¿Nos vemos allí?
8 de junio de 2013
Lectura conjunta de «El Rey Trasgo» en el blog Historia de una palabra
Hace unas semanas sentí un flechazo por la novela El Rey Trasgo y por su autor, Alberto Morán Roa, tras descubrirlo un poco por casualidad en Internet. El caso es que me compré el libro hace unas semanas y aún no había encontrado el momento de leerlo. Ayer me enteré de que el blog Historia de una palabra ha organizado una lectura conjunta y he decidido aprovechar la ocasión. Si alguien más se anima, aquí está toda la información:
7 de junio de 2013
El regreso de Max
Siete claves para vivir la vida con un enfoque más positivo y vital: eso es lo que nos brinda en este libro Manuel Ramírez, licenciado en Economía, profesor de universidad y director del Instituto Grafológico KIMMON, empresa dedicada al entrenamiento de la psicología positiva. Y precisamente eso, positivismo, es lo que destila cada una de las páginas de este libro.Conoceremos la historia de Max, un joven que ha alcanzado un cierto éxito en su trabajo –es director del departamento de eventos de un hotel de Barcelona–, pero que no se siente en absoluto realizado, pues se ha apartado de sus ideales y en su trabajo a menudo debe ir en contra de sus principios. Un día tiene un sueño especial, que se repetirá en noches consecutivas, gracias al cual empieza a plantearse las cosas desde una perspectiva diferente. Mediante este cambio de planteamiento y de visión, Max comienza a perseguir por fin los sueños que había dejado abandonados años atrás e inicia el camino al liderazgo.
Un libro este conciso, que engancha y se lee rápido, y que me ha dejado con muy buen sabor de boca. En él encontraremos planteamientos muy interesantes, como la diferencia entre presentarse al mundo como víctima o como responsable, o la diferencia entre hecho e interpretación (pues una cosa es el hecho objetivo que ocurre y otra, lo que percibimos cuando pasa por el filtro de nuestro entendimiento). Está narrado con mucha claridad y utiliza un lenguaje cotidiano, que deja pleno protagonismo al mensaje que pretende transmitir.
El autor ha pedido prestados a sus protagonistas, Max e Iris, a Mònica Fusté, autora del libro El mejor año de tu vida, donde precisamente Iris es la protagonista. La verdad es que me ha entrado curiosidad por leer El mejor año de tu vida, así que lo buscaré (los dos libros, el de Ramírez y el de Fusté, los ha publicado Alrevés Editorial en su colección de Crecimiento Personal). Y aprovecho para comentar que acaba de salir la segunda parte de El regreso de Max, que se llama El poder del ahora o nunca. Yo ya me he animado a leerlo.
Copio además un enlace a una entrevista que hacen a Manuel Ramírez en la web www.tu-mismo.es, que ayudará a convencer a los que aún están reticentes a leer este libro:
Entrevista a Manuel Ramírez
Termino con una cita de Lao Tsé que resume el tipo de filosofía que se puede encontrar en estas páginas: «Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe. Cuando su trabajo esté hecho, su objetivo cumplido, ellos dirán: nosotros mismos lo hicimos».
1 de junio de 2013
La fiesta
Una fiesta en la zona alta de Barcelona, un poderoso empresario como anfitrión, el cava que corre como el agua y una chica –a la que nadie conoce– que aparece inconvenientemente muerta en el cuarto de baño. De entre todos los invitados a la fiesta, cuatro personas centran la atención del inspector Colomer: Susana, una aspirante a actriz de curvas voluptuosas que es quien descubre el cadáver; Raúl, médico, que acude presto a reconfortar a Susana atraído más por su portentoso culo que porque le interese echar un vistazo al cadáver; Marta, mujer (de armas de tomar) de Raúl, de quien se está separando en términos no muy amistosos, y Salvio, el amante de Marta, a quien esta se trae a la fiesta para restregárselo a su (ya pronto) ex. De entre los secundarios destacan el inspector Colomer, que tiene un hobby cachondísimo que consiste en «destrozar refranes», y Humphrey, detective privado en novelas anteriores de Maluenda, a las que ya estoy deseando hincar el diente tras haber leído este pequeño cameo de su protagonista.
La estructura de la novela es original y arriesgada, puesto que la narración la hacen por turnos los cuatro protagonistas, cediéndose la palabra unos a otros cada dos o tres páginas. Al principio de la novela no estaba segura de que este recurso fuera a funcionar y me costó 15 o 20 páginas acostumbrarme, pero a partir de ahí te metes en la historia y se lee en un suspiro. Por supuesto, tiene el sello inconfundible de Maluenda, con una crítica social acertadísima y comentarios afilados acerca de las relaciones de pareja.
Es este un libro ligero, para cuando uno acaba de leerse uno demasiado espeso o está en un periodo en que no quiere centrarse en tramas demasiado enrevesadas y le apetece una lectura fácil. Sin embargo, no quiero decir con eso que sea este un libro de segunda o una novelita de poca calidad. Los libros de Maluenda sorprenden, agradan, hacen reír y dan que pensar con la cantidad de reflexiones y sentencias que el autor va soltando al vuelo, como sin quererlo. Puede ser esta una buena novela para descubrir a Luis Gutiérrez Maluenda. Más que recomendada.
Aquí un pequeño fragmento del libro, en el que a un personaje empieza a pegársele la costumbre del inspector Colomer de destruir refranes:
Antes de que pudiera evitarlo –¿cómo se le prohíbe la entrada a un inspector de policía?–, el tipo estaba caminando hacia el interior de mi casa. Lo de «enséñeme su placa o lárguese de mi casa» que dicen en las películas era absurdo, nos conocíamos sobradamente. Mientras lo seguía al interior de mi propia casa pensé, absurdamente: «Año de nieves, año de bienes»; y me respondí, en un susurro apenas audible: «En Groenlandia tal vez, pero si es en Valencia te jode la cosecha de cítricos».
Creo que hasta lo vocalicé en un murmullo bajo.
–¿Cómo dice? –preguntó Colomer.
–Nada, inspector. ¿Qué se le ofrece?
La estructura de la novela es original y arriesgada, puesto que la narración la hacen por turnos los cuatro protagonistas, cediéndose la palabra unos a otros cada dos o tres páginas. Al principio de la novela no estaba segura de que este recurso fuera a funcionar y me costó 15 o 20 páginas acostumbrarme, pero a partir de ahí te metes en la historia y se lee en un suspiro. Por supuesto, tiene el sello inconfundible de Maluenda, con una crítica social acertadísima y comentarios afilados acerca de las relaciones de pareja.
Es este un libro ligero, para cuando uno acaba de leerse uno demasiado espeso o está en un periodo en que no quiere centrarse en tramas demasiado enrevesadas y le apetece una lectura fácil. Sin embargo, no quiero decir con eso que sea este un libro de segunda o una novelita de poca calidad. Los libros de Maluenda sorprenden, agradan, hacen reír y dan que pensar con la cantidad de reflexiones y sentencias que el autor va soltando al vuelo, como sin quererlo. Puede ser esta una buena novela para descubrir a Luis Gutiérrez Maluenda. Más que recomendada.
Aquí un pequeño fragmento del libro, en el que a un personaje empieza a pegársele la costumbre del inspector Colomer de destruir refranes:Antes de que pudiera evitarlo –¿cómo se le prohíbe la entrada a un inspector de policía?–, el tipo estaba caminando hacia el interior de mi casa. Lo de «enséñeme su placa o lárguese de mi casa» que dicen en las películas era absurdo, nos conocíamos sobradamente. Mientras lo seguía al interior de mi propia casa pensé, absurdamente: «Año de nieves, año de bienes»; y me respondí, en un susurro apenas audible: «En Groenlandia tal vez, pero si es en Valencia te jode la cosecha de cítricos».
Creo que hasta lo vocalicé en un murmullo bajo.
–¿Cómo dice? –preguntó Colomer.
–Nada, inspector. ¿Qué se le ofrece?
27 de mayo de 2013
Happy Kids y la «mis lit»
Con la experiencia de haber acogido a más de cincuenta niños en su casa y ser madre de tres (dos biológicos y una adoptada), Cathy Glass expone en este libro una serie de consejos dirigidos a crear un entorno familiar sano y estable para que los pequeños de la casa crezcan felices y equilibrados. Este manual práctico se centra en los casos más difíciles de rebeldía o desobediencia, de manera que resulta apropiado para aquellos padres que sienten que deben empezar a imponer un poco de disciplina antes de que las fierecillas se hagan con las riendas del hogar. Está escrito de manera muy clara y ordenada, su estilo es impecable y la edición es muy buena, en mi opinión.
Pese a que me ha gustado esta lectura, con lo que de verdad disfruto es con los libros de Cathy Glass en los que cuenta sus experiencias reales como madre de acogida. Glass, que escribe bajo seudónimo para proteger la privacidad de estos casos reales con los que trabaja, lleva 25 años siendo madre de acogida, es decir, cuidando niños que no pueden ser atendidos por sus padres a cambio de una prestación económica. Su otra gran pasión es escribir, actividad a la que dedica los pocos ratos libres con los que cuenta (en su web dice que, en ocasiones, se levantaba a las 4.30 h de la mañana porque era el momento del día más tranquilo para escribir). Pese a esta larga trayectoria y a haber publicado algún artículo sobre salud y asuntos sociales en periódicos tan relevantes como The Guardian y Evening Standard, su primer libro se publicó hace solo seis años, en el 2007. Damaged narra la cruda historia (un caso real, recordemos) de una niña que había sido víctima de abusos. El libro básicamente cuenta el día a día de la estancia de la niña en casa de Cathy Glass, cómo funciona el engranaje de la acogida en el Reino Unido y cómo organiza la autora su día a día para reeducar a un niño con problemas de conducta y desarrollo al tiempo que cuida su vida familiar. Este primer libro cosechó un tremendo éxito y llegó al número uno de la lista de ventas del Sunday Times.
Como se suele decir, el resto es historia: lleva 16 libros publicados y ha vendido 1,4 millones de ejemplares en todo el mundo (aunque no están traducidos al español). Como curiosidad, este tipo de libros se han criticado en ocasiones porque pertenecen al género llamado misery lit o mis lit: un tipo de literatura biográfica que suele girar en torno a un trauma o abuso, a menudo narrado en primera persona, y que el protagonista suele superar con éxito. Se escribe a modo de terapia o de enseñanza, al tiempo que se sacan a la superficie temas –como el maltrato infantil– que antes tendían a esconderse debajo de la alfombra. No obstante, también se dice que el éxito de este tipo de literatura radica en el morbo que proporciona al sumergir al lector en las miserias ajenas. Voyeurismo puro y duro, vamos.
Aquí en en Reino Unido este tipo de literatura es bastante popular y yo debo admitir que, aunque apenas he leído unas pocas novelas (tengo estas de Cathy Glass, y esta de otro autor reseñadas en el blog), me resultan ciertamente entretenidas, aunque uno debe estar algo predispuesto a pasar unos días sumido en historias tremendamente tristes y conmovedoras.
Para acabar, dejo un par de fotos a modo de curiosidades: la sección de mis lit de la biblioteca de mi barrio (en un pueblo cerca de Londres), para que se vea este tipo de literatura es frecuente hasta el punto de contar con su propia sección destacada (nótese que todas las portadas tienen un estilo muy característico; son calcadas, vamos), y un trocito de la estantería de cuatro baldas que la cadena W H Smith dedica a este género (esta la tomé también en mi barrio, en un local que no es especialmente grande). También son libros facilísimos de encontrar en los aeropuertos, a menudo con ofertas de dos por uno, y la verdad es que con uno de ellos entre las manos la jornada de viaje se pasa en un suspiro.


Pese a que me ha gustado esta lectura, con lo que de verdad disfruto es con los libros de Cathy Glass en los que cuenta sus experiencias reales como madre de acogida. Glass, que escribe bajo seudónimo para proteger la privacidad de estos casos reales con los que trabaja, lleva 25 años siendo madre de acogida, es decir, cuidando niños que no pueden ser atendidos por sus padres a cambio de una prestación económica. Su otra gran pasión es escribir, actividad a la que dedica los pocos ratos libres con los que cuenta (en su web dice que, en ocasiones, se levantaba a las 4.30 h de la mañana porque era el momento del día más tranquilo para escribir). Pese a esta larga trayectoria y a haber publicado algún artículo sobre salud y asuntos sociales en periódicos tan relevantes como The Guardian y Evening Standard, su primer libro se publicó hace solo seis años, en el 2007. Damaged narra la cruda historia (un caso real, recordemos) de una niña que había sido víctima de abusos. El libro básicamente cuenta el día a día de la estancia de la niña en casa de Cathy Glass, cómo funciona el engranaje de la acogida en el Reino Unido y cómo organiza la autora su día a día para reeducar a un niño con problemas de conducta y desarrollo al tiempo que cuida su vida familiar. Este primer libro cosechó un tremendo éxito y llegó al número uno de la lista de ventas del Sunday Times.
Como se suele decir, el resto es historia: lleva 16 libros publicados y ha vendido 1,4 millones de ejemplares en todo el mundo (aunque no están traducidos al español). Como curiosidad, este tipo de libros se han criticado en ocasiones porque pertenecen al género llamado misery lit o mis lit: un tipo de literatura biográfica que suele girar en torno a un trauma o abuso, a menudo narrado en primera persona, y que el protagonista suele superar con éxito. Se escribe a modo de terapia o de enseñanza, al tiempo que se sacan a la superficie temas –como el maltrato infantil– que antes tendían a esconderse debajo de la alfombra. No obstante, también se dice que el éxito de este tipo de literatura radica en el morbo que proporciona al sumergir al lector en las miserias ajenas. Voyeurismo puro y duro, vamos.
Aquí en en Reino Unido este tipo de literatura es bastante popular y yo debo admitir que, aunque apenas he leído unas pocas novelas (tengo estas de Cathy Glass, y esta de otro autor reseñadas en el blog), me resultan ciertamente entretenidas, aunque uno debe estar algo predispuesto a pasar unos días sumido en historias tremendamente tristes y conmovedoras.
Para acabar, dejo un par de fotos a modo de curiosidades: la sección de mis lit de la biblioteca de mi barrio (en un pueblo cerca de Londres), para que se vea este tipo de literatura es frecuente hasta el punto de contar con su propia sección destacada (nótese que todas las portadas tienen un estilo muy característico; son calcadas, vamos), y un trocito de la estantería de cuatro baldas que la cadena W H Smith dedica a este género (esta la tomé también en mi barrio, en un local que no es especialmente grande). También son libros facilísimos de encontrar en los aeropuertos, a menudo con ofertas de dos por uno, y la verdad es que con uno de ellos entre las manos la jornada de viaje se pasa en un suspiro.


16 de mayo de 2013
Panteón
Me temo que no me voy a sentir muy cómoda escribiendo la reseña de hoy. La situación es la siguiente: hace unos meses descubro una novela que me entusiasma (tanto, que declaro que es el mejor libro que he leído en el 2012; hablo de La hora del mar); conecto con el autor por las redes sociales y resulta ser amabilísimo, inteligente, encantador; compro ávida su siguiente novela con ganas de devorarla y... ¡ay! Esa novela no me gusta en absoluto. ¡Menudo batacazo! Así pues, escribo esta reseña con la intención de ser sincera pero también con cierto reparo, pues lo que menos pretendo es echar por tierra el trabajo o el esfuerzo de un escritor al que sigo admirando. Ese trabajo que conlleva escribir una novela es lo primero que valoro y lo que le agradezco a Carlos Sisí. La reseña no pretende en absoluto ser destructiva, pero también he querido enfocarla con total neutralidad, sin tener en cuenta el flechazo que sentí con su novela anterior. Vamos allá, pues, y empiezo con el resumen que figura en la contra:
La Tierra, el planeta original, explotó hace algo más de diez mil años. Por aquel entonces el hombre ya había iniciado su periplo por el espacio. En esta nueva Era, la guerra y la paz son elementos de una misma balanza que se equilibran cuidadosamente desde La Colonia, el enclave científico por excelencia. Desde allí, la controladora Maralda Tardes detecta actividad bélica en un planeta alejado de cualquier ruta comercial, y decide iniciar un protocolo estándar de inspección.
Mientras tanto, Ferdinard y Malhereux, dos jóvenes chatarreros, esperan pacientemente en el subsuelo de dicho planeta a que acabe la guerra en la superficie para saquear los restos del combate y extraer un suculento beneficio. Entre los restos de la batalla encuentran un extraño artefacto que parece pertenecer a una civilización antigua y desconocida y tras el que van los atroces mercenarios sarlab y los científicos de La Colonia por igual. Poco se imaginan Mal y Fer que lo que tienen en su poder podría ser la llave para liberar una amenaza más antigua que la galaxia.
Confieso que no fue un amor a primera vista. Apenas he leído ciencia ficción y tampoco he visto las películas más representativas del género (ni las menos), pero sí diría que empecé la lectura con una mente abierta, dispuesta a sumergirme entre las páginas de esta novela ambientada en el espacio en un futuro muy lejano. Sin embargo, pasaba las páginas y veía que no me convencía. La hora del mar me conquistó porque Carlos Sisí supo tejer su tela de araña lentamente desde el principio de la novela. Se tomó su tiempo en ir construyendo todo el entramado sobre el que se asentaría después la acción. Para cuando esta empezó, yo ya estaba irremediablemente enganchada.
Siguiendo con el lenguaje, aparte de que hay más erratas de lo que sería deseable (pero esto es más culpa de la edición, supongo), Sisí vuelve a escribir muchas expresiones que suenan a malas traducciones (esto ya lo comenté en La hora del mar). Ejemplos –extraídos del libro– como "Esa cosa… ¡es jodidamente pesada!" o "¡Sólo sácalo!" me parece a mí que solo las dicen en malas traducciones del inglés. Vamos, nadie está trabajando tranquilamente al ordenador, levanta de repente la vista y espeta: "Este texto... ¡es jodidamente enrevesado!", ¿no? De esas hay a montones y, sinceramente, me decepciona verlas en un original en español.
La Tierra, el planeta original, explotó hace algo más de diez mil años. Por aquel entonces el hombre ya había iniciado su periplo por el espacio. En esta nueva Era, la guerra y la paz son elementos de una misma balanza que se equilibran cuidadosamente desde La Colonia, el enclave científico por excelencia. Desde allí, la controladora Maralda Tardes detecta actividad bélica en un planeta alejado de cualquier ruta comercial, y decide iniciar un protocolo estándar de inspección.
Mientras tanto, Ferdinard y Malhereux, dos jóvenes chatarreros, esperan pacientemente en el subsuelo de dicho planeta a que acabe la guerra en la superficie para saquear los restos del combate y extraer un suculento beneficio. Entre los restos de la batalla encuentran un extraño artefacto que parece pertenecer a una civilización antigua y desconocida y tras el que van los atroces mercenarios sarlab y los científicos de La Colonia por igual. Poco se imaginan Mal y Fer que lo que tienen en su poder podría ser la llave para liberar una amenaza más antigua que la galaxia.
Confieso que no fue un amor a primera vista. Apenas he leído ciencia ficción y tampoco he visto las películas más representativas del género (ni las menos), pero sí diría que empecé la lectura con una mente abierta, dispuesta a sumergirme entre las páginas de esta novela ambientada en el espacio en un futuro muy lejano. Sin embargo, pasaba las páginas y veía que no me convencía. La hora del mar me conquistó porque Carlos Sisí supo tejer su tela de araña lentamente desde el principio de la novela. Se tomó su tiempo en ir construyendo todo el entramado sobre el que se asentaría después la acción. Para cuando esta empezó, yo ya estaba irremediablemente enganchada.
En Panteón, sin embargo, el autor parece que tiene prisa por que empiecen a pasar cosas. Pone al corriente al lector a toda velocidad de lo que hay que saber, y venga: acción, acción, acción. Antes de que la trama haya conseguido atraparme ya hay que andar corriendo detrás de los personajes, y confieso que he avanzado por la historia como de mala gana, como una niña a la que su madre coge de la mano para que camine más rápido y tiene que ir medio arrastrándola.
Desde el primer momento la trama me pareció poco creíble. En primer lugar por los diálogos, por el vocabulario utilizado. El autor no puede llamar la atención sobre este punto poniendo en boca de los protagonistas interjecciones como "¡Sagrada Tierra!" o "por los Nueve...", como adaptándose a lo que se dirá dentro de diez mil años, para alternarlas con un "¡coño!" o un "¡pringados!", que te trasladan de golpe, qué sé yo, al Madrid de Malasaña (por no mencionar palabras tan contemporáneas como "¡bingo!", "tronco" o "yuyu"). ¿En serio dentro de diez mil años la gente dirá "le tocaría bastante los cojones que aquella estúpida zorrita le sobreviviera" o "esa pava me estará apuntando desde arriba"? No digo que el autor tuviera que haberse inventado un lenguaje nuevo, evidentemente, pero si no va a meterse en ese jardín, mejor no atraer la atención sobre el tema poniendo cuatro expresiones aquí y allá que lo único que consiguen es resultar cansinas a fuerza de repetirse y de codearse con expresiones demasiado contemporáneas. Creo que lo idóneo hubiera sido buscar un lenguaje más atemporal, uno que no llamara la atención en un escenario tan futurista. Y que conste que la idea era buena, que, evidentemente, detrás de ese "¡Sagrada Tierra!" está el hecho de que, en ese futuro lejano, la gente cuando maldice ya no invoca a Dios, pero, como digo, creo que el recurso queda cojo. Por cierto, no dirán "¡Dios mío!", pero sí que sueltan algún "¡Jesús!"...
Siguiendo con el lenguaje, aparte de que hay más erratas de lo que sería deseable (pero esto es más culpa de la edición, supongo), Sisí vuelve a escribir muchas expresiones que suenan a malas traducciones (esto ya lo comenté en La hora del mar). Ejemplos –extraídos del libro– como "Esa cosa… ¡es jodidamente pesada!" o "¡Sólo sácalo!" me parece a mí que solo las dicen en malas traducciones del inglés. Vamos, nadie está trabajando tranquilamente al ordenador, levanta de repente la vista y espeta: "Este texto... ¡es jodidamente enrevesado!", ¿no? De esas hay a montones y, sinceramente, me decepciona verlas en un original en español.
Por otra parte, muchos aspectos de la trama me sonaban terriblemente contemporáneos. Por ejemplo, en una escena determinada se describe una sala de ordenadores que parecen haber montado rápidamente y de manera un poco improvisada, y se describen unos "cables colgando de esos ganchos rudimentarios". ¿En serio que dentro de diez milenios los ordenadores, si los hay, seguirán teniendo cables, y se seguirán haciendo apaños agrupándolos en ganchos? Y como estas me he encontrado unas cuantas.
En cuanto a los personajes, me pareció que Sisí los perfiló mejor en La hora del mar. En este libro no he acabado de sentir empatía por ninguno de los protagonistas. Por ejemplo, no he sabido distinguir en ningún momento entre Mal y Fer; nunca sabía quién era quién. Creo que en las primeras páginas se dan unas pinceladas de los rasgos del carácter de cada uno, pero no se retoman más adelante y, en mi opinión, en ocasiones los dos parecen la misma persona. En cuanto a Maralda, ¿de verdad había que señalar lo sexy que es y lo mucho que el traje espacial le marca el culo? (En forma de corazón invertido, por cierto; esto lo habrán sacado de Nueve semanas y media.) A las lectoras nos podrían haber recreado con el culo de Tarven For, digo yo, o, en su defecto, con una mínima descripción física de los personajes masculinos… El único en el que el autor se recrea es en Jebediah, y por exigencias del guión. (Vale, lo del culo de Maralda sé que es un detalle puntual y que tampoco tiene más importancia, pero igualmente ¿por qué no se describe el físico de Mal y Fer en ningún momento? Creo que es al final del libro cuando me entero de que uno de ellos tiene los ojos claros...)
En las últimas páginas, se suceden escenas cada vez más increíbles. Por comentar solo una, uno de los protagonistas (no digo el nombre, pero ojo, podría ser un spoiler) «… aún respiraba, aún era capaz de sentir. Quizá estuviera al borde de un coma o algo peor, pero aún no se había ido». Sin embargo ¡alehop!, en la página siguiente este protagonista «ya se había puesto en pie» (sin ningún motivo aparente; más que nada porque la trama dictaba que había que huir de los malos).
En resumen, el problema para mí es que, cuando a un libro le falla el andamiaje, la historia en sí de repente pasa a un segundo plano. A Panteón se le ve el entramado y con ello la magia de la ficción se desmorona un poco. Debo de ser una lectora jodidamente puñetera, porque me fijo muchísimo en detalles como los que he comentado en párrafos anteriores y con eso, para mí, las tripas de la novela quedan al descubierto. Así pues, hacia la página 45 ya me había olvidado de la trama y me estaba cuestionando si se sostenía todo lo que iba leyendo o si pegaba utilizar tal o cual expresión.
No obstante, hey, acabemos con dos notas positivas: este libro ha ganado el premio Minotauro de este año (que se otorga a la mejor novela inédita de ciencia ficción, terror o fantasía), y la gran mayoría de las reseñas que he leído por la red alaban entusiasmadas el Panteón de Carlos Sisí, así que, como suelo decir, recomiendo leerla y que cada cual juzgue por sí mismo.
3 de mayo de 2013
El jardín secreto
No sé si es que últimamente estoy más nostálgica, pero no hago más que encontrarme libros que de pequeña me habrían encantado. Desde bien cría me gustaba mucho releer los libros que tenía en casa; por una parte disfrutaba sumergiéndome de nuevo en aquellas aventuras que conocía tan bien, pero por otra volvía a ellos porque no sabía muy bien qué libros nuevos me podrían gustar. Además, recuerdo que era demasiado tímida para preguntar en las librerías o en la biblioteca. Pues bien, con esta novela sé que habría pasado unos ratos entretenidísimos. ¡Qué pena no haber descubierto entonces este clásico inglés!Mary es una niña nacida en la India, hija de unos padres británicos muy adinerados pero egoístas, que nunca quisieron a la pequeña. Crece rodeada de sirvientes que le conceden todos sus caprichos y aguantan estoicos sus rabietas, pero sin darle un ápice de cariño. Así, Mary se convirtió en una niña tremendamente malcriada, enfermiza, en absoluto afectuosa y acostumbrada a tratar con desdén a todo el mundo. Cuando contaba 10 años, una epidemia de cólera mata a sus padres y a todos los sirvientes; sola en el mundo, es enviada a Yorkshire (Inglaterra), a vivir con un tío suyo a quien no conoce, a un caserón enorme perdido en medio de un inclemente páramo.
![]() |
| "Are you a ghost?" |
Para ello contará con la ayuda de Dickon, un chico alegre, amable y un poco «encantador de serpientes», pues tiene un don especial que le lleva a entenderse con los animales como si fuera uno más de ellos. Dickon se acompaña de zorros, cuervos, ardillas, corderos y petirrojos, que casi son tan protagonistas de la historia como él mismo. También es protagonista otro niño que no mencionaré para no destripar la trama.
Y así, mientras el jardín florece de nuevo gracias al empeño de Mary, las vidas de todas las personas que giran a su alrededor se verán irremediablemente alteradas también.
El jardín secreto es un libro sencillo, pero que transmite a la perfección la inocencia con la que se ve el mundo con 10 años, lo poco que necesita un niño para ser feliz (quizá solo el contacto con la naturaleza, sentirse querido, y reír, correr y jugar con otros niños...). Curiosamente, hacia el final de la historia, la autora aprovecha para hacer todo un alegato a la magia del pensamiento positivo.
![]() |
| "A crow cased loudly." |
![]() |
| "A shall live for ever and ever." |
Las otras imágenes que incluyo en esta entrada son de Inga Moore, que ha ilustrado la historia entera; además son láminas que se pueden consultar y comprar en el siguiente enlace:
Inga Moore
17 de abril de 2013
Un buen lugar para reposar
Un hombre acude a una red de contactos por internet en busca de amor, cariño o quizá un simple revolcón. Conoce a una docena de mujeres y, al poco, se siente amenazado (y mucho) por una de ellas.
En paralelo, dos pelagatos con mala fama acosan a una anciana. El objetivo no es otro que sacarla de su piso, pues una inmobiliaria tiene grandes planes para el edificio en el que vive.
Atila, por supuesto, es el detective al que el hombre y la anciana recurren para solucionarles la papeleta.
Y, como secundarios, un cartel inigualable: sicarios venidos directamente de Colombia; un excombatiente de las FARC solitario y triste, pero leal hasta la muerte; Maruchi la Desdentá, una madame que se las arregla para ser las orejas que todo lo escuchan en Barcelona; una mujer enamorada que se disputa a su hombre con una botella a ritmo de blues; un engominado director de inmobiliaria; las Adoradoras del Ballenato, un grupo de ecuatorianas apasionadas de las telenovelas cuyo punto de encuentro es el locutorio y donde se reúnen para contar chismes y comer pastelillos; ah, y el «personaje» estelar, para mí, es La Bóbila, la biblioteca de Hospitalet de Llobregat especializada en el género negro, que también desfila entre las páginas de esta magnífica novela, así como su director Jordi Canal, el de verdad, que sale como un personaje más. Los diálogos entre Atila y el director de la biblioteca me han parecido geniales.
Estoy descubriendo que es un gustazo leer a Maluenda y su prosa cruda, descarnada, honesta, y también un punto gamberra, con una acertadísima crítica social de la Barcelona de hoy. Maluenda se mueve como pez en el agua a la hora de describir a los personajes que pululan por los bajos fondos de la ciudad. Solo puedo decir que, junto con Carlos Sisí, ha sido uno de los grandes descubrimientos de los últimos meses, y que ya estoy deseando leer el siguiente libro suyo que tengo en la mesilla (La fiesta). Y ahora que ya adoro a Atila, tengo ganas de conocer al otro detective que ha creado este autor –Basilio Céspedes, Humphrey–, que tiene que ser tremendo también.
En definitiva, para los amantes del género negro, Luis Gutiérrez Maluenda es una apuesta segura. También gustará a quienes estén familiarizados con Barcelona, pues la ciudad es muy protagonista en las novelas de Atila y las reflexiones que hace Maluenda acerca de ella me parecen muy acertadas. Y quienes tengan ganas de pasar un buen rato, de echarse a las manos una lectura agradable, pero de las que al mismo tiempo te deja pensando sobre las miserias de la vida, encontrarán en las novelas de Atila la compañía ideal.
Buen trabajo también el de la editorial, Alrevés. Los pequeños problemas de edición que mencioné en la entrada de Mala hostia están solucionados ya en esta novela.
¿Qué más puedo decir? ¡Que estoy deseando leer el siguiente de Atila! Y que animo a todo el mundo a que lo descubra. Esta es la segunda novela del detective Atila; aquí está mi reseña de la primera:
Mala hostia
En paralelo, dos pelagatos con mala fama acosan a una anciana. El objetivo no es otro que sacarla de su piso, pues una inmobiliaria tiene grandes planes para el edificio en el que vive.
Atila, por supuesto, es el detective al que el hombre y la anciana recurren para solucionarles la papeleta.
Y, como secundarios, un cartel inigualable: sicarios venidos directamente de Colombia; un excombatiente de las FARC solitario y triste, pero leal hasta la muerte; Maruchi la Desdentá, una madame que se las arregla para ser las orejas que todo lo escuchan en Barcelona; una mujer enamorada que se disputa a su hombre con una botella a ritmo de blues; un engominado director de inmobiliaria; las Adoradoras del Ballenato, un grupo de ecuatorianas apasionadas de las telenovelas cuyo punto de encuentro es el locutorio y donde se reúnen para contar chismes y comer pastelillos; ah, y el «personaje» estelar, para mí, es La Bóbila, la biblioteca de Hospitalet de Llobregat especializada en el género negro, que también desfila entre las páginas de esta magnífica novela, así como su director Jordi Canal, el de verdad, que sale como un personaje más. Los diálogos entre Atila y el director de la biblioteca me han parecido geniales.
Estoy descubriendo que es un gustazo leer a Maluenda y su prosa cruda, descarnada, honesta, y también un punto gamberra, con una acertadísima crítica social de la Barcelona de hoy. Maluenda se mueve como pez en el agua a la hora de describir a los personajes que pululan por los bajos fondos de la ciudad. Solo puedo decir que, junto con Carlos Sisí, ha sido uno de los grandes descubrimientos de los últimos meses, y que ya estoy deseando leer el siguiente libro suyo que tengo en la mesilla (La fiesta). Y ahora que ya adoro a Atila, tengo ganas de conocer al otro detective que ha creado este autor –Basilio Céspedes, Humphrey–, que tiene que ser tremendo también.En definitiva, para los amantes del género negro, Luis Gutiérrez Maluenda es una apuesta segura. También gustará a quienes estén familiarizados con Barcelona, pues la ciudad es muy protagonista en las novelas de Atila y las reflexiones que hace Maluenda acerca de ella me parecen muy acertadas. Y quienes tengan ganas de pasar un buen rato, de echarse a las manos una lectura agradable, pero de las que al mismo tiempo te deja pensando sobre las miserias de la vida, encontrarán en las novelas de Atila la compañía ideal.
Buen trabajo también el de la editorial, Alrevés. Los pequeños problemas de edición que mencioné en la entrada de Mala hostia están solucionados ya en esta novela.
¿Qué más puedo decir? ¡Que estoy deseando leer el siguiente de Atila! Y que animo a todo el mundo a que lo descubra. Esta es la segunda novela del detective Atila; aquí está mi reseña de la primera:
Mala hostia
2 de abril de 2013
Te escucho
Diego Tribeca, desarraigado e inestable, trabaja para la Lonely Planet actualizando guías, profesión que le lleva a pasar largas temporadas de viaje y le ayuda a estar continuamente huyendo de su propia vida. Un desprendimiento de retina le obliga a volver a Italia, a la casa de sus padres, ya fallecidos, y a quedarse unos días encerrado entre cuatro paredes hasta recuperarse. Durante su convalecencia, un fallo en la línea telefónica hace que, cada vez que suena el teléfono y descuelga, oiga las conversaciones que tienen los vecinos de su edificio. De esta manera empieza a ser testigo mudo de las vidas que se desarrollan a su alrededor, en concreto las de cuatro mujeres: Marta, que tiene una grave enfermedad pero se ha aislado de su entorno y se empeña en no decírselo a nadie; Agnese, que vive una relación tormentosa con su novio Pietro; Giulia, o la Garza, una adolescente anoréxica a quien su madre prácticamente ignora, e Irene, una mujer que quiere ser madre por encima de todo y piensa que cuenta con el apoyo de su pareja.
Poco a poco Diego no solo es testigo en la sombra del pequeño teatro que se desarrolla a su alrededor, sino que no puede evitar pasar a formar parte activa de él cuando empieza a interactuar con las cuatro mujeres. Intenta ayudarlas desde fuera pero se involucra cada vez más en sus historias, hasta que al final la trama toma un giro muy inesperado y Diego acaba descubriendo la verdad sobre su propio pasado.
Esta es una novela de sentimientos, de amor, de sexo, de secretos y de mentiras. También de soledad, y de relaciones de pareja difíciles. Toca además un tema con el que más de uno habremos fantaseado: la posibilidad de escuchar conversaciones ajenas. A mí no me gusta mucho curiosear en las vidas de los demás y, sin embargo, a veces es inevitable pararse a escuchar esa conversación entre la pareja de al lado en el autobús, o la discusión de los vecinos que se oye en el patio interior del vecindario. La verdad es que a Diego Tribeca apenas se le plantean dilemas morales al respecto: llama a la compañía telefónica para asegurarse de que nadie va a venir a reparar su teléfono y se dispone a pasar los siguientes días olvidándose de su vida y dispuesto a sumergirse en las ajenas.
Este libro se lee rápido porque la escritura es bastante sencilla, con muchos diálogos, y no hay fragmentos pesados o que se desvíen mucho de la trama. A medida que avanza vamos siguiendo la evolución del personaje, que de estar totalmente perdido pasa a hacerse con las riendas de su vida y a tomar además algunas decisiones. De todas formas, no me parece que Diego viva una evolución moral muy drástica; tiene un carácter errático y algo inmaduro que también se aprecia en el desenlace, así que no me parece que Te escucho sea precisamente una novela de aprendizaje.
No puedo decir que este libro no me haya gustado, pero tampoco lo he terminado entusiasmada. No he empatizado mucho con la forma de pensar de los protagonistas: para mí no son ese tipo de personajes a los que coges cariño y quieres seguir y seguir leyendo sus historias. El principal protagonista me ha parecido melodramático (como sería la voluntad de la autora, puesto que lo pone en boca de Agnese hacia el final de la novela) y muchas de las situaciones que propiciaba también eran melodramáticas: no puedo decir que haya encontrado a Diego Tribeca adorable. El personaje que sí me ha parecido interesante es el de Marta, y sin embargo hacia la mitad de la novela, incomprensiblemente, pasa a un segundo plano y no se la rescata hasta casi el final. Una lástima... En definitiva, una novela que me ha entretenido durante unos días, pero que no sé si recordaré de aquí a un año.
«Durante estos años, en todos mis viajes, he estado haciendo fotos con una digital de parejas entre las que el silencio se interponía de forma palpable como una cortina de hierro. Tengo una foto de una joven pareja en el aeropuerto de Saigón; están sentados uno junto al otro, saliendo o llegando, y parecen dos entidades diferenciadas, dos personas que nunca hayan querido conocerse y, sin embargo, es evidente que están juntos, sobre todo es evidente porque, de alguna manera, se parecen. Las parejas acaban pareciéndose. Son un poco como los perros con sus dueños, se corresponden. […] Pero hoy, al volverlas a ver, me he dado cuenta de que las hice por envidia. Tenía envidia de los que se amaban, de los que se cogían de la mano, de los que ya no se sentían solos, y entonces intenté demostrarme a mí mismo que la pareja equivale a la soledad, a lo inexpresivo, a algo que he probado y me ha dado tanto miedo, que he estigmatizado el amor como el final de un individuo.»
«Esto de pensar que el amor es un lugar mágico, no contaminado, este escuchar que no eliges, que te eligen, como si se tratara de una llamada del más allá. En la idea habitual del amor hay algo de católico, de evangélico. El amor es otra cosa, se basa en las necesidades, en las proyecciones, en las obsesiones. Los encuentros sacan a relucir de nuevo cosas ya acaecidas, son historias de fantasmas, suponen la posibilidad de limitar tu parte oscura, quiero decir, los amores que funcionan. Los demás son jaulas. Todas estas cosas quisiera decirle, pero permanecemos en silencio unos segundos más hasta que ella empieza a compadecerse para consolarse de su soledad, porque entiende que aquí hay un espacio en el que no hay que disimular que uno está a toda costa. Luego dice que tiene que irse, que quiere hacer algo urgente y añade que, sin embargo, no logra acordarse de lo que es.»
20 de marzo de 2013
Un monstruo viene a verme
Una noche, exactamente siete minutos pasada la medianoche, Conor recibe la visita de un monstruo en su dormitorio.
Sin embargo, no es este el monstruo al que él teme. A quien tiene miedo en realidad es al otro monstruo, el que ve todas las noches en una vívida pesadilla, el que hace que se despierte gritando aterrorizado y empapado en sudor. La pesadilla que tiene desde que su madre comenzó el tratamiento en el hospital.
El monstruo que visita ahora a Conor, y a quien volverá a ver en noches y días sucesivos, quiere hablar. Tiene algo que contarle, tres historias, y cuando termine querrá escuchar una historia de boca de Conor.
Querrá escuchar la verdad.
Una verdad que Conor no piensa contarle a nadie por nada del mundo.
De este libro solo puedo decir una cosa: maravilloso. Trata los temas del miedo, la soledad, la pérdida y la esperanza de una manera magistral, cruda, valiente y tremendamente emotiva. Buena parte del protagonismo se lo llevan las ilustraciones de Jim Kay, que reflejan a la perfección el mundo de pesadilla en el que parece haberse sumergido Conor. La narración es muy sencilla y el libro es breve (algo más de 200 páginas), pero a veces no hace falta más para componer una buena historia, ¿verdad?
Prefiero no desvelar nada más de la trama porque este es uno de esos libros que se disfrutan más cuanto menos se sepa a priori. Solo añadiré que engancha desde la primera página y ya no se pueden parar de leer.
También debo decir que yo con este libro lloré lo que no está escrito y que remueve una serie de sentimientos a los que algunas personas quizá no se quieran enfrentar. Pese a que lo encuentro un libro brillante, lo recomendaría con cautela por este motivo.
Para mí, desde luego, ha ocupado desde ya un sitio privilegiado en mi biblioteca.
Sin embargo, no es este el monstruo al que él teme. A quien tiene miedo en realidad es al otro monstruo, el que ve todas las noches en una vívida pesadilla, el que hace que se despierte gritando aterrorizado y empapado en sudor. La pesadilla que tiene desde que su madre comenzó el tratamiento en el hospital.
El monstruo que visita ahora a Conor, y a quien volverá a ver en noches y días sucesivos, quiere hablar. Tiene algo que contarle, tres historias, y cuando termine querrá escuchar una historia de boca de Conor.
Querrá escuchar la verdad.
Una verdad que Conor no piensa contarle a nadie por nada del mundo.
De este libro solo puedo decir una cosa: maravilloso. Trata los temas del miedo, la soledad, la pérdida y la esperanza de una manera magistral, cruda, valiente y tremendamente emotiva. Buena parte del protagonismo se lo llevan las ilustraciones de Jim Kay, que reflejan a la perfección el mundo de pesadilla en el que parece haberse sumergido Conor. La narración es muy sencilla y el libro es breve (algo más de 200 páginas), pero a veces no hace falta más para componer una buena historia, ¿verdad?
Prefiero no desvelar nada más de la trama porque este es uno de esos libros que se disfrutan más cuanto menos se sepa a priori. Solo añadiré que engancha desde la primera página y ya no se pueden parar de leer.
También debo decir que yo con este libro lloré lo que no está escrito y que remueve una serie de sentimientos a los que algunas personas quizá no se quieran enfrentar. Pese a que lo encuentro un libro brillante, lo recomendaría con cautela por este motivo.
Para mí, desde luego, ha ocupado desde ya un sitio privilegiado en mi biblioteca.
12 de marzo de 2013
Luto de miel
El comisario Franck Sharko todavía no se ha recuperado del suceso que sacudió los cimientos de su vida un año atrás: su mujer y su hija perdieron la vida en un accidente. Debe tomar pastillas para mantener los nervios bajo control y lucha día a día por salir del fondo del pozo en el que se encuentra, y también por superar un infinito sentimiento de soledad. En ese preciso momento de su vida, en el que no está ni mucho menos al cien por cien, tiene que enfrentarse a uno de los casos más escabrosos de su carrera: una mujer aparece muerta en una iglesia, desnuda y rodeada de símbolos que, poco a poco, van guiando al comisario y a su equipo en la dirección que pretende el asesino. No obstante, los cadáveres siguen apareciendo y ninguna pista concluyente les conduce hasta él.En la reseña de Mala hostia, que publiqué hace unos días, decía que en la trama no había grandes sorpresas ni ocurrencias brillantes del protagonista, pero que igualmente se sustentaba a la perfección. Bueno, pues esta novela es todo lo contrario: la típica en que cada capítulo se cierra con un descubrimiento del comisario que deja a todo el mundo deslumbrado y les permite seguir avanzando en la pista correcta. Al final ya se me hacía cansino, y además llega un momento en que tanta brillantez ya no es creíble…
La verdad es que no me ha parecido una gran novela. El estilo del autor es un poco pesado: no conduce demasiado bien la trama y en algunos fragmentos iba un poco perdida. Además, hace un uso exagerado de los puntos suspensivos. Todo el mundo habla con puntos suspensivos, y corta las frases de manera inverosímil («¿Qu… quiere?», ¿quién demonios habla así? ¡Es imposible de pronunciar! Aunque eso es más bien problema de la edición, que luego comentaré…).
La trama es muy grandilocuente, llena de giros inesperados, de datos, de descubrimientos brillantes, como digo, pero en un momento determinado uno ya no se cree que el comisario interprete correctamente todas las pistas, una tras otra. Además, llega un punto en que la narración se pone desagradable, sin más, así que ni siquiera es una novela que haga pasar un buen rato. La pondría sin dudar en la pila de novelas policíacas estándar: me ha parecido que no destaca en absoluto y no entiendo la fama que precede a su autor, que parece ser que vende en Francia todo lo que quiere.
Y qué decir de la edición en español… La verdad es que al principio pensaba que era el estilo del autor, confuso, raro. Sin embargo, después de ver la versión en español llena de erratas no tengo dudas de que la traducción ha tenido mucho que ver. A la edición de Edhasa le hace falta una corrección a fondo. Hay erratas como «moldes de hieso» (por «yeso», imagino), «negruzno» (por «negruzco») o «convalescencia» que no sé yo de dónde se los habrá sacado la traductora (y juraría que también leí que llamaba «ambulancieros» a los conductores de ambulancias). Sin embargo, lo peor es que hay frases que no se entienden, que no quieren decir nada: «Todo el propóleos no les estaba destinado», «el corazón me subió rápidamente al rojo», «y consumamos buena esfinge de la calavera»… Por no hablar de una que me pareció graciosa: el protagonista ve asomar «la hoja de una pistola» (?), que tres líneas más abajo es una navaja y ocho líneas después, un cuchillo. En fin...
No tengo más que añadir. He acabado esta lectura tremendamente decepcionada y no me ha aportado nada en absoluto. Para lo que pueda servir.
10 de marzo de 2013
La rastreadora
Hoy toca publicar mi reseña de la lectura conjunta iniciativa de Xula en su blog Caminando entre libros, así que vamos allá. Antes de nada, gracias a Xula por organizarla y al autor, Antonio Lagares, por el libro.
Voy a empezar haciendo algo de lo que reniego habitualmente y es copiar el resumen que consta en Amazon. El motivo es asegurarme de que no destripo la trama y de que lo resumo sin equivocaciones, porque me ha costado seguirle el hilo. Esta es la sinopsis:
La mente es un laberinto sin salida para cualquier elemento perturbador que intente profanarla. Para Élyran, la rastreadora, no lo es. Ella consigue extraer de lo más profundo lo que nunca queremos recordar… Todo lo que tratamos de ocultar a nuestra conciencia.
Élyran tiene una nueva misión: rastrear la mente de Miguel, un vagabundo que permanece aferrado a estar siempre cerca de una iglesia ¿Lo logrará?
Luego de cuatro ediciones del libro Obsesión. Relatos entre el amor y el odio, el escritor español Antonio Lagares retoma con la novela La Rastreadora el tema de la porosa frontera de la mente humana entre el bien y el mal, entre la demencia y la cordura.
Las reseñas de este libro en la red eran todas muy positivas, incluso exaltadas, así que lo empecé con mucha curiosidad y muchas ganas. No obstante, me desinflé muy pronto: me temo que pertenezco a esa pequeña minoría que no ha conseguido cogerle el punto al libro. Le he puesto toda la voluntad del mundo, pero no he logrado engancharme ni cuando iba por la mitad: la trama me ha parecido confusa, quizá no muy bien conducida; el tema, raro, y no ha conseguido despertar en mí un verdadero interés; los diálogos, que abundan en el libro, son pesados como losas y muy, muy repetitivos; en cuanto a los personajes, no he empatizado con ninguno de ellos. Un poco antes de la mitad del libro ya estaba deseando terminarlo y pasar a otra cosa, y eso no es muy buen síntoma...Como aspecto positivo puedo decir que el texto está corregido y muy pulido, ¡quizá más de lo que pulen sus textos algunas grandes editoriales! Esa es siempre la sospecha que tengo cuando me enfrento a un libro autoeditado como este, pero no: la labor de corrección ha sido cuidada. Sin ir más lejos, ahora estoy leyendo un libro de Edhasa que contiene bastantes más erratas.
Pese a que a mí no me ha gustado, lo que está claro es que la mayoría de las reseñas de esta novela que hay en la red son muy positivas, así que quizá sí lo recomendaría, y que cada uno juzgue por su cuenta.
3 de marzo de 2013
Lectura conjunta de «La rastreadora»
Ya estoy enfrascada en la lectura de La rastreadora, de Antonio Lagares, que voy a leer gracias al autor y a la lectura conjunta que ha organizado Xula en su blog Caminando entre libros. Para mí es toda una noticia porque es la primera lectura conjunta en la que participo en la red, así que ¡allá vamos! Mi reseña, el domingo que viene. Por cierto, me gusta saber de antemano lo menos posible de los libros que leo, así que disculpad si no leo ninguna de las demás reseñas hasta que termine, ¿vale?
¡Gracias, Xula, por incluirme en el reto!
¡Gracias, Xula, por incluirme en el reto!
Mala hostia
Atila se puede decir que es un detective de novela negra prototípico: cínico, mordaz, frío, amigo de la botella, con un seco humor negro, un corazoncito que en el fondo le brinca en el pecho y una comodidad absoluta a la hora de desenvolverse por el barrio chino de su ciudad (que en esta novela es Barcelona).
Nuestro detective tiene una precaria mesa en un locutorio, donde atiende a los clientes de medio pelo que puedan requerir de sus servicios. Un día le visita un peruano preocupado porque la chica que vivía con él, una bielorrusa llamada Galina, ha desaparecido. Lo cierto es que cuando Atila se pone a husmear empiezan a sucederse las muertes, pero no aparece ninguna pista concluyente. ¿Dónde está Galina? Las sospechas se centran en un club de carretera, donde Galina podría haber ejercido la prostitución, pero pronto las pistas empiezan a apuntar a otros derroteros.
Y así arranca una novela que he disfrutado mucho. Uno de los mejores puntos es que la trama no tiene que sustentarse a base de ingeniosos descubrimientos del protagonista. El mismo Atila admite en buena parte del libro que anda perdido, no sabe a dónde apuntan las pistas y no tiene ni idea de por dónde tirar. Y no pasa nada. La trama funciona igual sin esos golpes de adrenalina que tanto abundan en otras novelas.
Lo personajes –también los secundarios– son todos geniales: me han encantado Carrito, Valentina, Lena y Silvina. ¡Parecen tan reales! Y hay historias de amor con un tremendo tinte de realidad, no esas con heroínas prototípicas, sin mácula y desustanciadas que parecen sacadas, como mencionaba en mi anterior reseña, de una peli de Disney. Estas historias de amor, por cierto, tienen como banda sonora los tangos de Gardel, y francamente no se me ocurre un mejor hilo conductor para ellas.
Debo decir también que al principio la historia no me acababa de enganchar, sobre todo porque la puntuación del libro me parece floja y a la edición se le han colado más erratas de lo que sería deseable. Y confieso que me costó meterme en la forma de contar las cosas del autor. Sin embargo, hacia la mitad (es un libro finito) la narración coge una inusitada fuerza y la verdad es que prácticamente consiguió que me olvidara de la ausencia casi total de puntos y coma.
El año pasado salieron al mercado otros dos libros con Atila de protagonista: Un buen lugar para reposar (por el resumen que han publicado en la web de la editorial tiene muy buena pinta) y Ruido de cañerías. ¡Tantos libros y tan poco tiempo! Pero sí, me gustaría seguir leyendo a Atila… Y, hablando de eso, el autor dice aquí que el personaje da para bastante, así que parece que tendremos Atila para muchos libros más. ¡Que así sea!
Termino con una reflexión que hace el autor en la novela hablando del Raval de Barcelona, el barrio en el que transcurre la trama, y que me parece de lo más acertada:
«El barrio está en transformación permanente, se derriban casas vetustas y las callejas estrechas se llenan de bares de diseño y pubs de moda, que a partir de la tarde noche se llenan de gente guapa, especialmente jóvenes universitarios de ideas avanzadas, liberales que se mezclan con placer con sus hermanos menos favorecidos venidos de tierras menos afortunadas. Ellos son los que viven hacinados en los pisos miserables que están sobre los bares de diseño que abarrota la gente guapa.
Luego la gente guapa se va y los otros se quedan.»
Nuestro detective tiene una precaria mesa en un locutorio, donde atiende a los clientes de medio pelo que puedan requerir de sus servicios. Un día le visita un peruano preocupado porque la chica que vivía con él, una bielorrusa llamada Galina, ha desaparecido. Lo cierto es que cuando Atila se pone a husmear empiezan a sucederse las muertes, pero no aparece ninguna pista concluyente. ¿Dónde está Galina? Las sospechas se centran en un club de carretera, donde Galina podría haber ejercido la prostitución, pero pronto las pistas empiezan a apuntar a otros derroteros.
Y así arranca una novela que he disfrutado mucho. Uno de los mejores puntos es que la trama no tiene que sustentarse a base de ingeniosos descubrimientos del protagonista. El mismo Atila admite en buena parte del libro que anda perdido, no sabe a dónde apuntan las pistas y no tiene ni idea de por dónde tirar. Y no pasa nada. La trama funciona igual sin esos golpes de adrenalina que tanto abundan en otras novelas.
Lo personajes –también los secundarios– son todos geniales: me han encantado Carrito, Valentina, Lena y Silvina. ¡Parecen tan reales! Y hay historias de amor con un tremendo tinte de realidad, no esas con heroínas prototípicas, sin mácula y desustanciadas que parecen sacadas, como mencionaba en mi anterior reseña, de una peli de Disney. Estas historias de amor, por cierto, tienen como banda sonora los tangos de Gardel, y francamente no se me ocurre un mejor hilo conductor para ellas.Debo decir también que al principio la historia no me acababa de enganchar, sobre todo porque la puntuación del libro me parece floja y a la edición se le han colado más erratas de lo que sería deseable. Y confieso que me costó meterme en la forma de contar las cosas del autor. Sin embargo, hacia la mitad (es un libro finito) la narración coge una inusitada fuerza y la verdad es que prácticamente consiguió que me olvidara de la ausencia casi total de puntos y coma.
El año pasado salieron al mercado otros dos libros con Atila de protagonista: Un buen lugar para reposar (por el resumen que han publicado en la web de la editorial tiene muy buena pinta) y Ruido de cañerías. ¡Tantos libros y tan poco tiempo! Pero sí, me gustaría seguir leyendo a Atila… Y, hablando de eso, el autor dice aquí que el personaje da para bastante, así que parece que tendremos Atila para muchos libros más. ¡Que así sea!
Termino con una reflexión que hace el autor en la novela hablando del Raval de Barcelona, el barrio en el que transcurre la trama, y que me parece de lo más acertada:
«El barrio está en transformación permanente, se derriban casas vetustas y las callejas estrechas se llenan de bares de diseño y pubs de moda, que a partir de la tarde noche se llenan de gente guapa, especialmente jóvenes universitarios de ideas avanzadas, liberales que se mezclan con placer con sus hermanos menos favorecidos venidos de tierras menos afortunadas. Ellos son los que viven hacinados en los pisos miserables que están sobre los bares de diseño que abarrota la gente guapa.
Luego la gente guapa se va y los otros se quedan.»
22 de febrero de 2013
El mapa del tiempo
Esta novela transcurre en el Londres victoriano, en la época en que la teoría de los viajes en el tiempo empezó a hacer furor a raíz de la publicación de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, quien por cierto desfila entre sus páginas, como también lo hacen Jack el Destripador, Bram Stoker, Henry James, el hombre elefante y muchos (muuuuuchos) otros, con toques de steampunk y de romance científico aquí y allá.
La novela se divide en tres partes, ligeramente interrelacionadas:
En la primera, Andrew, un joven adinerado y aburrido de la existencia que lleva, se enamora de una prostituta de Whitechapel (que al poco de conocerle ya le corresponde en su inflamado amor, parece ser, aunque no sabemos por qué…). Cuando esta prostituta resulta ser la última víctima de Jack el Destripador, Andrew se ve sin fuerzas para seguir viviendo, aunque la posibilidad de viajar en el tiempo le da la oportunidad de volver a la nefasta noche del asesinato y tal vez alterar los acontecimientos.
En la segunda parte, una joven del siglo XIX (también adinerada y aburrida de la vida), que se resiste a pasar por el aro de llevar la vida encorsetada que parece imponerle su época, se enamora de un bravo héroe del siglo XX a quien conoce durante un viaje temporal, un amor que desafiará todas las leyes de la física.
En la tercera, H. G. Wells, que ha tenido pequeños papeles secundarios en el resto del libro, cobra protagonismo y debe enfrentarse a un viajero en el tiempo que quiere apropiarse de las grandes obras de la literatura, y con ese pretexto se expone la teoría de los universos paralelos. Bueno, más o menos es lo que he entendido, porque a estas alturas de la novela ya me saltaba dos páginas de cada tres y solo andaba pensando en terminarlo de una vez.
El inicio de la novela era prometedor: recuerdo que marqué un montón de párrafos con citas que me encantaban, y en general me pareció muy bien escrita (con un tono un poco grandilocuente, eso sí). De hecho la historia de la primera parte sí la salvaría, si no fuera porque los personajes no acabaron de calarme del todo. Sin embargo, en la segunda parte la historia ya va cuesta abajo y sin frenos: está llena de giros argumentales que se las quieren dar de ingeniosos pero que me parecieron forzados, previsibles o nada creíbles. Personajes totalmente planos, una visión de la mujer bastante deleznable y un final de esta segunda parte totalmente increíble que parece sacado de una película de Disney. ¡Venga ya! La tercera parte ya la emprendí con una tremenda pereza y, efectivamente, para mí es la que menos se salva de las tres. El punto de partida es una serie de escenas incomprensibles (como esa en la que el detective de policía pilla a Lucy a punto de cometer un crimen, o la teoría, que no se sostiene por ningún lado, de que quien ha asesinado al mendigo tiene que ser el capitán Shackelton), y a partir de ahí se enreda en una teoría de universos paralelos que, a esas alturas de la película, no me interesaba lo más mínimo (y eso que podría haber sido un buen punto de partida).
A la novela le sobran por lo menos 150 páginas, aparecen toda suerte de personajes cuyas vidas se relatan casi como si estuvieran copiadas de la Wikipedia, los personajes no inspiran ninguna empatía (a más de uno dan ganas de darle un par de tortas), la narración se demora a menudo en descripciones durante páginas y páginas que no tienen que ver con la historia principal, y la trama, que como digo se las quiere dar de inteligente, como yendo siempre un paso por delante del lector, no acaba de cuajar porque nada de lo que cuenta resulta creíble.
He querido terminar el libro para ver si al final todo cobraba sentido y había un último (e inteligente) giro argumental, pero no. No he visto la hora de terminarlo. ¡Y encima es una trilogía! No seré yo quien lea los otros dos…
Y nada, que me estoy acordando de un libro genial que leí hará un par o tres de años acerca de viajes en el tiempo, y que tiene tooooooodo lo que le falta a este: La mujer del viajero en el tiempo.
La novela se divide en tres partes, ligeramente interrelacionadas:
En la primera, Andrew, un joven adinerado y aburrido de la existencia que lleva, se enamora de una prostituta de Whitechapel (que al poco de conocerle ya le corresponde en su inflamado amor, parece ser, aunque no sabemos por qué…). Cuando esta prostituta resulta ser la última víctima de Jack el Destripador, Andrew se ve sin fuerzas para seguir viviendo, aunque la posibilidad de viajar en el tiempo le da la oportunidad de volver a la nefasta noche del asesinato y tal vez alterar los acontecimientos.
En la segunda parte, una joven del siglo XIX (también adinerada y aburrida de la vida), que se resiste a pasar por el aro de llevar la vida encorsetada que parece imponerle su época, se enamora de un bravo héroe del siglo XX a quien conoce durante un viaje temporal, un amor que desafiará todas las leyes de la física.
En la tercera, H. G. Wells, que ha tenido pequeños papeles secundarios en el resto del libro, cobra protagonismo y debe enfrentarse a un viajero en el tiempo que quiere apropiarse de las grandes obras de la literatura, y con ese pretexto se expone la teoría de los universos paralelos. Bueno, más o menos es lo que he entendido, porque a estas alturas de la novela ya me saltaba dos páginas de cada tres y solo andaba pensando en terminarlo de una vez.
El inicio de la novela era prometedor: recuerdo que marqué un montón de párrafos con citas que me encantaban, y en general me pareció muy bien escrita (con un tono un poco grandilocuente, eso sí). De hecho la historia de la primera parte sí la salvaría, si no fuera porque los personajes no acabaron de calarme del todo. Sin embargo, en la segunda parte la historia ya va cuesta abajo y sin frenos: está llena de giros argumentales que se las quieren dar de ingeniosos pero que me parecieron forzados, previsibles o nada creíbles. Personajes totalmente planos, una visión de la mujer bastante deleznable y un final de esta segunda parte totalmente increíble que parece sacado de una película de Disney. ¡Venga ya! La tercera parte ya la emprendí con una tremenda pereza y, efectivamente, para mí es la que menos se salva de las tres. El punto de partida es una serie de escenas incomprensibles (como esa en la que el detective de policía pilla a Lucy a punto de cometer un crimen, o la teoría, que no se sostiene por ningún lado, de que quien ha asesinado al mendigo tiene que ser el capitán Shackelton), y a partir de ahí se enreda en una teoría de universos paralelos que, a esas alturas de la película, no me interesaba lo más mínimo (y eso que podría haber sido un buen punto de partida).
A la novela le sobran por lo menos 150 páginas, aparecen toda suerte de personajes cuyas vidas se relatan casi como si estuvieran copiadas de la Wikipedia, los personajes no inspiran ninguna empatía (a más de uno dan ganas de darle un par de tortas), la narración se demora a menudo en descripciones durante páginas y páginas que no tienen que ver con la historia principal, y la trama, que como digo se las quiere dar de inteligente, como yendo siempre un paso por delante del lector, no acaba de cuajar porque nada de lo que cuenta resulta creíble.
He querido terminar el libro para ver si al final todo cobraba sentido y había un último (e inteligente) giro argumental, pero no. No he visto la hora de terminarlo. ¡Y encima es una trilogía! No seré yo quien lea los otros dos…
Y nada, que me estoy acordando de un libro genial que leí hará un par o tres de años acerca de viajes en el tiempo, y que tiene tooooooodo lo que le falta a este: La mujer del viajero en el tiempo.
15 de enero de 2013
El asesino hipocondríaco
La vida del señor Y. es una sucesión de desgracias, infortunios y enfermedades. El pobre hombre padece muchísimas afecciones, tanto comunes como las más raras que se han estudiado: estrabismo, alergia al kiwi, la maldición de Ondina, el Síndrome del Acento Extranjero, lumbalgia, el Síndrome de Proteus o el Síndrome del Espasmo Profesional. Además, es un hipocondríaco sin remedio: las enfermedades que no tiene, se las inventa. Así, el hombre está convencido de que no le queda más de un día de vida. Sin embargo, el señor Y. es también detective privado, de moral kantiana para más inri, y eso significa que debe arrastrarse de la cama que es ya su lecho de muerte para consumar su último encargo: el asesinato de Eduardo Blastein.
Sin embargo, la mala suerte persigue al señor Y. y hace que, uno tras otro, todos los intentos de matar a su víctima fracasen estrepitosamente. Al final uno llega a pensar que no es que fracase, sino que el señor Y. posterga continuamente su misión porque ha establecido una especie de empatía con el señor Blastein… ¡aunque eso no significa que cese en su empeño de cometer el crimen!
Las peripecias de estos dos señores se intercalan con la narración de las vidas de escritores y pensadores famosos que también tuvieron buena parte de su vida un delicado estado de salud: Jonathan Swift, Immanuel Kant o Edgar Allan Poe desfilan entre sus páginas y comparten enfermedades con nuestro protagonista.
Es una novela difícil de clasificar, porque no puede considerarse estrictamente un libro de humor, ni tampoco novela negra, aunque algo de estas dos categorías sí que tiene. Desde luego, lo que no se le puede negar al autor es haber escrito un libro tremendamente original y que escapa a todo intento de clasificación. Lo que no hay que pasar por alto es el tremendo trabajo que ha realizado el autor a la hora de documentarse acerca de las más variopintas enfermedades –en algunas páginas el libro casi parece un tratado de medicina– y acerca de las vidas de los diferentes escritores, contadas en ocasiones al detalle. Está tremendamente logrado y, lo que para algunos lectores era una aburrida enumeración de síntomas y tratamientos, a mí me ha parecido algo interesantísimo y uno de los puntos fuertes del libro.
Sin embargo, no hay que esperar una novela desternillante (aunque yo sí me reí mucho). Si se lee entre líneas destaca la angustia vital de una persona que se siente tremendamente sola. Ese es más bien este el eje en torno al cual gira la novela.
Ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo: me he reído, he estado intrigada hasta el final de la novela, he seguido interesada las enumeraciones de enfermedades y hasta les he cogido cariño a los personajes. Un libro tremendamente original, muy bien escrito y de lectura ágil, pero que no recomendaría a todo el mundo, pues hay a quien ha decepcionado. Me corrijo: sí que lo recomendaría, sin dudarlo, pero aconsejaría al futuro lector que lo leyera con la mente abierta y no esperando encontrarse una novelita de humor al uso.
Copio un par de fragmentos, que ayudarán a que, quien esté interesado en esta novela, se haga una idea de lo que puede encontrar en ella:
«En contra de todas las leyes de la naturaleza, por una suerte de milagro, en este exacto instante paseo mi cuerpo carcomido de enfermedades por el centro de la ciudad, a la vista de todos. Es miércoles, y tengo la absoluta certeza de que hoy moriré. Ahora mismo, mientras me venía a la mente este pensamiento, he tenido que parar en medio de la calle, y asirme a la barandilla que separa la acera del curso del tráfico, porque un estremecimiento ha recorrido mi corazón, y una vez más falta el aire en mis pulmones. No sé, quizá no llegue a esta tarde después de todo. Tendré que sacar fuerzas de flaqueza, y retrepándome por los barrotes de esta barandilla metálica, arrastrando mi inútil cuerpo renqueante, avanzar por la calle Alcalá, hasta encontrarme con Eduardo Blaisten en el punto en el que suele aparecer a las 9.23 los miércoles por la mañana. Y, por todos los medios, tratar de matarlo en unas horas.»
«Cuando me he despertado esta regalada mañana de viernes, cuando me he descubierto aún con vida tocado por los tímidos rayos de este amanecer inesperado, he tenido que tirar con todas mis fuerzas de mi descompuesto cuerpo para conseguir arrancarlo del lecho, he tropezado a los pies de la cama con los aparatos de respiración asistida, he querido decir: "¿Por qué la mala suerte me persigue?", y en su lugar he dicho: "¡Attention, señoor, le voiture!". Y entonces lo he visto claro: tan sólo había de venir a buscar a Eduardo Blaisten al Starbucks de la calle Virgen de los Peligros esquina con Alcalá, donde los viernes, al igual que los martes, viene a tomarse su café matinal, dirigirme a él y esperar a que cualquiera de sus comentarios me suene como una amenaza de muerte, y en ese momento acabar de una vez por todas con su vida, con la eximente de que yo creeré hacerlo en legítima defensa.»
Sin embargo, la mala suerte persigue al señor Y. y hace que, uno tras otro, todos los intentos de matar a su víctima fracasen estrepitosamente. Al final uno llega a pensar que no es que fracase, sino que el señor Y. posterga continuamente su misión porque ha establecido una especie de empatía con el señor Blastein… ¡aunque eso no significa que cese en su empeño de cometer el crimen!
Las peripecias de estos dos señores se intercalan con la narración de las vidas de escritores y pensadores famosos que también tuvieron buena parte de su vida un delicado estado de salud: Jonathan Swift, Immanuel Kant o Edgar Allan Poe desfilan entre sus páginas y comparten enfermedades con nuestro protagonista.
Es una novela difícil de clasificar, porque no puede considerarse estrictamente un libro de humor, ni tampoco novela negra, aunque algo de estas dos categorías sí que tiene. Desde luego, lo que no se le puede negar al autor es haber escrito un libro tremendamente original y que escapa a todo intento de clasificación. Lo que no hay que pasar por alto es el tremendo trabajo que ha realizado el autor a la hora de documentarse acerca de las más variopintas enfermedades –en algunas páginas el libro casi parece un tratado de medicina– y acerca de las vidas de los diferentes escritores, contadas en ocasiones al detalle. Está tremendamente logrado y, lo que para algunos lectores era una aburrida enumeración de síntomas y tratamientos, a mí me ha parecido algo interesantísimo y uno de los puntos fuertes del libro.
Sin embargo, no hay que esperar una novela desternillante (aunque yo sí me reí mucho). Si se lee entre líneas destaca la angustia vital de una persona que se siente tremendamente sola. Ese es más bien este el eje en torno al cual gira la novela.
Ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo: me he reído, he estado intrigada hasta el final de la novela, he seguido interesada las enumeraciones de enfermedades y hasta les he cogido cariño a los personajes. Un libro tremendamente original, muy bien escrito y de lectura ágil, pero que no recomendaría a todo el mundo, pues hay a quien ha decepcionado. Me corrijo: sí que lo recomendaría, sin dudarlo, pero aconsejaría al futuro lector que lo leyera con la mente abierta y no esperando encontrarse una novelita de humor al uso.
Copio un par de fragmentos, que ayudarán a que, quien esté interesado en esta novela, se haga una idea de lo que puede encontrar en ella:
«En contra de todas las leyes de la naturaleza, por una suerte de milagro, en este exacto instante paseo mi cuerpo carcomido de enfermedades por el centro de la ciudad, a la vista de todos. Es miércoles, y tengo la absoluta certeza de que hoy moriré. Ahora mismo, mientras me venía a la mente este pensamiento, he tenido que parar en medio de la calle, y asirme a la barandilla que separa la acera del curso del tráfico, porque un estremecimiento ha recorrido mi corazón, y una vez más falta el aire en mis pulmones. No sé, quizá no llegue a esta tarde después de todo. Tendré que sacar fuerzas de flaqueza, y retrepándome por los barrotes de esta barandilla metálica, arrastrando mi inútil cuerpo renqueante, avanzar por la calle Alcalá, hasta encontrarme con Eduardo Blaisten en el punto en el que suele aparecer a las 9.23 los miércoles por la mañana. Y, por todos los medios, tratar de matarlo en unas horas.»
«Cuando me he despertado esta regalada mañana de viernes, cuando me he descubierto aún con vida tocado por los tímidos rayos de este amanecer inesperado, he tenido que tirar con todas mis fuerzas de mi descompuesto cuerpo para conseguir arrancarlo del lecho, he tropezado a los pies de la cama con los aparatos de respiración asistida, he querido decir: "¿Por qué la mala suerte me persigue?", y en su lugar he dicho: "¡Attention, señoor, le voiture!". Y entonces lo he visto claro: tan sólo había de venir a buscar a Eduardo Blaisten al Starbucks de la calle Virgen de los Peligros esquina con Alcalá, donde los viernes, al igual que los martes, viene a tomarse su café matinal, dirigirme a él y esperar a que cualquiera de sus comentarios me suene como una amenaza de muerte, y en ese momento acabar de una vez por todas con su vida, con la eximente de que yo creeré hacerlo en legítima defensa.»
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