3 de mayo de 2014

A Street Cat Named Bob




















¿No es preciosérrimo el gato de la foto? Pues hoy os traigo la historia real que hay detrás, que hace un par de años se publicó en el libro A Street Cat Named Bob.

Y la historia es como sigue: en el año 2007, James Bowen (también en la foto) se encontró a un gatito herido en el portal de su casa. En aquella época, bastante tenía James con cuidar de sí mismo: era exdrogadicto, estaba siguiendo un tratamiento de metadona, había conseguido dejar de vivir en las calles (fue indigente durante un año) para pasar a un piso de protección social y había roto totalmente los vínculos con su familia. Así las cosas, lo que menos necesitaba era echarse una responsabilidad sobre los hombros, pero tampoco podía dejar a aquel gatito abandonado a su suerte: lo subió a su casa, le curó la patita herida y, más o menos desde ese momento, se hicieron inseparables. Hasta tal punto que Bob seguía a James allá donde iba, incluso al centro de Londres, en autobús, donde James se ganaba la vida como músico callejero y vendiendo la revista The Big Issue. Poco a poco, fueron haciéndose cada vez más populares hasta que una agencia literaria le propuso a James escribir un libro contando su historia, libro que un par de años después se ha convertido en superventas. Y hasta hoy.



Este libro no solo nos cuenta las aventuras que vivieron James y Bob en la calle (por ejemplo, cuando Bob se asustó y se echó a correr entre la gente en pleno Piccadilly Circus, donde se perdió). También es el relato de cómo Bob le proporcionó a James la fuerza necesaria para dejar la metadona y liberarse de su pasado con las drogas, seguir vendiendo The Big Issue para pagar las facturas de su casa y retomar el contacto con su familia después de varios años.

Esta es una lectura que enternecerá a los amantes de los animales, pero va más allá: a través de la historia de Bob, el lector descubre cómo es la vida en las calles, qué puede llevar a una persona a caer en el pozo de las drogas y cómo salir de él, y el halo de invisibilidad que muchos indigentes tienen que soportar cuando miles de personas pasan a su lado cada día sin siquiera mirarles a la cara.

Un libro, en definitiva, muy recomendable por lo enternecedora que resulta la historia de Bob, pero también para superar ciertos estereotipos en torno a la indigencia. También me ha parecido una historia recomendable para adolescentes; por otra parte el inglés que usan es muy cotidiano y no excesivamente complicado. Si no os animáis a leerlo en inglés, La Esfera de los Libros lo ha publicado en español.




28 de abril de 2014

Intemperie

Mientras rebañaba su cuenco, pensó que era la primera vez que tomaba algo caliente desde que había salido de su casa dos noches atrás y que también era la primera vez en su vida que comía en compañía de un desconocido. Allí, con el cuenco entre las manos, se dio cuenta de que no había previsto contingencias tan básicas como la falta de alimentos o las verdaderas condiciones de vida que imponía un llano como aquél. En sus cálculos tampoco entraba la idea de tener que pedir ayuda a alguien y, mucho menos, hacerlo tan pronto. En realidad, no había preparado su marcha. Simplemente, un día, una gota derramó un caldero. A partir de ese momento, brotó en él la idea de la fuga como una ilusión necesaria para poder soportar el infierno de silencio en el que vivía. Una idea que se empezó a formar en su mente en cuanto su cerebro estuvo listo para albergarla y que ya no le abandonó nunca más. Salvo el morral y la precaución de escapar en una noche sin luna, no había hecho ningún otro preparativo ni cálculo. En todo caso confiaba en sus conocimientos para abrirse paso con mayor soltura. Al fin y al cabo, él era tan hijo de aquella tierra como las perdices y los olivos.

Un chico, una fuga, una llanura inacabable, un sol inclemente, la sed, el miedo, la desconfianza, la exacerbación de sentimientos y la vida reducida a las necesidades físicas fundamentales. De los personajes de este libro nunca llegaremos a saber el nombre, como tampoco el de los lugares que transitan. Se puede intuir que es Andalucía, o Extremadura, la tierra del autor, o quizá la meseta castellana; en cuanto a la época, aquella en la que el único coche del pueblo lo tenía el alcalde. El protagonista, un chico de corta edad, decide escaparse de casa por unos motivos que poco a poco se irán dejando entrever. Sin embargo, no teme que lo encuentre su familia (al contrario, ellos no le buscan); de lo que tiene auténtico miedo es de verse frente a frente de nuevo con el alguacil. El chico nunca ha salido del pueblo, y más allá de los olivares no sabe lo que va a encontrar, pero igualmente decide emprender la marcha; sin embargo, lo que sí conoce el alguacil es los pocos sitios en 10 kilómetros a la redonda de la inclemente planicie en los que el chico va a poder esconderse. ¿Cómo podrá sobrevivir en una llanura sin agua ni apenas víveres y bajo un sol de justicia?

Si bien la trama no parece demasiado original, sí lo es el desarrollo. La característica más destacable de este libro, que ha recibido críticas y elogios por igual, es el estilo descarnado del autor y un vocabulario riquísimo en torno al mundo rural. La narración además apela totalmente a los sentidos: son tan vívidas las descripciones que el lector puede llegar a sentir el gaznate áspero como un papel de lija y el sol azotando la piel en medio de un entorno natural indiferente. La narración avanza prácticamente a golpe de descripciones; los diálogos son pocos y muy escuetos. Pero que ello no desanime al lector, porque este es un libro construido con maestría y con una voz poco habitual en los escritores jóvenes de hoy (y menos aún, noveles).

Un punto que me ha gustado mucho es que, pese a la violencia que se adivina en muchos pasajes de la novela, apenas hay hechos explícitos: el autor prefiere dejar en manos de la imaginación del lector lo que ocurre en muchos pasajes  y ese me ha parecido un recurso poderosísimo. Él lo explica mucho mejor que yo:

Creo que la evocación o la sugerencia pueden producir un efecto incluso mayor que la explicitación del hecho mismo. La imagen incompleta provoca en el receptor una especie de impulso que tiende a completar lo inacabado. Existe, por tanto, un terreno intermedio entre el texto y el lector en el que este se apropia de lo escrito y, en cierto modo, lo finaliza.

Jesús Carrasco ganó con este libro el galardón del Gremio de Libreros de Madrid al Libro del Año 2013. Es una novela breve pero poderosa, que se desmarca de los planteamientos actuales, y desde luego con ella Carrasco demuestra que tiene oficio pese a tratarse esta de su primera obra. No es un libro que gustará a todo el mundo —la prosa, como digo, es muy particular y la trama no resulta amable—, pero a mí sí que me ha convencido por la capacidad narrativa del autor, su manejo del lenguaje (no me ha parecido impostado en absoluto), por haber sabido mantener la tensión y por haberme tenido sentada al borde de la silla y devorándome las uñas estos últimos dos días.

Y un último apunte: creo que no hay título mejor que este para la novela. Intemperie. Porque así es como se encuentra el protagonista, al aire libre, sin ningún techado ni protección, ni física ni emocional.

Aquí os dejo el link a una entrevista con ABC, muy recomendable y sin spoilers, de la que he extraído la cita de arriba.

Y, ya puestos, os dejo esta otra de El País, en la que Jesús Carrasco se explaya un poco más. Me parece muy sensato todo lo que dice este hombre, la verdad.



27 de abril de 2014

Sant Jordi bloguero: el desenlace

Como comenté en mi anterior entrada, este año me apunté a la iniciativa que Kayena organizó para Sant Jordi y, aunque no he tenido tiempo de publicarlo hasta hoy, llegó puntual para San Jorge y esto es lo que salió del paquete:




Mi bloguera invisible fue Ángela, del blog Anduriña, ¡muchas gracias desde aquí! Además el libro me parece todo un acierto: ya hace tiempo que quería leer algo de esta autora, así que me alegro de que por fin un libro suyo haya caído en mis manos (y de esta manera tan original; me encanta que los libros que acumulo en mis estanterías tengan su pequeña historia detrás). Además he visto por Internet que Solsticio de invierno tiene buenas críticas… Y los regalitos que lo acompañaban no me pueden gustar más: el marcapáginas es una auténtica gozada y la tarjeta me parece preciosísima. En cuanto a la libreta, sé de alguien que me la pedirá en cuanto la vea...

¡Gracias también a Kayena por poner en marcha esta iniciativa!

25 de abril de 2014

Juego de tronos (Canción de Hielo y Fuego / 1)

Tras el largo verano, el invierno se acerca a los Siete Reinos. Lord Eddard Stark, señor de Invernalia, deja sus dominios para unirse a la corte de su amigo el rey Robert Baratheon, llamado el Usurpador, hombre díscolo y otrora guerrero audaz cuyas mayores aficiones son comer, beber y engendrar bastardos. Eddard Stark ocupará el cargo de Mano del Rey e intentará desentrañar una maraña de intrigas que pondrá en peligro su vida y la de todos los suyos.

En un mundo cuyas estaciones pueden durar decenios y en el que retazos de una magia inmemorial y olvidada surgen en los rincones más sombríos y maravillosos, la traición y la lealtad, la compasión y la sed de venganza, el amor y el poder hacen del juego de tronos una poderosa trampa que atrapará en sus fauces a los personajes... y al lector.

A estas alturas, ¿qué puedo yo añadir sobre Juego de tronos? Seguro que quien esté mínimamente interesado en el género de fantasía ya ha oído hablar sobre esta tremendísima novela escrita hace 18 años y, si no, se habrá enterado de su existencia gracias a la serie. Así pues, mi propósito es no explayarme mucho y limitarme a resumir lo que me ha gustado a mí de esta novela:

– George R. R. Martin hace tan fácil la lectura que parece que escribir sea un juego de niños; es un gran contador de historias, por lo que creo que esta novela gustará no solo a los aficionados a la fantasía, sino a quienes simplemente quieran leer una buena historia contada con maestría.

– La tensión no afloja en ningún momento y eso es mucho decir en un libro de 700 páginas en su edición de bolsillo.

– A eso contribuye la forma original en que se desarrolla la narración, pues cada capítulo se narra desde el punto de vista de un personaje y son más bien breves, con lo que es difícil dejar de leer (solo un capítulo más y ya lo dejo...).

– La cantidad de personajes que desfilan por sus páginas es ingente, con lo que uno puede elegir quiénes le caen mejor y quiénes peor (aunque mejor no encariñarse mucho con ninguno de ellos); todos son tremendamente humanos y están muy bien perfilados. Además, no es un libro que encasille a sus personajes en muy buenos o muy malos, como son dados otros libros del género: los personajes son complejos y a menudo están a medio camino entre la bondad y la maldad, y justo ahí radica su encanto. Y los diálogos resultan muy creíbles.

– Destila originalidad y la trama toma giros insospechados, que aunque pueda parecer un cliché es totalmente cierto: imposible adivinar por dónde nos va a salir el autor.

– No puedo opinar acerca de la serie porque no la he visto y de momento no la veré: prefiero imaginarme a los personajes en la cabeza y tirar de imaginación. Cuando termine los libros que hay publicados (preveo que aún faltan meses) creo que sí veré la serie; dicen que es magnífica.




—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó ser Jorah—. A ellos no les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.

*****
Actualizo el 12 del julio del 2015 para subir esta foto, que muestra la publicidad de una web de audiolibros donde seleccionaron precisamente esta frase que extraje del libro en su día como la más simbólica. Me pareció curiosa la coincidencia, pero claro, es una frase genial para resumir el libro.


10 de abril de 2014

Sant Jordi bloguero, edición 2014

Os traigo una iniciativa que lleva unos años celebrándose, pero yo no había tenido oportunidad de unirme hasta ahora, así que os la presento:


Todas las instrucciones para participar están en este enlace del blog de Kayena.

Y yo voy a participar con Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares. Esta es la sinopsis:

Una emocionante historia sobre los paraísos e infiernos perdidos
 —padres e hijos, amantes y amigos, encuentros y despedidas— que recorren toda una vida entre la fugacidad del tiempo y los anclajes de la memoria.

«-Cada estrella que pasa —dijo Otto— es un verano de nuestra vida.
-No —le corrigió Nadia, su novia, sin dejar de mirar al cielo—. Cada estrella que pasa es una vida.»

Un profesor de universidad que ha rodado por Europa como una bola del
 desierto sin echar raíces en ningún lugar regresa a Ibiza, donde pasó sus 
mejores años de joven, para asistir junto con su hijo, del que vive separado hace ya tiempo, a la lluvia de estrellas de la mágica noche de San Lorenzo. La contemplación del cielo, el olor del campo y del mar y el recuerdo de los días pasados desatan en él la 
melancolía, pero también la imaginación.

«—¿La has visto? —me dice Pedro, mirándome.

—Sí —le respondo yo.

Da igual que la viera o no. Al niño le da lo mismo que sea verdad o mentira y, en el fondo, prefiere que le mienta con tal de compartir su emoción conmigo.
 Le he traído hasta aquí arriba para verlas. Lejos de las construcciones que ocupan toda la isla y cuyas luces alumbran la lejanía como si fuera un cielo invertido. Es imposible escapar de ellas por más que uno se aleje de donde están.»

En breve termina el plazo para apuntarse al Sant Jordi bloguero. ¿Os animáis?

1 de marzo de 2014

Wild (Salvaje)

Vuelvo tras haber estado sepultada con trabajo unas cuantas semanas, lo que no me ha dejado mucho tiempo para lecturas. Y es una pena haber leído Wild un poco a trompicones, pues lo cierto es que es la típica historia con la que una se puede pasar horas y horas sentada en una cafetería enfrascada en la lectura y ajena al mundo alrededor.

Con 22 años, Cheryl Strayed lo había perdido todo: su madre acababa de morir de un cáncer fulminante y, de resultas, su familia se había dispersado. Seriamente afectada, se metió en una espiral de infidelidades, se divorció de su marido –a quien todavía amaba– y cayó en las drogas. Cuatro años después y sin nada que perder, tomó una decisión impulsiva: recorrer el Sendero del Macizo del Pacífico, una ruta de más de 4.000 km por las montañas que bordean la costa oeste de Estados Unidos (llamado en inglés Pacific Crest Trail o PCT).

Y así fue como, en 1995, se embarcó sin tener experiencia alguna en senderismo en un periplo que la llevaría a recorrer 1.800 km cruzando los estados de California y Oregón con la única compañía de una inmensa mochila, apodada «Monstruo», que pesaba casi la mitad que ella misma y que se convertiría tanto en una tortura como en una compañía, un apéndice de sí misma.

Cheryl en 1995, cuando llevaba 10 días recorriendo el PCT.
Este fue un viaje de superación en toda regla, de seguir caminando por un escenario inmisericorde cuando uno cree que no puede hacerlo más, de vencer el miedo de estar sola en el bosque (I am not afraid, I am not afraid… se repetía como un cántico), de superar el dolor físico (Cheryl llevaba unas botas demasiado pequeñas que le laceraron los pies, le hicieron perder seis uñas y convirtieron la ruta en un suplicio) y de desesperación (tenía muy poco dinero y en ocasiones no le daba ni para comprarse un refresco en una tiendecita tras haber caminado 200 km). También recuerda su vida pasada, a sus padres y hermanos y las vivencias que la han llevado hasta allí, y el lector observa cómo poco a poco el camino va imponiendo su redención: Cheryl se reconcilia con su pasado y acepta (no sé si es el verbo más adecuado) la muerte de su madre. Es hora de pasar página.

En la soledad del bosque todos los sentimientos se ven exacerbados, por lo que los momentos buenos fueron gloriosos: la compañía ocasional de otros senderistas, con los que compartió charlas, risas y comida; la satisfacción de comprobar que, gracias a su voluntad irrefrenable, su cuerpo se curtía y era capaz de recorrer más kilómetros cada jornada; la gloria de darse un baño caliente tras llevar dos semanas en el bosque sin ducharse, cubierta de costras de sudor; el placer infinito de comprarse una hamburguesa y una ensalada en un pequeño resort de montaña tras días de comidas deshidratadas...

Con Joshua, con quien caminaría unas cuantas jornadas. Nótese la diferencia entre su mochila y «Monstruo».

En fin, me gustaría que en esta reseña quedara plasmado mi total entusiasmo por esta novela. Cheryl Strayed es una narradora inteligente, que mezcla a la perfección el relato de sus jornadas en la montaña con los recuerdos del pasado. Es también tremendamente sincera, y se expone en el libro por completo para que el lector la acompañe jornada a jornada en su periplo hacia la curación.



Por cierto, esta lectura me recordó mucho a otro libro, si bien el tono de la narración no tiene nada que ver: A Walk in the Woods, de Bill Bryson (no está traducido, me temo), narra el intento que hizo el autor en 1998 de recorrer el sendero de los Apalaches con su amigo Stephen Katz. No sé si conocéis a este autor; a mí sus libros de viajes me resultan tronchantes y este, en concreto, es el que más me gusta de todos. Tiene un sentido del humor muy gráfico y se las apaña para hacerte reír hasta decir basta al tiempo que te ilustra con datos históricos sobre el sendero e información sobre fauna y flora. Muy recomendable para seguir en la línea de las aventuras mochileras, aunque, como digo, en un tono muy diferente.


Y, bueno, para poneros los dientes largos con el libro de hoy, os dejo el prólogo, que está colgado en algunas páginas de Internet y, por tanto, supongo que puedo reproducir también aquí, a ver si os entra el gusanillo de leerlo:


Eran árboles altos, pero yo estaba en una posición aún más alta: por encima de ellos, en una escarpada ladera en el norte de California. Momentos antes me había quitado las botas de montañismo, y la del pie izquierdo había caído entre esos árboles al volcarse sobre ella la enorme mochila, salir catapultada por el aire, rodar hasta el otro lado del sendero pedregoso y despeñarse por el borde. Tras rebotar en un afloramiento rocoso a unos metros por debajo de mí, se perdió de vista entre la enramada del bosque, donde ya era imposible recuperarla. Atónita, ahogué una exclamación, pese a que llevaba treinta y ocho días en medio de aquella agreste naturaleza y a esas alturas sabía ya que cualquier cosa podía ocurrir, y que ocurriría. Pero no por eso dejaba de asombrarme cuando por fin sucedía.

La bota había desaparecido. Había desaparecido de verdad.

Estreché a su compañera contra mi pecho como si fuera un bebé. Un gesto vano, por supuesto. ¿De qué sirve una bota sin la otra? De nada. Es un objeto inútil, huérfano para siempre, y no podía apiadarme de ella. Era un armatoste de bota, de lo más pesada, una Raichle de cuero marrón con cordón rojo y presillas metálicas plateadas. Después de sostenerla en alto por un momento, la arrojé con todas mis fuerzas y la observé caer entre los exuberantes árboles y desaparecer de mi vida.
Estaba sola. Estaba descalza. Tenía veintiséis años y también yo era huérfana. "Una verdadera extraviada", había dicho un desconocido hacía un par de semanas cuando le di mi apellido y le hablé de mis escasos lazos con el mundo. Mi padre abandonó mi vida cuando tenía seis años. Mi madre murió cuando yo tenía veintidós. Después de su muerte, mi padrastro dejó de ser la persona a quien consideraba mi padre para transformarse en un hombre al que yo solo reconocía de vez en cuando. Mis dos hermanos, en su dolor, se distanciaron, pese a mis esfuerzos para que los tres nos mantuviéramos unidos, hasta que me rendí y también yo me distancié.

Durante los años anteriores al momento en que arrojé mi bota al precipicio en esa montaña, yo misma estaba arrojándome a un precipicio. Había deambulado, vagado y errado –de Minnesota a Nueva York, de allí a Oregón, y luego por todo el oeste– hasta que por fin, en el verano de 1995, me encontré allí, descalza, sintiéndome no ya sin lazos con el mundo, sino amarrada a él.

Era un mundo en el que nunca había estado y que, sin embargo, como bien sabía, siempre había existido; un mundo en el que había entrado a trompicones, afligida, confusa, temerosa y esperanzada. Un mundo que, según pensé, me convertiría en la mujer que yo sabía que podía llegar a ser y, a la vez, me permitiría volver a ser la niña que había sido en otro tiempo. Un mundo cuyas dimensiones eran medio metro de ancho y 4.285 kilómetros de largo.

Un mundo llamado Sendero del Macizo del Pacífico.

Había oído hablar de él por primera vez solo siete meses antes, cuando vivía en Minneapolis, triste, desesperada y a punto de divorciarme de un hombre a quien aún amaba. Mientras hacía cola en una tienda de actividades al aire libre, esperando para pagar una pala plegable, cogí de una estantería cercana un libro titulado El Sendero del Macizo del Pacífico. Volumen I: California, y leí la contracubierta. El SMP, decía, es un sendero a través de la naturaleza que discurre ininterrumpidamente desde la frontera entre México y California hasta poco más allá de la frontera canadiense, pasando por las cimas de nueve cadenas montañosas: Laguna, San Jacinto, San Bernardino, San Gabriel, Liebre, Tehachapi, Sierra Nevada, Klamath y las Cascadas. En línea recta equivale a una distancia de mil setecientos kilómetros, pero el sendero tiene una longitud de más del doble. Atravesando en su totalidad los estados de California, Oregón y Washington, el SMP cruza parques nacionales y reservas naturales, así como territorios federales y tribales y propiedades particulares; desiertos y montañas y bosques pluviales; ríos y carreteras. Di la vuelta al libro y contemplé la cubierta –un lago salpicado de peñascos y rodeado de riscos que se recortaban contra el cielo azul–; volví a dejarlo en su sitio, pagué mi pala y me marché.

Pero pasados unos días regresé y compré el libro. Por entonces el Sendero del Macizo del Pacífico no era para mí un mundo; era una simple idea, imprecisa y disparatada, prometedora y llena de misterio. Algo brotó dentro de mí mientras seguía con el dedo su línea irregular en un mapa.

Recorrería esa línea, decidí; o al menos tanto de ella como pudiera en unos cien días. Desmoralizada y confusa como nunca lo había estado en la vida, vivía sola en un estudio en Minneapolis, separada de mi marido, y trabajaba de camarera. Todos los días me sentía como si mirara hacia arriba desde el fondo de un profundo pozo. Pero desde dentro de ese pozo me propuse convertirme en una montañera solitaria. ¿Y por qué no? Había sido ya muchas cosas. Afectuosa esposa y adúltera. Amada hija que ahora pasaba las vacaciones sola. Ambiciosa alumna aventajada y aspirante a escritora que saltaba de un trabajo insignificante a otro mientras jugueteaba peligrosamente con las drogas y se acostaba con demasiados hombres. Era nieta de un minero del carbón de Pensilvania, hija de un obrero siderúrgico convertido en viajante de comercio. Al separarse mis padres, viví con mi madre, mi hermano y mi hermana en complejos de apartamentos habitados por madres solteras y sus hijos. En la adolescencia, viví en plan «retorno a la naturaleza» en los bosques septentrionales de Minnesota, en una casa que no tenía retrete interior ni electricidad ni agua corriente. A pesar de eso, llegué a ser animadora en el instituto y reina de la fiesta de inauguración del curso escolar; luego me fui a la universidad y, en el campus, me convertí en feminista radical e izquierdista.

Pero ¿recorrer sola dos mil kilómetros por un entorno agreste?
Nunca había hecho una cosa así ni remotamente. Pero no perdía nada por intentarlo.

Ahora, de pie y descalza en aquella montaña californiana, se me antojaba que habían pasado años, que en realidad había sido en otra vida cuando había tomado la decisión, posiblemente insensata, de darme un largo paseo sola por el SMP con el propósito de salvarme. Cuando creí que todo aquello que había sido antes me había preparado para ese viaje. Pero nada me había preparado ni podía prepararme para aquello. Cada día en el sendero era la única preparación posible para el día siguiente. Y a veces ni siquiera el día anterior me preparaba para lo que vendría a continuación.

Por ejemplo, para el hecho de que mis botas se precipitaran irrecuperablemente por un barranco.

Cheryl en Crater Lake (agosto 1995).
La verdad es que lamenté perderlas de vista solo hasta cierto punto. Durante las seis semanas que las calcé, atravesé desiertos y nieve, dejé atrás árboles y arbustos, y hierba y flores de todas las formas, tamaños y colores, subí y bajé montañas, y recorrí campos y claros, y porciones de tierra que me era imposible definir, salvo para decir que había estado allí, había pasado por allí, las había cruzado. Y a lo largo del camino esas botas me levantaron ampollas en los pies y me los dejaron en carne viva; por su culpa, se me ennegrecieron las uñas y cuatro de ellas se desprendieron dolorosamente de los dedos. Para cuando perdí las botas, ya no quería saber nada de ellas, y ellas no querían saber nada de mí, aunque también es verdad que las adoraba. Para mí, ya no eran tanto objetos inanimados como prolongaciones de mi propia identidad, igual que casi todo aquello que llevé a cuestas ese verano: la mochila, la tienda, el saco de dormir, el depurador de agua, el hornillo ultraligero y el pequeño silbato de color naranja que tenía en lugar de arma. Eran los objetos que yo conocía y con los que podía contar, las cosas que me permitían seguir adelante.

Miré los árboles por debajo de mí, sus altas copas meciéndose suavemente en la brisa tórrida. Podían quedarse con mis botas, pensé, recorriendo con la vista aquella vasta extensión verde. Había decidido descansar allí por el paisaje. Era un día de mediados de julio, ya avanzada la tarde, y me hallaba a muchos kilómetros de la civilización en todas direcciones, a muchos días de la solitaria oficina de correos donde había recogido mi última caja de reaprovisionamiento. Cabía la posibilidad de que algún montañero apareciera por el sendero, pero eso rara vez ocurría. Por lo general, me pasaba días sin ver a nadie. En cualquier caso, daba igual si alguien venía o no. En esa aventura estaba sola.

Observé mis pies descalzos y maltrechos, con sus escasas uñas residuales. Eran de un blanco espectral hasta la línea trazada a unos centímetros por encima de mis tobillos, donde normalmente acababan los calcetines de lana. Por encima, tenía las pantorrillas musculosas y doradas y velludas, cubiertas de polvo y una constelación de moretones y arañazos. Había empezado a caminar en el desierto de Mojave y no pensaba detenerme hasta tocar con la mano un puente que cruza el río Columbia en el límite entre Oregón y Washington, cuyo magnífico nombre es Puente de los Dioses.
Miré al norte, en dirección a él: la sola idea de ese puente era para mí una almenara. Miré al sur, hacia donde había estado, hacia la tierra agreste que me había aleccionado y abrasado, y me planteé mis opciones. Solo tenía una, lo sabía. Desde el principio había tenido solo una.

Seguiría adelante.


18 de enero de 2014

La tumba compartida

Maite, una joven anticuaria que arrastra cierto sentimiento de culpa desde la desaparición, en el pasado, de un miembro de su familia, va a ver su rutina alterada. Un día llega a su tienda, que dirige con su socio Adrián, un extraño amuleto egipcio con forma de corazón, de la época del faraón Akhenatón.

Maite, Adrián y el conocido arqueólogo Mauricio Varona, además del equipo de este, inician una expedición a Egipto en busca de la tumba de la reina Nefertiti, esposa del faraón. Pero todo se complica con muertes inesperadas, hallazgos de cadáveres, desconfianzas, envenenamientos e identidades desconocidas que el lector va descubriendo de la mano de Maite.

Una novela que no sabía si me iba a gustar del todo, porque el tema egipcio debo reconocer que no es lo mío. Sin embargo, con su aparente sencillez me fue enganchando y, además, al final del libro hay más chicha de lo que parecía en un principio. No puedo decir que sea el libro de mi vida (la cantidad de vueltas que da la trama al final le hacen perder un poco de fuelle), pero sí que hace pasar un rato entretenido y las críticas en la red son positivas, así que lo recomendaría.

Por cierto, ya sabéis que me fijo mucho en la corrección de los libros, y a este, por mucho que lo haya publicado Ediciones B, le haría falta un repasillo.

Gracias a Godor, de Para gustos los libros, porque gané este libro en un concurso que organizó él. :-)

30 de diciembre de 2013

Un resumen de las lecturas del 2013

Como hacen otros blogs por estas fechas, yo también quiero echar la vista atrás y ver qué me ha deparado este 2013 en lo que a lecturas se refiere.

Para lo que yo acostumbraba, he leído bastante novela negra y destaco dos descubrimientos:

Luis Gutiérrez Maluenda, con estas tres novelas que me he leído de él (domina muy bien los temas principales del género negro, perfila a la perfección a los personajes y, encima, me reí un montón):



Domingo Villar, con las dos novelas de Leo Caldas que tiene en el mercado (bien elaboradas y con una magnífica ambientación en Galicia):



Y, bueno, dejémoslo en tres descubrimientos, porque este libro también me gustó mucho y tiene un protagonista, Sean Duffy, con quien comulgué mucho y me gustaría seguirle la pista:


En cuanto a literatura fantástica, de entre las que he leído destaco dos novelas que me han entusiasmado, si bien debo decir que la segunda, El nombre del viento, me caló más hondo:




También quiero mencionar las relecturas de este año, dos libros que me apasionan y que, curiosamente, ahora me doy cuenta de que giran en torno al mismo tema: el aislamiento en una isla remota (¡entre otros muchos!):




Sin embargo, si debo quedarme con uno solo, sería este: un libro que me atrapó desde el principio y que removió mis sentimientos como ninguno, además de ser tremendamente original y tratar un tema –el miedo– que muy pocos han sabido manejar de forma tan magistral: Un monstruo viene a verme.



Hasta ahí mis recomendaciones. Sé que no he leído muchos libros este año, pero estoy satisfecha en general con todos estos descubrimientos y ya tengo los ojos puestos en lo que me deparará el 2014. ¡Feliz Año Nuevo a todos! :-)

22 de diciembre de 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Marcus Goldman es un joven escritor que debe enfrentarse a un pequeño (gran) problema: el síndrome de la página en blanco. Su editor le presiona para sacar un nuevo libro al mercado cuanto antes y fija una fecha de entrega, pero Goldman se ve incapaz de escribir ni una sola página. Desesperado, acude al que fue su mentor durante los años de la universidad, Harry Quebert, quien ahora es un escritor consagrado, y este le propone quedarse el tiempo que sea necesario en su casa de Aurora, un pequeño pueblo costero, hasta encontrar la inspiración.

Allí Marcus descubrirá que, en 1975, Harry mantuvo una relación con Nola Kellergan, una joven de 15 años de edad, cuando él contaba 34. El mismo verano de su romance, Nola desapareció sin dejar rastro y nunca más se supo de ella. Poco después de este descubrimiento, encuentran el cadáver de Nola enterrado en el jardín de Harry y este es detenido de inmediato. Así las cosas, Marcus emprenderá una investigación endiablada en el pueblo para tratar de averiguar quién mató en realidad a Nola y liberar a su amigo de la cárcel. De paso, se propone escribir un libro que cuente toda la historia y le impulse a él mismo de nuevo al estrellato: El caso Harry Quebert.

Comienza así una narración a tres bandas: la historia de amor de Harry y Nola que se fraguó en 1975; la época en que Marcus y Harry se conocieron, en 1999, y el momento en el que descubren el cadáver de Nola y detienen a Harry, en el 2008.

Quise leer este libro porque de repente me lo encontraba hasta en la sopa, venía avalado por el premio Goncourt francés (yo pensaba que era prestigioso…) y el texto de la faja del libro lo comparaba con grandes como Nabokov. ¡Volver a caer a estas alturas en una trampa de marketing…!

Porque no, el libro no me ha gustado. Lo cogí con muchas ganas y es cierto que las páginas se devoran, pero enseguida llama algo la atención: lo insípidos que resultan dos personajes con peso como son Harry y Nola, lo poco creíble que es su historia de amor. Los diálogos entre los dos parecen sacados de una novela de Corín Tellado (o peor, que la Tellado para mi gusto sabe construir historias), y se le da tantísimo bombo al inflamado amor que sentían el uno por el otro que la impresión en el lector es justo la contraria: dan ganas de soltarle un par de sopapos a cada uno.

Los demás personajes, en especial los habitantes de Aurora, son tremendos clichés. Supongo que está hecho a propósito para retratar lo que era en aquella época el ambiente asfixiante de un pueblo estadounidense de los setenta, donde lo que contaba eran las apariencias y ser mejor que el vecino, pero desde luego no contribuye a aportar un ápice de veracidad a la historia.

Por otra parte, el último tercio del libro pretende despistar al lector hasta tal punto que presenta una elaboradísima cadena de falsos culpables, algo que no causa más que desconcierto y un ligero hartazgo. Todo para acabar presentando al culpable que ya me imaginé en la página 300...

Además está la parte metaliteraria del libro: en forma de breves capítulos se recogen los consejos que Harry le daba a Marcus para convertirse en un escritor de éxito, así como las reuniones de Marcus con su editor y cómo este va elaborando una trama para hacer del próximo libro un best-seller. Resulta inevitable imaginarse al autor, Joël Dicker, como un Marcus en busca del pelotazo literario: los dos tienen la misma edad, resultan atractivos, ambos esperan despuntar en su segunda novela. Se realiza una crítica metatextual a los best-sellers en la que, curiosamente, esta novela cae («qué más da lo que ponga en el libro, Marcus, lo importante es que hablen de él»). Además, el propio libro va siguiendo las premisas que da Harry Quebert para que un libro pase a la historia (tipo «asestar un buen derechazo en la última parte del libro, dar un giro radical a toda la trama», cosa que en efecto ocurre), pero te das cuenta de que no se sostiene cuando ves que otros consejos, como construir unos personajes y una historia memorables, de esos que el lector no se puede quitar de la cabeza una vez terminado el libro, fallan estrepitosamente: este libro es de los que se olvidan a los dos días de haberlo terminado; es más, en la página 500 me daba igual el destino que el buen Dicker quisiera otorgar a cada uno de los personajes.

Otros dos fallos más: el autor cae en el error de reproducir fragmentos del libro que catapultó a Harry Quebert a la fama, la novela que hizo de él un autor respetado por la intelligentsia norteamericana treinta años ha, ¡y son unos fragmentos infumables, con una prosa tremendamente pedestre! El segundo fallo es que la trama es tramposa; no voy a revelar nada, pero al final del libro hay un giro en concreto que no hay quien se lo crea.

En definitiva, que caí una vez más en las trampas del márketing editorial. Este libro está medio bien para leer en la piscina, pero se olvida en cuanto se termina la última página y no provoca más que entretenimiento barato. ¡Qué rabia haber gastado 22 euros en esto! Pero, ah, lo terapéutico que resulta despotricar un buen rato en el blog...

17 de diciembre de 2013

Tu hijo, tu espejo

Este mes de diciembre está siendo muy ajetreado —como todos los años—, así que he avanzado poco en mis lecturas y no he podido entrar mucho en el blog. Por eso esta entrada va a ser muy escueta, solamente para recoger el último libro que me terminé y que forma parte de esas lecturas que intento colar de vez en cuando acerca de la relación entre padres e hijos. Por mucho que lea a este respecto, siempre me parece que es poco…

El texto que copio a continuación es el de la contra del libro, que básicamente trata de explicar las dinámicas ocultas en las relaciones entre padres e hijos. Se lee muy rápido y se resume en una frase: nuestros hijos necesitan amor incondicional.

Los padres proyectamos en nuestros hijos nuestras expectativas de vida, nuestras frustraciones, nuestros problemas sin resolver de la infancia o adolescencia, nuestros «si hubiera» y nuestras necesidades insatisfechas, esperando inconscientemente que ellos se conviertan en una extensión de nosotros mismos y que cierren esos asuntos inconclusos.

Conocer la «parte oculta» de nuestra relación, comprender por qué ese hijo, específicamente ese, nos saca tan fácilmente de nuestras casillas, por qué lo presionamos con tal insistencia para que haga o deje de hacer, nos abre la puerta a la posibilidad de un cambio profundo en nuestra relación con él. 

Darnos cuenta de esto contribuye a transformar los sentimientos de rechazo, rencor y su consecuente culpa, que pueden resultar devastadores, facilitando el paso al único sentimiento que sana, une y transforma: el amor.

23 de noviembre de 2013

El nombre del viento

Hoy traigo un libro que más de uno conoceréis, pues el original se publicó ya en el año 2007 y tuvo mucha repercusión, no solo en el mundo angloparlante en general sino en España en particular, donde el propio autor reconoce que sus seguidores son legión.

Las expectativas eran muchas y me alegro de haber constatado que este libro no defrauda. ¡Patrick Rothfuss podría escribir el listín telefónico y hacerlo interesante! Es increíble la capacidad evocadora de este autor, que a mí me cautivó ya desde la primera página. Y no hay que olvidar que esta es su primera novela: pese a la complejidad de la trama, el autor se desenvuelve como si hubiera tenido esta historia perfectamente hilada en la cabeza durante toda su vida. Es asombroso lo bien que escribe y el complejo mundo que ha creado de la nada en esta primera obra.

La historia se desarrolla en un mundo fantástico ambientado en la Edad Media. Kvothe, que una vez fue mago, estudiante, juglar y héroe, languidece como posadero en un pueblecito perdido en compañía de Bast, su alumno y ayudante. Ambos llevan una vida tranquila hasta que a la posada llega un cronista que recoge las vidas de las personas más importantes de su tiempo y cuya intención es escribir la historia de Kvothe. Al principio muy reticente, Kvothe solo accede a condición de narrar su historia en tres días, no más, y esos tres días corresponderán a los tres libros de esta trilogía, «Crónica del asesino de reyes».

Y así comienza el primer libro, El nombre del viento: tras unos prolegómenos bastante largos (pero, sin duda, necesarios e interesantes), nos remontamos a la época en que Kvothe era un chaval y recorría los caminos con su familia, los Edena Ruh, unos artistas itinerantes. Un día se une a la troupe un arcano llamado Abenthy, a quien llama la atención el carácter despierto e inteligente del chaval. Con el consentimiento de sus padres, Abenthy empezará a instruir a Kvothe en la ciencia del arcanismo. En su día tras día aprenderá sobre diversas artes —química, retórica, matemáticas—, pero sobre todo simpatía, disciplina que no es magia propiamente dicha (pero se le parece mucho) y se basa en las relaciones que se pueden establecer entre dos objetos por medio de su energía. La simpatía será muy útil para Kvothe en los acontecimientos que están por venir; sin embargo, lo que él más anhela es aprender a invocar el nombre del viento para poder «llamarlo» en caso de necesidad, como vio asombrado hacer a Abenthy el día en que lo conoció.

Abenthy también es quien le habló a Kvothe por primera vez de la Universidad y de los diez mil libros que allí podría encontrar. Desde que Kvothe escucha esto, su único anhelo es obtener un día una plaza en la Universidad y sumergirse en ese universo de libros.

Aquí la historia sufre un corte abrupto, que no desvelaré para no chafar la trama, pero sí diré que desde ese momento el único afán de Kvothe es obtener más información sobre los Chandrian, siete seres misteriosos liderados por Lord Haliax, unos personajes demoníacos considerados leyenda de cuento de hadas por muchos pero que, lamentablemente, Kvothe ha podido conocer muy de cerca y sabe que son tremendamente reales.

Creo que, como resumen, lo voy a dejar ahí porque debería ser suficiente para despertar vuestra curiosidad. Solo puedo decir que en cuanto pueda me haré con el segundo libro de la trilogía, El temor de un hombre sabio, porque estoy deseando saber más acerca de la leyenda de Kvothe. Los fans de la saga, por cierto, andan tirándose de los pelos porque el tercer libro se está haciendo de rogar y aún no hay ni siquiera una fecha aproximada para su publicación, así que habrá que echarle paciencia.

¡Por cierto! Para que no se diga que todo son alabanzas: no me gusta nada la protagonista femenina de este libro, Denna. No me parece un personaje que despierte muchas simpatías entre los lectores o que tenga demasiadas cualidades positivas y me pregunto si es algo intencionado por parte de Rothfuss. Los que habéis leído este libro, ¿qué pensáis de Denna?

Patrick Rothfuss firmando ejemplares en
Forbidden Planet (Londres, 5.11.2013)
Por último, los que os guste este autor seguramente sabíais que ha estado por Europa «de gira». Las colas en Madrid superaron por completo las expectativas de la librería y de la editorial, pues acudieron nada menos que 2.000 personas. Nueve horas estuvo Patrick Rothfuss firmando ejemplares, y no se movió de allí hasta que todo el mundo se fue a casa con su libro rubricado. Yo tuve la suerte de ir al evento de Londres, que al parecer estuvo menos abarrotado, y tras dos horas de cola me fui feliz con mi libro firmado y habiendo conocido al hombre que hay detrás de estas historias tan apasionantes. Me hizo una ilusión tremenda. Siento la (escasa) calidad de la foto, pero me hacía ilusión ponerla. :-)

Por cierto, junto a Rothfuss estaba firmando libros un tal Scott Lynch. Parece ser que en el mundillo es conocido y me da pena no haberme llevado un libro suyo firmado, habiendo tenido la oportunidad. ¿Lo conocéis? ¿Ha leído alguien Las mentiras de Locke Lamora, el primer libro de su trilogía «Los caballeros bastardos»?

29 de septiembre de 2013

Room

Todos hemos oído en los telediarios esas impactantes y tristes noticias que han aparecido en los últimos años acerca de una chica joven que es secuestrada por un aparente «vecino modelo» y retenida en un sótano durante años. Víctimas de abusos sexuales, algunas de estas jóvenes llegaron a tener hijos durante su cautiverio.

Pues bien, este libro narra una historia de ese tipo, pero con un punto de vista muy original: el de ese niño que ha crecido en una habitación y solo conoce el mundo «de fuera» por una televisión y por lo que le cuenta su madre. El relato que construye Emma Donoghue reproduce muy bien no solo cómo deben de ser las condiciones de vida en un sitio así (aunque estoy segura de que la realidad supera mil veces a esta ficción), sino el modo de hablar de un niño de cinco años. En varias partes del libro se hace un relato exhaustivo del día a día de Jack y de su mamá (de la que en ningún momento sabemos su nombre; en la versión inglesa es simplemente «Ma»): de cómo tienen que contar el número de cereales que se toman en el desayuno (sus provisiones son frugales), de los juegos que la mamá se inventa para que Jack no crezca atrofiado y ejercite no solo los músculos sino también la vista o la inteligencia, y de las mil cosas que hacen para pasar su día a día lo mejor posible y también para intentar lanzar alguna señal de su existencia al mundo exterior. Jack también nos da cuenta de las visitas que reciben algunas noches a las nueve en punto por parte de Old Nick, de quien tenemos pocos datos, pero son suficientes para saber su papel en la historia. Finalmente, la madre se da cuenta de que a la larga sus vidas corren peligro y trata de idear un plan para escapar de su celda. Lo malo es que, si fallan, podría costarles la vida a los dos, y eso aterra a la madre del pequeño Jack. ¿Lo conseguirán?

Esta historia me ha gustado muchísimo, en primer lugar por lo bien escrita que está, por cómo la autora ha logrado capturar ese pequeño universo de una madre y su hijo retenidos durante años en una pequeña habitación. En muchos momentos resulta enternecedora la inocencia de Jack y en otros, nos cuenta algunos hechos que él no entiende todavía pero que el lector sí puede adivinar con horror. Resulta conmovedor cómo la madre no ve en esa habitación más que una prisión y anhela recuperar su vida pasada, pero para Jack, nacido en el mismo suelo que pisa cada día, no se trata de una cárcel, sino de su hogar, el único hogar que conoce: este contrapunto está muy bien conseguido en la narración.

Sí que le pondría un pero a la historia: en algunas partes del libro se hace un poco pesado el relato pormenorizado que hace Jack de su día a día —sobre todo teniendo en cuenta su peculiar modo de expresarse—, y creo que el ritmo de la novela se mantiene mucho mejor en la primera parte que en la segunda, que no desvelaré pero que yo habría hecho mucho más corta. Pese a ello, recomiendo esta lectura sin ambages y otras personas ya me han comentado que les entusiasmó.

También lo tenéis disponible en español: el libro ya lo ha publicado Alfaguara (la traductora es Eugenia Vázquez Nacarino) y la verdad es que me gustaría echarle un vistazo para ver cómo ha capturado el particular lenguaje de Jack.

Un último apunte: a veces digo que, desde que soy mamá, hay temas que me tocan demasiado la fibra y leer sobre ellos me ha hecho pasar un mal rato (con otros libros, directamente no me he atrevido a abordar la lectura porque sé que no la disfrutaría). Pues bien, este libro es difícil, pero no me ha hecho sufrir como pensé que lo haría. Los que tengáis el mismo «problema» que yo os podéis quedar tranquilos, porque en este sentido la historia está contada con mucha sensibilidad (porque no se narra desde el punto de vista de una madre sufridora y aterrada, sino desde la inocencia de un niño pequeño a quien su terrible día a día le parece el más normal del mundo).



25 de septiembre de 2013

The beach (relectura)

Un chico británico de veintitantos años se toma un año sabático, se planta una mochila al hombro y se va a recorrer el sureste asiático por su cuenta, huyendo quizá de la insatisfacción que le produce la vida occidental. En Bangkok oye hablar de una playa secreta que se erige como el edén con el que todo joven sueña: una playa paradisíaca y fuera del circuito de los turistas, llena de gente guapa y fiestas junto al mar, cuya existencia debe ser ocultada con celo. Sin embargo, la playa no es el paraíso que cabía esperar, sino que se convierte en una jaula de oro que saca los peores instintos de todos sus habitantes. Según se acerca el final, la historia empieza a tomar unos tintes dignos de El señor de las moscas a medida que el edén se convierte en infierno.

Si tuviera que llevarme cinco libros a una isla desierta, este sería sin duda uno de ellos. Garland ha conseguido crear un balance buenísimo en su forma de narrar: la prosa es ágil y sencilla, pero está llena de reflexiones inteligentes que hacen de este libro algo excepcional. Garland hace avanzar la trama a un ritmo endiablado (la acción no decae ni un momento en sus cuatrocientas páginas), con frecuentes referencias a los videojuegos de Nintendo y a la guerra de Vietnam.

Además, la capacidad del autor para dibujar cada escena hace que nos las imaginemos perfectamente en la cabeza, y describe a todos los personajes de tal manera que parecen totalmente creíbles, como también sus reacciones y sus diálogos. Cuando al final la utopía se desmonta, también parece ese el único final posible de una vida que se sustentaba en un tópico que había resultado no ser más que una quimera.

Cualquier reseña que haga yo va a ser totalmente parcial porque adoro esta novela, pero aquí he encontrado un análisis muy interesante por parte de un licenciado en Filosofía en el que subraya los temas principales que se tocan en el libro (bueno, el autor se basó en la película que protagonizó DiCaprio). En este análisis se detalla con lucidez todo el trasfondo que sustenta esta historia:

La desmitificación del paraíso (análisis de La playa por Francisco Rosa Novalbos).

20 de septiembre de 2013

Room (cita)

"He looks human, but there's nothing inside."
I'm confused. "Like a robot?"
"Worse."
"One time there was this robot on Bob the Builder—"
Ma butts in. "You know your heart, Jack?"
"Bam bam." I show her on my chest.
"No, but your feeling bit, where you're sad or scared or laughing or stuff?"
That's lower down, I think it's in my tummy.
"Well, he hasn't got one."
"A tummy?"
"A feeling bit," says Ma.
I'm looking at my tummy. "What does he have instead?"
She shrugs. "Just a gap."

Emma Donoghue, Room

13 de septiembre de 2013

Cinco mujeres y media

Francisco González Ledesma no es ningún advenedizo. Al contrario, a sus 87 años cuenta con una gran trayectoria a sus espaldas como autor de novela policiaca. Nacido en el barrio barcelonés de Poble Sec, ya con cinco años contaba historias a cambio de la merienda en el patio del colegio de Zaragoza donde estudiaba. Fue un novelista precoz, y ganó oficio desde bien joven escribiendo novelas del Oeste —al ritmo de una por semana, y llegó a escribir trescientas— con el conocido seudónimo de Silver Kane, lo que le permitió costearse la carrera de Derecho.

En 1948, con solo 21 años, obtuvo el Premio Internacional de Novela con su Sombras viejas, pero la censura franquista prohibió su publicación. Ello lo sumió en el silencio como novelista y le llevó a dedicarse primero a la abogacía y después al periodismo (fue redactor jefe de La Vanguardia, donde trabajó durante 25 años), profesiones que le proporcionaron un buen conocimiento de la ciudad de Barcelona y de la sociedad que en ella habita.

En Expediente Barcelona, novela publicada en 1983, es donde el autor presenta a su conocido inspector Ricardo Méndez, que ha protagonizado 11 novelas y que le hizo ganar el Premio Planeta en 1984 con Crónica sentimental en rojo. La novela que reseño hoy se llama Cinco mujeres y media y también cuenta con el inspector Méndez de protagonista. 

En un barrio pobre de Barcelona, en torno al mercado de San Antonio, seguimos la pista a varias mujeres que tienen la desgracia y la pobreza como denominador común; el punto de partida es la violación y asesinato de una muchacha del barrio por parte de tres individuos. Al inspector Méndez no se le asigna la investigación —sus jefes procuran mantenerlo apartado de los casos de relevancia—, pero él empieza a trabajar por su cuenta en el caso atraído por la indefensión de la madre y de la hermana gemela de la víctima. A Méndez se le dan bien esos casos que requieren husmear por el barrio, preguntar a los vecinos, hacer solitarias guardias infinitas y detectar súbitamente la presencia de asesinos que hace años que se esfumaron de las calles del barrio. Así, Ledesma construye una trama que avanza imparable y que engancha hasta llegar a un final con giro imprevisto incluido.

Las novelas de Ledesma tienen un tremendo tinte de realidad (desde luego, se notan sus tablas como abogado y periodista que ejerció en la ciudad): la lectura resulta estremecedora precisamente porque sabemos que lo que cuenta puede haber ocurrido perfectamente. Esta novela, en concreto, incide mucho en la indefensión de las víctimas más desfavorecidas frente a los vericuetos de la justicia, que parece incapaz de mantener entre rejas a los «malos» de la novela más de dos semanas seguidas.

Por este motivo, porque se adivina la cruda realidad tras la prosa desnuda, dura y descarnada de Ledesma, las dos novelas que he leído de él me han resultado lecturas difíciles. Sin embargo, al terminar me quedo con la buena sensación de haber leído una novela redonda, escrita magistralmente por un autor con muchas tablas, y ya sabéis que ese es uno de los puntos que más valoro de una novela: que esté bien escrita. Y las novelas de González Ledesma puntúan altísimo en este sentido.

Hablando de todo un poco, os cuento un dato del que me he enterado leyendo sobre Ledesma para esta novela: es el padre de Enric Gonzàlez, magnífico periodista y mejor escritor (si no lo conocéis os recomiendo encarecidamente, por ejemplo, sus Historias de Londres).

Para terminar (y para ver si os pica la curiosidad y os animáis a leer este libro), copio la descripción del inspector Méndez que se hace en un pasaje de esta novela:  


Vamos, señores alumnos de criminología, pasen y vean la mesa de trabajo de Méndez. Entren en la nueva comisaría de la calle Nueva, que antes fue una comisaría vieja en la calle más vieja del barrio chino de las leyendas, pero ahora no crean en ellas ni recen por las putas que murieron soñando que al fin las querría de verdad un hombre. Bastante hacemos con dejarlos entrar, de modo que no molesten con demasiadas preguntas. Esta es la mesa de Méndez, siempre llena de papeles que no sirven para nada, pero en los que él dice que está el alma de la ciudad, de modo que vayan ustedes a encontrarla, y si la encuentran, díganme para qué sirve. Méndez tiene no se sabe ya cuántos años, de modo que, siendo muy joven, tuvo tiempo de ser policía franquista, pero siempre que lo mandaban detener a un rojo resultaba que luego le llevaba libros a la cárcel, le compraba el periódico y le hacía de correo para llevarle cartas a su mujer, de modo que la superioridad franquista perdió la confianza en él. Y la superioridad democrática, o sea, la real superioridad, nunca le devolvió esa confianza, porque Méndez juega a las cartas con los pequeños delincuentes del barrio, y en vez de detenerlos les pide que se busquen un trabajo y dejen de joder. Así no hay quien pueda. Cierto que no perdona a los violadores ni a los corruptores de niños ni a los pistoleros a la brava, y que más de una vez se le ha escapado un ostión antirreglamentario, por el cual ha habido que incoarle expediente, pero ya me dirán ustedes, señores alumnos, si casos tan importantes, como los de los atracadores, se le van a encargar a él, que siempre trabaja solo y además pide consejo a las mujeres de la calle. ¿El cuartito de los servicios? Es decir, ¿el urinario? Miren, está en aquella puerta, precisamente muy cerca de la mesa de Méndez, porque en algún sitio había que poner su mesa, ¿no? ¿Y qué hace ahora Méndez, si no le han asignado ningún caso? Pues justo está dándole la lata al comisario, como hace siempre, sin tener en cuenta que el comisario está cargado de trabajo, come a deshora, va mal chingado y siempre está de mala hostia, o sea, que no es como los que salen en la tele. Sí, amigos, Méndez es aquel tipo que lleva los bolsillos llenos de libros, aunque a veces se le olvida la pistola.