de la perfección, naturalmente. Amontonados en el exiguo espacio del viejo bungalow se hallaban los muebles y enseres personales con los que Elfrida se había mudado de Londres. El sofá hundido, el pequeño sillón victoriano, el guardafuegos de latón, el escritorio desportillado. Lámparas, cuadros sin ningún valor y demasiados libros.
—Como el día está tan gris, tenía intención de encender el fuego, pero aún no me he puesto a la tarea. ¿Quieres una taza de té, o café o algo?
—No, gracias. Acabo de tomar una coca-cola. ¿Adónde da esa puerta?
—A la cocina. Te la enseñaré.
Guiando a la niña, Elfrida descorrió el pasador y abrió la puerta. Su cocina no era mayor que la de un velero. Allí un pequeño fogón con caldera incorporada mantenía caliente toda la casa; en una alacena se hallaba apilada la vajilla; el fregadero de cerámica estaba bajo la ventana, y una mesa de madera y dos sillas ocupaban el resto del espacio. Junto a la ventana había una puerta, y a través de los paneles de cristal de la mitad superior se veía el patio empedrado de la parte trasera y el estrecho arriate que hasta el momento constituía el único esfuerzo de Elfrida en materia de jardinería. Entre las losas crecían helechos y una madreselva trepaba por la pared del vecino.
—En un día como éste no resulta muy atractivo, pero hay espacio suficiente para extender una hamaca en las tardes de verano.
—Ah, pero a mí me encanta. —Francesca examinó la cocina con ojos de ama de casa—. No tiene nevera. Y no tiene lavadora. Y no tiene congelador.
—No, no tengo congelador. Pero sí tenga nevera y lavadora, en el cobertizo que está al fondo del patio. Y lavo los platos en el fregadero, porque no hay espacio para un lavavajillas.
—Mi madre se moriría si tuviera que lavar los platos.
—No es mucho trabajo cuando una vive sola —respondió Elfrida.
—Me encanta su porcelana. Azul y blanca, mi preferida.
—A mí también es la que más me gusta. No hay dos piezas del mismo juego, pero he ido comprándola poco a poco en tiendas de baratillo. He acumulado tanta que apenas tengo donde ponerla.
El hombre del traje gris
Este libro se publicó en la década de 1950 e inmediatamente definió a toda una generación y acuñó una expresión que se sigue usando hoy: la de los hombres del traje gris, con su trabajo medio, su esposa e hijos, su vida en una casita en las afueras, y sus preocupaciones cotidianas por ascender en el escalafón y llegar a fin de mes.
El de Tom y Betsy es un matrimonio muy normal y que en apariencia lo tiene todo: una gran casa en un buen barrio, tres hijos sanos y alegres y un buen trabajo que da para mantenerlo todo (sin alharacas). Más de uno se sentirá identificado, ¿verdad? Pues el problema de este matrimonio era tan común en 1950 como lo es hoy: la insatisfacción. Ambos desean una vida mejor, exactamente eso que nos vende continuamente la publicidad, sin estar del todo seguros siquiera de en qué consiste esa vida mejor que anhelan y si eso es lo que les dará la ansiada felicidad.
En el ínterin, unos determinados hechos del pasado vuelven a llamar a la puerta de Tom y acaban poniéndolo entre la espada y la pared. Así, junto con Tom viviremos las angustias, los anhelos, las insatisfacciones y los miedos de una persona de clase media que podría ser cualquiera de nosotros. Y ahí radica la fuerza de este libro.
Me atraía este libro porque había oído muy buenas críticas, pero, no sé por qué, me esperaba un libro gris como su título, tirando a aburrido; por eso me sorprendieron los giros de la trama, muy logrados, que me mantuvieron enganchada hasta el final. Además conseguí la edición de la foto; la traducción tenía ya unos años y me encantó el sabor añejo que destilaba. Una muy buena lectura, en definitiva.
Mientras guiaba el viejo coche, de regreso a Westport, Tom se decía que él había vivido en cuatro mundos completamente separados. Uno era el mundo loco, poblado de fantasmas, de su abuela y de sus difuntos padres. Otro, el mundo aislado, del cual era mejor no acordarse, en el que había actuado de paracaidista. Otro, el mundo materialista con edificios de tabiques de cristal opaco como la United Broadcasting Corporation y la Schanenhanser Foundation. Y por fin el mundo completamente distinto de Betsy y Haney y Bárbara y Pete, el único de los cuatro que valía un ardite. Tom se dijo que había de existir alguna conexión entre aquellos cuatro mundos; pero era mucho más cómodo pensar en ellos como si estuvieran enteramente divorciados uno de otro.
El de Tom y Betsy es un matrimonio muy normal y que en apariencia lo tiene todo: una gran casa en un buen barrio, tres hijos sanos y alegres y un buen trabajo que da para mantenerlo todo (sin alharacas). Más de uno se sentirá identificado, ¿verdad? Pues el problema de este matrimonio era tan común en 1950 como lo es hoy: la insatisfacción. Ambos desean una vida mejor, exactamente eso que nos vende continuamente la publicidad, sin estar del todo seguros siquiera de en qué consiste esa vida mejor que anhelan y si eso es lo que les dará la ansiada felicidad.
En el ínterin, unos determinados hechos del pasado vuelven a llamar a la puerta de Tom y acaban poniéndolo entre la espada y la pared. Así, junto con Tom viviremos las angustias, los anhelos, las insatisfacciones y los miedos de una persona de clase media que podría ser cualquiera de nosotros. Y ahí radica la fuerza de este libro.
Me atraía este libro porque había oído muy buenas críticas, pero, no sé por qué, me esperaba un libro gris como su título, tirando a aburrido; por eso me sorprendieron los giros de la trama, muy logrados, que me mantuvieron enganchada hasta el final. Además conseguí la edición de la foto; la traducción tenía ya unos años y me encantó el sabor añejo que destilaba. Una muy buena lectura, en definitiva.
Mientras guiaba el viejo coche, de regreso a Westport, Tom se decía que él había vivido en cuatro mundos completamente separados. Uno era el mundo loco, poblado de fantasmas, de su abuela y de sus difuntos padres. Otro, el mundo aislado, del cual era mejor no acordarse, en el que había actuado de paracaidista. Otro, el mundo materialista con edificios de tabiques de cristal opaco como la United Broadcasting Corporation y la Schanenhanser Foundation. Y por fin el mundo completamente distinto de Betsy y Haney y Bárbara y Pete, el único de los cuatro que valía un ardite. Tom se dijo que había de existir alguna conexión entre aquellos cuatro mundos; pero era mucho más cómodo pensar en ellos como si estuvieran enteramente divorciados uno de otro.
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